Archivo del blog

domingo 17 de mayo de 2009

CONCEPTO DE AMÉRICA LATINA. Paul Estrade



Observaciones a don Manuel Alvar y demás académicos sobre el uso legítimo del concepto “América Latina”
En: revista Rábala N° 13, 1994 (79-82)


No me gustaría que se insinuase que crucé el Atlántico para recibir, agradecido, un galardón académico y declararme, ex-abrupto, academicida. Respecto a las Academias, comparto la postura intelectual de su compatriota Miguel Otero Silva, cuando declaró, al ingresar en la Academia venezolana de la lengua (6 de marzo de 1972) que “en el recinto de las Academias tanto lo verdadero como lo falso han hallado cabida y hogar”.
El benévolo académico hacía remontar “lo falso” a épocas pretéritas. Pero ocurre que “lo falso”, y no sólo lo tendencioso, puede seguir siendo contemporáneo hasta en las cuestiones nunca neutrales de definición y uso de los vocablos.
A prueba de ello, en mi profano modo de ver -como mero usuario del idioma español, que no es por cierto el mío-, la décima recomendación que acordaron los académicos de la lengua española reunidos en Salamanca (España) los días 26, 27 y 28 de octubre de 1992, a la sombra del declinante astro del Quinto Centenario. Decidieron, según reza el acápite 10 de sus conclusiones y recomendaciones: “Recomendar a las autoridades gubernamentales españolas, respetuosa y entusiastamente, la reinstalación en la nomenclatura oficial de los términos Hispanoamérica e hispanoamericano para referirse al mundo americano que habla, piensa y siente en español, o los de Iberoamérica e iberoamericanos, siempre
que se quiera aludir también a los hermanos brasileños. Recomendamos que para tales designaciones
se abandonen las voces ajenas y equívocas de Latinoamérica i latinoamericano”. El documento final adoptado por la sabia asamblea (unánime, se presume), muy atendible en sus demás once recomendaciones y muy positivo en su firme respaldo a los hispanohablantes de Puerto Rico, lleva la firma autógrafa de treinta académicos de la lengua. Encabeza la lista don Manuel Alvar, respetable director de la Real Academia Española. Y figuran en ella los nombres de los representantes de diecisiete países latinoamericanos -lo que no deja de sorprender si se considera la recomendación copiada-, y entre ellos, los de dos académicos venezolanos y un académico cubano -lo que no dejará de doler a muchos de ustedes y a mí hondo me duele-. No me extraña, en cambio, que hayan suscrito la referida recomendación, más lúcidos al parecer que sus colegas, los tres miembros de la delegación de la Academia norteamericana, la más numerosa del conclave.
Por suerte, dicha recomendación va dirigida sólo a las autoridades gubernamentales españolas.
Por cuanto quedan eximidos de tan “entusiasta” solicitud las demás autoridades, gubernamentales o académicas, y los particulares desde luego. Así podremos seguir hablando, libremente y con pleno derecho, tanto en Barquisimeto como en Caracas, tanto en México como en Montevideo, tanto en París como en Madrid, de Latinoamérica, de latinoamericanos, de historia latinoamericana o de estudios latinoamericanos.
No vengo aquí a dar una clase ni menos una lección. No vengo a zaherir a un huésped y a un amigo, que los hay, por desgracia, entre los firmantes. Pero sí creo deber manifestar una dolorosa sorpresa y mi disconformidad. La pretensión de la Academia me parece anacrónica; su argumentación no me convence, porque el asunto no es simplemente lingüístico y la clave de la disyuntiva no la brinda el recurso a la etimología.
Me atrevo a pensar, apelando a la Historia y remitiéndome a los trabajos de quienes han estudiado seriamente la “génesis de la idea y el nombre de América Latina” (desde Arturo Ardao, el pionero, hasta el más reciente y completo de los investigadores en la materia, Miguel Rojas - Mix), que las voces aludidas no son ni “ajenas” ni “equívocas”, como se afirmó en Salamanca, y que no traiciona a su país el que en España las emplea contra el vientecillo revisionista que soplaron los señores académicos.
Detrás de la aserción de que las voces de Latinoamérica y latinoamericano(a) son ajenas y equívocas, existirá la convicción de que el concepto mismo de América Latina, que las autoriza y nutre, es un invento foráneo, artificioso y perjudicable. En mi opinión, esta aserción no tiene fundamentos históricos. Está basada en la creencia errónea, a la que dio crédito un investigador norteamericano en 1968, de que el invento ha sido obra, en 1861, de unos ideólogos franceses, panlatinistas, vinculados con los sueños bonapartistas de imperio “latino” en América. Michel Chevalier sería el culpable principal del enredo.
Parece oportuno recordar que los hechos no son éstos. Hasta donde está averiguado, la expresión “América Latina” se inventó en 1856 para ser lanzada en son de reivindicación identitaria y de manifiesto político. Surgió con motivo de la invasión de Nicaragua por los mercenarios de William Walker, y como protesta contra la misma y también contra la potencia que, bajo ese disfraz, trataba de llevar a cabo su gran designio expansionista a expensas del Sur, después de haberlo logrado hacia el Oeste a expensas de México. En París fue -eso sí, y no es casual- donde brotó el término de “América Latina” del cerebro de unos latinoamericanos conscientes del peligro del Norte, conscientes de la urgencia de la unión del Sur, conscientes de la necesidad de un concepto definidor y unificador después de decenios de indecisión en la América, antes española y aún sin nombre genuino. El 22 de junio de 1856, en París, delante de más de treinta ciudadanos de casi todas las repúblicas del Sur, en un acto de repudio a la agresión a Nicaragua, el chileno Francisco Bilbao calificó de “latina” a la América que defendía y promovía y evocó “la raza latino-americana”, oponiéndolas clara y únicamente a los Estados Unidos de América y al “yankee”. Fechado en 26 de septiembre de 1856 y motivado por la misma y prolongada agresión, el poema “Las Dos Américas” del colombiano, exiliado también en París, José María Torres Caicedo, las enfrenta del todo:
“La raza de la América latina
Al frente tiene la sajona raza.-
Enemiga mortal que ya amenaza
Su libertad destruir y su pendón”.
Por aquellas fechas, nadie en el mundo usaba tal denominación, ni siquiera en Francia entre los adeptos de la “latinidad” incipiente. ¿Habrá algún conocedor de la vida y obra de Bilbao y Torres Caicedo que pueda alegar que aquellos hombres eran “ajenos”, por su procedencia y trayectoria, a la que bautizan “América latina”, objeto constante de su desvelo?
Y aquellos que iban a recoger y difundir el concepto por todo el continente en los años posteriores, los que iban a pelear para imponerlo, ¿no fueron en la línea bolivariana auténticos latinoamericanos? ¿No fueron en su época, entre el 60 y el 90, los actores más notables de la toma de conciencia latinoamericana, aquellos literatos y pensadores políticos que se llamaron Carlos Calvo (argentino), Juan Montalvo (ecuatoriano), Cecilio Acosta (venezolano), Ramón Betances y Eugenio María de Hostos (puertorriqueños), José Martí (cubano), etc., etc.?
Ahora, ¿en qué se equivocaron estos hombres al valerse de aquel nuevo sustantivo compuesto para designar las tierras, una cultura y un destino amenazados por el “coloso juvenil” (Fco. Bilbao)? ¿En ceñirse al adjetivo “latino”? Sólo podría sostenerlo el que le confiriese a “latino” un significado preciso y exclusivo que no tuvo en su origen ni tiene hoy tampoco: un significado único o lingüístico. Tan absurdo es en 1993 como lo era en 1856 dar a entender que la población cuadricontinental, plurirracial y plurilingüe de América Latina desciende de los latinos del Lacio o de los pueblos europeos colonizados por Roma cuyo idioma heredaron, desarrollaron y propagaron allende el océano. El concepto tiene fundamentalmente un valor político y cultural. Sus promotores lo escogieron por eso: permitía delinear la frontera entre las dos Américas (es su postulado de base: no hay una sino dos Américas) y resistir al empuje de la América de Polk, Pierce y Buchanan; permitía acelerar la toma de conciencia de la existencia al Sur del Río Bravo de valores comunes distintos de los valores imperantes al Norte del Río Grande. Mientras siga viva la contradicción de intereses y de miras entre ese Norte y ese Sur de América, el concepto de América Latina seguirá válido. Ahí están, dramáticamente presentes, los casos de Granada, Cuba y Panamá, los problemas de la droga, el comercio y la deuda, para atestiguar que no pasó esa era conflictiva y que no erraron los fundadores visionarios de las generaciones de Bilbao y de Martí.
En su mente, la América latina no se oponía, de manera antinómica ni antónima, a una América india o a una América negra: las incluía. Las incluía abiertamente en unos casos, tácitamente en otros más frecuentes, y cabe señalarlo en pro de la verdad, en algunos casos las incluía negándolas de acuerdo con los criterios racistas, “civilizadores” decían, de la oligarquía criolla.
Es innegable que la presencia en Francia de Bilbao, Torres Caicedo o Calvo contribuyó a que adoptaran el nombre de América Latina, en un ambiente de revalorización de “lo latino” y en un contexto no exento de ambigüedades. Pero no es menos cierto que ninguno de ellos le sirvió de caballo de Troya al expansionismo francés en América. Condenaron la invasión de México en 1861- 62, cuando el gobierno español la amparaba aún.
La denominación de “latina” aplicada a América será, lo concedo, una inexactitud en sí, en particular si se escribe con una “l” minúscula, pero no es más ni menos “equívoca” que la de “ibérica” (¿qué es de Haití en ese conjunto?). La denominación de América Latina, o Latinoamérica, si se prefiere, no es más ni menos inadecuada que las denominaciones con las cuales estuvo compitiendo en la etapa de su nacimiento y arraigamiento: Hispanoamérica o América del Sur.
¿Cómo pudiera imponerse la de “Hispanoamérica” cuando la desprestigiada metrópoli colonial seguía oponiéndose con tesón, a lo largo de los años 60 del siglo pasado, a la emancipación política de las Antillas españolas (parte integrante de la América Latina) y a la emancipación de cientos de miles de esclavos en esas islas, cuando de Santo Domingo “reincorporado” a las costas bombardea das del Pacífico iba recuperando territorios, y cuando, por ejemplo, no reconocía aún la independencia de Colombia conseguida cuarenta años antes?
¿Cómo pudiera imponerse la de “América del Sur” como alternativa a “América Latina” -pese a la fuerza y tradición de su equivalente: la “América meridional”, así nombrada por Miranda y Bolívar-, cuando por un lado parecía dar por perdidos México, la América Central y las Antillas, o sea las tierras más codiciadas por el Norte, y cuando por otro lado los Estados confederados, al autoproclamarse la “América del Sur” frente a la “del Norte” durante la guerra de Secesión, descalificaban el nombre usurpado, haciéndolo sinónimo de esclavitud?
Justo Arosemena en 1856, José María Samper en 1861 y Eugenio María de Hostos un poco más tarde, entre otros latinoamericanos preocupados por la búsqueda de un nombre para su América, abogaron por “Colombia” pero sin éxito. En 1874, Hostos lo admitía y se conformaba con “América latina” -que empleaba también desde 1868-, explicando en una nota de pie de página a su estudio intitulado “La América latina”:
“No obstante los esfuerzos hechos por Samper, por algunos escritores latinoamericanos, y por el autor de este artículo, reforzados por la autoridad de la Sociedad Geográfica de Nueva York, no prevalece todavía el nombre colectivo de Colombia con que han querido distinguir de los Anglosajones de América a los latinos del Nuevo Continente. En tanto que se logra establecer definitivamente la diferencia, es bueno adoptar para el Continente del Sur y América Central, México y Antillas, el nombre colectivo que aquí le damos...”. La voz de Hostos era la voz de América. Es legítima la insatisfacción intelectual que sienta el lingüista, el etnólogo o el sociólogo al tener que usar el concepto de América Latina y al comprobar sobre el terreno que el concepto o abarca todas las realidades que él estudia; sin embargo es legítimo el concepto de América Latina que maneje y que manejamos casi todos en los encuentros internacionales, y no sólo por comodidad.
Es legítimo porque los que lo forjaron son latinoamericanos.
Lo es porque ellos le dieron ante todo un sentido político que no se puede ignorar ni se debe desvirtuar: se enarboló como lema de identidad (cuando no lo había), de reconocimiento, de unión y de combate de los “Estados Desunidos” (Bilbao) contra los Estados Unidos de América.
Lo es porque hoy día los latinoamericanos son quienes lo usan corrientemente, desde las esferas gubernamentales y las élites culturales hasta las capas populares, cualquiera que sea su nacionalidad, religión u origen.
El respeto a la independencia y soberanía de los pueblos empieza por la aceptación por la comunidad internacional del nombre con que se designan colectivamente a sí mismos en el momento considerado. Es un principio que no debe sufrir tergiversación, a no ser que se siga pensando en categorías y términos neo-coloniales. Burkina-Faso se llama, y hay que llamarlo así, el país que bajo el coloniaje francés fue Haute-Volta. Vanuatu se llaman, y hay que llamarlas así, las islas que bajo el coloniaje británico fueron The New Hebrides. Bolivia se llama -¿y quién la llamaría de otra forma? la que fue, bajo el coloniaje español, el Alto Perú. Llamemos sin reserva América Latina” a la que fue, durante la época colonial, la América española, portuguesa y francesa, porque así la conocen y llaman mayoritariamente sus habitantes, y porque, como concluye la Encyclopedia Bri tanica- “Only in deference to popular usage and for lack of a better term, the area remains Latin America” (Artículo: Latin America).
Yo no hubiera dicho “only” por las poderosas razones históricas que acabo de exponer, pero apruebo el punto de vista respetuoso, pragmático, y cuerdo en suma, del redactor del artículo.
Para ese señor, como para mí, cesará tal legitimidad el día que se acabe el consenso observado y que la actual América Latina se identifique con otro nombre más idóneo o más a propósito. Admitir su carácter transitorio no le quita valor en el presente.
La “reinstalación” en la nomenclatura oficial de España de los términos de “Hispanoamérica” y sus derivados en lugar de “Latinoamérica” y sus derivados -como se sugiere en la malhadado recomendación de los académicos-, sería, amén de improcedente, una medida atentatoria a la Historia, la conciencia y la soberanía latinoamericanas. Deseo personalmente que no se cumpla ni siquiera se acate esa décima recomendación, para que quede demostrado que han cambiado los tiempos. Lo que no me impide apreciar- y saludar, respetuosa, entusiasta y sinceramente, la labor general de don Manuel Alvar y demás académicos, y que conste.

domingo 29 de marzo de 2009

Entre Latino y América

Entre Latino y América: las literaturas "latina/os" y las reformulaciones de las disciplinas académicas


Katherine Sugg



(JPG) En diciembre de 2002, el periódico estadounidense The New York Times publicó un estudio lingüístico que compara el uso de los pronombres de las comunidades puertorriqueñas, dominicanas, cubanas, y mexicanas en la ciudad de Nueva York. Este estudio versa sobre las consecuencias del choque de los dialectos del español en Nueva York fue dirigido por un interés fundamental en "la evolución de una identidad Latino en la ciudad y más allá." Si los lingüistas encuentran que los dialectos estaban convergiendo, se dice que esto indica una emergencia de un español "nuyorqueño" y quizás significa una convergencia de las identidades. El profesor Richard Otheguy explica, "se puede sugerir que los Latinos en Nueva York están pensando en sí mismos menos como miembros de grupos nacionales que lo fueron en el pasado y más como miembros de una comunidad más amplia." [1] Sinembargo, Otheguy también dice que "la posibilidad existe que al contacto con los otros hispánicos no genera un sentido de fraternidad hispánica sino el opuesto. Crea un sentido de no querer ser confundido con los mexicanos o los cubanos. ‘Yo soy ecuatoriano’" (Scott, B1).

Entre otras cosas, este estudio y su razonamiento sugiere un cambio en cómo la nación está configurada en las conversaciones actuales sobre la identidad en los Estados Unidos. Juntos, estos inmigrantes de todas las Américas (Puerto Rico, República Dominicana, Centroamérica, México, etc.) y los lingüistas que analizan sus dialectos demuestran la persistencia de la identificación nacional en las comunidades "Latinas" en los Estados Unidos. Pero el estudio lingüístico y sus preguntas principales también sugieren una convergencia percibida en estos grupos para formar una nueva identidad "Latino" y una comunidad en los Estados Unidos. En seguimiento al origen lingüístico de una latinidad estadounidense, estos escolares participan en una industria creciente que se encuentra en la intersección de los procesos de la migración diaspórica y las dinámicas de la formación de comunidades étnicas en los Estados Unidos. Estas empresas intelectuales florecen en parte a causa del crecimiento de interés de los medios publicitarios en el dicho "la explosión de la populación hispánica." Pero yo señalo que también se observan a los Latinos tan fijamente porque el ejemplo es que los Latinos en los Estados Unidos indican unos cambios grandes en los paradigmas establecidos de la comunidad, la nación, y la etnicidad en los dos los Estados Unidos y las Américas en general [2]

Román de la Campa sugiere el modelo del "estado partido" ("split state") como manera de conceptualizar estas comunidades latinas en los Estados Unidos quienes mantienen sus vínculos económicos, familiares, y culturales a las varias naciones de origen en América Latina y el Caribe de las que (y hasta las que) migran. [3] Numerosos investigadores trabajan en las disciplinas de los estudios étnicos estadounidenses y también se interesan en las historias transnacionales y las relaciones que definan las condiciones actuales de las comunidades de las minorías étnicas en los Estados Unidos y en otras partes. [4] Estos proyectos enfatizan los imaginarios nacionales múltiples (y la política del estado y económica) que constituyen las realidades culturales y demográficas en una "Américas" transnacional dominada por una Estados Unidos "multicultural" en este época de la globalización. Interesantemente, como está indicado por este tópico especial de la revista Aleph, la literatura "Latina/o" significa también una disciplina académica emergente en los dos, los Estados Unidos y América Latina. En realidad, es posible actualmente decir que se interesan en los contactos transnacionales y diásporicos tanto en los países de origen de una variedad de Latinos estadounidenses que en los Estados Unidos: están ligados, están reformando el entendimiento de los procesos y los hechos de la migración, la diáspora, y la identidad nacional a través de las Américas.

En el contexto de la literatura étnica de los Estados Unidos, las literaturas latinos y latinas han ocupado un sitio controversial. Josepeh Skerret, el editor long-time de una de las revistas más establecidas del estudio de la literatura étnica, MELUS: Multi-Ethnic Literature of the United States, se preocupó que la edición especial sobre "La literatura Latino" no podría actuar en conformidad con su idea anticuada del estudio de la literatura étnica, que enfatiza la necesidad de reflejar "la extensión y la profundidad" de la producción literaria de específicas comunidades étnicas de los Estados Unidos, cuando se han definido por los orígenes de la nación. Pues, Skerrett lamenta de la escasez del trabajo académico que incluso ha limitado a MELUS de hacer "una edición entera sobre la literatura Puertorriqueña-Americana or Cubana-Americana, o sea Brasileña-Americana" y en vez de estas ideas monográficas, se ha optado por la edición "Latino/a" en 1998 (1). El paradigma de la identidad étnica en los Estados Unidos planteado por Skerrett va a contracorriente de la mayoría de las discusiones de latinidad, y también el diseño implícito de los estudios lingüísticos que anticipan la emergencia, por ejemplo, de una identidad latina de Nueva York que refleja nuevas formaciones y metas políticas en vez de antiguos orígenes e historias de la nación-estado. Estas esperanzas señala mucha de las teorías sobre preguntas culturales y políticas de las identidades étnicas en los Estados Unidos, en las cuales surge una "política cultural" de las poblaciones diaspóricas y "pos-nacionales" que accede a las identidades fundadas en orígenes nacionales y territoriales, es decir, la política "oppositional" del paradigma de la inmigración, o sea el paradigma del exilio que define estos escritores como "Mexicano" o "Cubana," por ejemplo.

Sinembargo, la "construcción anticuada de la disciplina" de las literaturas étnicas de los Estados Unidos reconstituye las identidades nacionales de la madre patria como la tierra fundamental de todas literaturas étnicas, ignorando como menos riguroso o "profundo" la emergencia de un conocimiento transnacional de la etnicidad, como lo que se ha ejemplificado por latinidad. Es interesante que estas dos corrientes en el estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos corresponda a una análoga divergencia sobre las preguntas de las relaciones entre la política y la estética. Es decir, durante el enfoque que Skerret presenta sobre "la extensión y la profundidad" de las literaturas, las proponentes de la latinidad enfatizan el impacto político y cultural de las formaciones nuevas de las comunidades transnacionales en los Estados Unidos. En los Estados Unidos, los términos como "transnacional" y "globalización" reflejan una preocupación con las preguntas de la política internacional, la economía multinacional, y las historias mundiales. Y adentro de la disciplina de los estudios norteamericanos "American Studies", el "transnacionalismo" en sí mismo señala una ruptura que crece entre una perspectiva comparativa, normalmente transnacional, y el conocimiento más tradicional de los estudios estadounidenses. En varias revistas de la literatura y de los estudios culturales se caracterizan las perspectivas transnacionales como lo más comprometido políticamente y las perspectivas más tradicional y nacionalista como lo conservador, aún regresivo.

Un ensayo de John Carlos Rowe en la revista PMLA sobre "América: La idea. La literatura" (Enero 2003), por ejemplo, explora el transnacionalismo de la literatura del siglo XIX como manera de analizar el papel fundamental de "una herencia negativa de ejercicios coloniales o nacionales," especialmente en el conocimiento implantado en el excepcionalismo norteamericano (79). Contra el énfasis sobre la profundidad específica de literaturas étnicas, el proyecto de Rowe es abiertamente político en sus metas. Sus descripciones de las intersecciones entre los estudios norteamericanos, el discurso minoritario, y la política anti-imperialista compartieron lo que se llama una perspectiva "poscolonial o postnacional" en que los dos presumen que "los estudios críticos sobre el colonialismo y el nacionalismo tienen como meta una transformación política y también una transformación intelectual de un sistema inherentemente exclusivo y represivo" (2003, 79). Entonces, Rowe aboga por un conocimiento transnacional de la literatura norteamericana como manera de mantener una función deconstructiva de la producción cultural y su crítica-una función que se hace principalmente fundamental dirigiendo la escritura poscolonial y su crítica, a la vez que otras formas del discurso minoritario, como la escritura étnica de los Estados Unidos. [5]

Aquí, la importancia de los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo en las literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos participan en un fenómeno global ligado con el discurso minoritario y los procesos de la descolonización. Un ensayo de John Muthyala, "Reworlding América: La globalización de los estudios norteamericanos," muestra esta confluencia con una perspicacia impresionante: sobre todo enfatiza los enredos de los estudios norteamericanos con una concepción europeizante de la historia de "América" como los Estados Unidos. Muthyala explica por qué la manera en que los Estados Unidos se define coincide con "la misma idea de una historia literaria norteamericana," el cambio a un concepto plural y transnacional de "las literaturas de las Américas" rompe con las mitologías nacionales de las genealogías nacionales de los dos, los estudios norteamericanos y la literatura norteamericana. Y hasta las "literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos" es una categoría también implicada en una historia eurocéntrica y la contención nacional y territorial de "América" (como primeramente los Estados Unidos), su participación en el "reworlding" de América a través de una revisión de las fronteras de "América" y los estudios norteamericanos parecen una buena meta que tiene sentido. [6]

Los ensayos de Muthyala y Rowe participan de una crítica creciente en cuanto a las fundaciones nacionalistas de los estudios norteamericanos y la historia disciplinaria de la literatura norteamericana, especialmente cuando estas disciplinas han sido cómplices en borrar de la memoria pública las historias imperialistas de los Estados Unidos. [7] Como otros críticos anteriores, Muthyala arguye por una "revisión de las cartografías disciplinarias de los estudios norteamericanos y una reconceptualización de la historia norteamericana de una manera que incorpore, en vez de que marginalice, las tradiciones diversas de estética y literatura que emergen en varias partes de las Américas" (99). [8] Otras obras académicas que han mostrado este impacto incluyen el estudio de Kirsten Silva Greusz, Ambassadors of Culture: The Transamerican Origins of Latino Writing (Princeton University Press, 2002), en que sigue la producción literaria extensiva y diversa en español que florecía en los Estados Unidos durante el siglo diecinueve. Aquellas revisiones disciplinarias de "América" necesitan una atención persistente a "lo especifico" y "lo local" como forma de balance a los grands récits del modernismo europeo y sus universalismos.

Otro ejemplo llave de las controversias que rodean estos esfuerzos se puedan encontrar en el crecimiento precipitante de "la teoría de las fronteras" en los estudios literarios y culturales en los Estados Unidos, empezando con la publicación de Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987) por Gloria Anzaldúa. Esta obra cardinal de una feminista Chicana de Tejas se convirtió en un catalizador para la empresa académica "la teoría de las fronteras". Aunque, como en la obra de Anzaldúa, esta teoría de las fronteras originó en trabajo académico y escritura que enfocaba sobre la frontera de los Estados Unidos y México, y desarrollaba su extensión hasta las Américas y más allá, afectando un alcance de teorías de las identidades emergentes, las culturas mundiales actuales, el poscolonialismo, y la globalización. Como dice su corolario, las zonas en contacto, la centralidad de la teoría de las fronteras refleja una dirección general en los estudios culturales y las literaturas minoritarias en que "la frontera" se pone como una tropa importante en la comprensión amplia de la globalización en/y los Estados Unidos. Como Muthyala, la mayoría de estos abogados enfatiza un concepto deterritorializado de la frontera que admite para una variedad de "vínculos transfrontera" y sitios y circulaciones culturales (Muthyala 113).

Sinembargo, estas desterritorializaciones se han encontrado con dos fenómenos: el escepticismo y la celebración a la intersección de los estudios étnicos y poscoloniales en que los estudios de las fronteras han tenido peculiar éxito académico. En su introducción al libro, La Teoría poscolonial en los Estados Unidos (University of Mississipi Press, 2002), Amritjit Singh y Peter Schmidt notan que la frontera pone en "un paradigma cultural el estudio de la raza y la etnicidad en los estudios de los Estados Unidos que sigue siendo de amplia significación (y tan ferozmente confrontado) como la "tesis fronteriza" de Frederick Jackson Turner que proviene del siglo anterior." (11). Al subrayar la afiliación entre "la escuela de las fronteras" de los estudios étnicos de los Estados Unidos y los estudios poscoloniales, Singh y Schmidt ofrecen un mapa para un crecimiento de comprensión de lo que está en juego en la reforma transnacional de "las literaturas étnicas de los Estados Unidos" y por supuesto las literaturas Latina/os al interior de las discusiones de "las literaturas de las Américas," además de un estudio literario específico latinoamericano o norteamericano.

El abrazo de la latinidad y otros paradigmas transnacionales en los estudios literarios y culturales norteamericanos atestiguan el sentimiento de la urgente necesidad de dar razón al momento contemporáneo, un momento "globalizado" digamos, y también analizar su dirección política.

La popularidad de los paradigmas transnacionales como latinidad y lo fronterizo ofrece una alternativa a las identificaciones nacionalistas fundada en una interpretación nostálgica y anacrónica de la identidad cultural y las historias nacionales y también responde a las narrativas lineales de la inmigración y la asimilación que dominaban la mayoría de las discusiones del siglo veinte: la etnicidad y "American-ness" en los Estados Unidos. Sin embargo, y como Singh y Schmidt advierten, los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo también se llevan un peligro que estas nuevamente sean comprendidas fronteras puesto que ubican "el sitio donde la etnicidad definida por la descendencia está -en las palabras de Turner-, ‘liberado y fundido’ en una hibridez nueva" (12). Pues, la esperanza que las comunidades emergiendo de múltiples y varios estados divididos (split state) e imaginarios (Puertorriqueñas, Cubanas, Dominicanas, Mexicanas, etc.) experimentarán una "convergencia" del idioma, la cultura, la identidad en los Estados Unidos empiezan a parecer sospechosas como el grand récit bien conocido de los discursos de la asimilación.

Como indiqué Muthyala, Singh, y Schmidt, con cuidado observan la posibilidad de la reificación del hibridez y nomadismo en las narrativas de la fusión cultural y asimilación y si se puede evitar se puede mantener un sentido de lo específico y lo local, hasta que "ni el término poscolonial ni las palabras diáspora, migrante, o transnacional . . . se usan de una manera tan amplia que se pierde la variedad de constituyentes y comunidades de personas verdaderas" (Singh y Schmidt 39, con las itálicas en lo original). Pero si en atención a las tradiciones literarias definidas por la nacionalidad empiezan a parecer menos anacrónicas o regresivas y más semejantes a una distinción rigorosa entre los sitios de las culturas multi-étnicas de las Américas, ¿Qué va a pasar con las identificaciones transnacionales que están emergiendo en esta época, como la de la latinidad? ¿Representan las amalgamaciones y las asimilaciones las características que aún más borran las comunidades (y los idiomas e historias)? ¿O se puede decir que el cambio transnacional ejemplificado por "las literaturas de las Américas" sigue como una opción productiva para los discursos minoritarios y la política de oposición, en los dos, los Estados Unidos y las Américas? Estas preguntas nos regresan, tal vez un poco a la difícil cuestión de la identificación nacional y el nacionalismo.

Muchas discusiones en los estudios étnicos de los Estados Unidos se han enfocado sobre las historias negativas y los efectos del nacionalismo cultural que marcó la política del siglo veinte en sus últimas décadas, que muchas veces dependían sobre una lógica de la identidad colectiva y a su vez estaban fundadas en una idea de la descendencia nacional o la autenticidad cultural. Este énfasis sobre las nuevas hibrideces, las subjetividades fronterizas, y las conciencias diaspóricas se han aprovechado como alternativa a la rigidez de los absolutismos étnicos, y especialmente las narrativas masculinas y heterosexistas de la política de la cultura y de la identidad [9] Estas cuestiones de la formación de la comunidad y su política muestran las raíces profundas de los nuevos paradigmas como “la teoría de las fronteras” en una genealogía de los estudios étnicos de los Estados Unidos y sus historias del activismo político y formación académica. Por ejemplo, el tropo de la frontera como el desplegado por Anzaldúa se proponía un nacionalismo cultural que seguía como la herencia principal del Movimiento Chicano de la época de los Derechos Civiles en los Estados Unidos (1968- los 1970s).

Estas genealogías demuestran también los vínculos entre las teorías de las fronteras y la Latinidad, como paradigmas recientemente reformadas, y la teoría poscolonial. Tal vez por esta razón, la imbricación de una herencia de la política de la identidad étnica, las literaturas asociadas con esta herencia, y la teoría poscolonial han sido una ocasión para la reflexión crítica. Por ejemplo, una preocupación con la “confusión” del criterio estético y político inicia las críticas del libro de Peter Hallward, Absolutely Postcolonial (2002). Se puede sumar el argumento el de Hallward con una de sus aserciones más enfrentadas, como su insistencia que “contra la tendencia predominante de los estudios culturales en general, y la crítica poscolonial en particular, necesitamos hacer y mantener una ruptura conceptual afilada entre la cultura y la política. La idea de una “política cultural” genera una desastrosa confusión en las esferas del pensamiento y la acción. (xix, el énfasis es del autor).

Hallward propone esta ruptura para formar una filosofía política de la justicia social más efectiva que no depende sobre el discurso “singular” (es decir sin relación y que promueve un tipo de universalismo) que se encuentra en la teoría poscolonial, y especialmente en las teorías derivadas de la filosofía de Gilles Delueze y los conceptos de la hibridez, el nomadismo, y la totalidad despersonalizada. Enfatizando los fracasos de la teoría poscolonial en la vida política “de la realidad,” Hallward está especialmente inexorable y propone que “debemos abandonar todos intentos a predecir, al nivel de la teoría general, una meta política para el arte y la literatura. . . es el momento a reconocer que la valoración de la literatura está esencialmente indiferente a la política como tal.” (xx). Pues, en contradicción directa a las razones de los estudios norteamericanos trasnacionales, Hallward enfrenta la ascendencia de la hibridez, los cruces de las fronteras, y la diáspora a un valor político esencialmente progresivo. Pero, como el ejemplo del mestizaje muestra ampliamente, los tropos de la mezcla racial y cultural han sido fundacionales -a usar las palabras de Doris Sommer- para los imaginarios políticos, como culturales y literarios, de las Américas. En su estudio, Mestizaje (2006), el crítico chicano Rafael Pérez-Torres explica mejor la confluencia profunda de la raza y la identidad como implante en la historia colonial de las Américas. Los conceptos importantes de la cultura “transamericana” como la hibridez (García Canclini), el mestizaje (Vasconcelos, Anzaldúa) y la transculturación (Ortiz, Pratt) son también definitivos para la identidad cultural de los latinos, pues, revelan una larga y profunda historia en la política representante de los dos espacios: los Estados Unidos y América Latina.

Del mismo modo, parece claro que la “confusión” identificada por Hallward ha sido un elemento poderoso en los estudios literarios étnicos, como lo Latino/a, y las reformas recientes de los estudios norteamericanos, además del transnacionalismo y del estudio cultural y literario. Muthyala y Rowe, por ejemplo, están de acuerdo que la mejor razón para una cuenta histórica de “las literaturas de las Américas” es su capacidad a realinearse histórica y políticamente y proponer una disciplina de historiografía literaria que sea más anti-colonial y anti-imperialista. Del mismo modo, las fundaciones políticas del estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos y los estudios culturales han generado mucha controversia a los dos lados: muchos especialistas y activistas en los Estados Unidos siguen preocupados por la posibilidad de diluir las cuestiones específicamente étnicas al interior de un proyecto transnacional o poscolonial, y que entonces termine siendo demasiado generalizante. Este conflicto repite, y hace un tipo de palimpsesto para un debate relacionado sobre la diferencia estética de la “literatura” y la significación política, como cultural, de la “etnicidad.”

Estos asuntos ayudan a iluminar un cambio reciente y general a las cuestiones de la estética y la función de la literaria, por lo menos en la crítica norteamericana-pero también indica una frontera retirando en lo que se ha llamado, "las guerras culturales." Es decir, los críticos como Skerret y Hallward quienes preguntan por la propia ubicación de la literatura y la política en las formaciones disciplinarias de los estudios literarios y culturales parecen querer "regresar" a un paradigma modernista de los "Nuevos Críticos", además de otras prescripciones para una comunidad elitista de los lectores-críticos quienes aplican a su misma literatura.

Tal vez ayudaría a reconocer que la disciplina entera de las literaturas étnicas de los Estados Unidos, incluyendo la literatura "latina," emergen de un momento que abrazó y aún formuló cuales han sido las "confusiones" de la cultura y la política, especialmente como una manera a intervenir en política disciplinaria la formación del "canon" en los estudios literarios norteamericanos. Como una alternativa a la tradición "euro-centrado," masculino, y blanco de las literaturas norteamericanas, el estudio de las literaturas étnicas se ocupan de los paradigmas de los estudios sociales y políticas de la etnicidad (especialmente sus teorías de los procesos de la formación racial y las identidades comunitarias) y al mismo tiempo se interesan en la "profundidad y la extensión de las literaturas que vienen de estas comunidades. Estos debates reflejan una paradoja en el estudio y la crítica de las literaturas minoritarias: la misma existencia de un concepto de "la literatura latina" está fundada en una meta política. [10] Entonces, el crecimiento de la crítica literaria y cultural que participan en los dos paradigmas de los estudios étnicos y en las teorías poscoloniales de la hibridez, el mestizaje, y el transnacionalismo significa un momento particular en la reforma disciplinaria de los estudios norteamericanos (además que los estudios latinoamericanos, podemos decir) presenta una revivificación de los debates de los sitios propios de la estética y la política.

Los calificativos como "Latino" ponen de presente las literaturas "étnicas" en relación a las otras literaturas, presuntuosamente sin "etnicidad," revelando desigualmente historias culturales y políticas raciales en los Estados Unidos. Estas historias son precisamente lo que las literaturas étnicas apuesten y aún transforman. Sinembargo, es también la verdad que el adjetivo "étnico" toma el riesgo de hacerse en un campo de la producción cultural que al que se le atribuye una significación política específica, como la de la resistencia. La oposición, la resistencia, la diferencia, y la hibridez se han hecho en las palabras claves de la etnicidad en los Estados Unidos, haciendo un paradigma extensivo y a veces inexpugnable para el contenido cultural y político de todas las literaturas auténticamente o "realmente" étnicas.

Las formas en que se utiliza el término "la literatura étnica"-incluyendo la literatura latina-invitan a una revaluación en cuanto al criterio político y social seguido del estudio literario étnico de diversas maneras que desde un principio ha indicado el crítico Hallward. Pero los filos dobles de cualquier separación rigurosa de la estética y la política están ilustrados en un ensayo de Lori Ween sobre la publicación y el comercio de las literaturas étnicas. Ween se enfoca en la expansión de los empresas definidas por identidades étnicas y por "la literatura étnica" como un ejemplo de la participación académica y el mercado en los proyectos políticos y sociales que se imponen sobre estas identidades y los esfuerzos estéticos. Los editores suponen un público de lectores que van a sentirse atraídos a la visibilidad étnica de los libros, lo cual determina "como la industria editorial percibe los deseos del mercado y las imágenes que se venden en los Estados Unidos" (Ween 91). Dando a estos "para-textos" de las literaturas étnicas de los Estados Unidos -según Ween- la posibilidad de explorar la producción y la gerencia de la "autenticidad" de ciertos grupos étnicos, como un producto cultural para el consumo general. La "política cultural" opera en esta intersección de la producción literaria y el consumo del mercado con un asunto importante: la circulación de los discursos de la etnicidad pueden últimamente reedificar los puentes quebrados que separan una "América" no política de una identidad "étnica" politizada. La premisa preventiva de Ween con el comodín de lo "étnico" también muestra como lo "real" de la política funciona dentro de varias empresas de los estudios literarios y culturales en las Américas. Cuáles funciones indican precisamente el tipo de política cultural con la que los autores y los críticos de las literaturas latinas siguen apasionadamente ocupados y con lo cual tratan de articularse.

La mayoría de las personas seriamente ocupadas con las dos preguntas de la estética y la política que la literatura latina no niegan su impacto político ni el valor de muchos de sus textos importantes (se necesita solamente considerar la importancia de la obra de Gloria Anzaldúa en los Estados Unidos y más allá). Como dice Hallward, "la meta no es reducir la peculiaridad del itinerario del cada autor sino proveer una estructura comparativa bastante rigurosa y flexible para evaluar esta peculiaridad hasta donde sea posible” (6). Esta exactitud y su implantación en una empresa comparativa sugieren las posibilidades de apertura a las literaturas étnicas estadounidenses y especialmente la disciplina de los estudios latinos como una disciplina relevante a los dos: los Estados Unidos y América Latina. Con sus raíces simultáneas en las historias y las sociedades y las condiciones económicas y culturales que fomentan estas migraciones y diásporas transnacionales, “latina/o” es un término conceptual que puede efectivamente apuntarse a los dos de las narrativas tradicionales de su autodefinición de los Estados Unidos y América Latina.

Las literaturas “multiétnicas” y las identificaciones culturales y políticas como “Latina/o” funcionan como un desafío al lógico del eurocentrismo y las historias reprimidas del imperialismo que son fundacionales en las narrativas nacionales y oficiales. Sinembargo, se dice que la latinidad amenaza hacerse en un modelo cultural de inclusión total que borra los esfuerzos políticos de las comunidades específicas que el término incluye, como los Chicanos o los Puertorriqueños. Pues la latinidad marca un momento inminente de plegarse o colapsar en el marco “Americano” estadounidense y su intento universal de asimilación. Pero unos estudiosos importantes de los estudios puertorriqueños como Juan Flores sostienen que el término “Latino,” se añade al “pan-grupo” y es “demasiado facilista y frecuentemente confuso con el discurso oficial y demográfico” de la identidad étnica y la comunidad que está impuesta desde afuera, muchas veces por el estado (Flores 188). Pues, una clave para entender y analizar éticamente estas categorías se encuentran varias “inflexiones” que emergen de las articulaciones especificas: quien los utiliza y cómo y por qué. Lo pertinente es que las literaturas multiétnicas hacen una disciplina académica que abraza los conocimientos políticos de la historia y la cultura que están frecuentemente en contacto con los movimientos políticos y sociales en que se trabaja activamente y actualmente y éstas son las que contribuyen a la transformación de los Estados Unidos. [11]

Sugiero que los vínculos y las rupturas entre los estudios chicanos/puertorriqueños, la teoría de las fronteras, los estudios latinoamericanos, y la latinidad subrayan posibilidades y problemas presentados por la crítica de los estudios literarios y culturales de las minorías. Por una parte, hay mucha confusión por las generalizaciones difundidas y seguidas de las coincidencias de la política y la cultura en los estudios poscoloniales y transnacionales. Los conceptos de los estudios étnicos “posnacional” o las literaturas multiétnicas “transnacionales” invitan a plantear cuestionamientos al impulso de asimilación que ha sido justificablemente criticado por Hallward, Singh y Schmidt, entre otros. Por otra parte, y como Flores contesta, un método derivado de los estudios culturales para estudiar la cultura, la política, la historia, y la literatura Latina es principalmente “dirigido por la experiencia viva y la memoria histórica, los factores que se pretenden relegar como inaccesibles o insignificantes por los métodos dominantes” (187). Flores subraya las maneras en que los métodos de los estudios culturales, aun con sus confusiones desastrosas, han tratado de articular e indicar unas realidades camufladas y unas experiencias suprimidas. El blanco de esta literatura étnica de la protesta es frecuentemente una de las complejidades de las narrativas ideológicas que tienen efectos concretos y materiales sobre la capacidad de unos grupos de individuos a participar en el gobierno, la economía, y los mundos sociales de los Estados Unidos.

La influencia y la ubicuidad de las escritoras latinas y chicanas se nota en los programas de los cursos de la literatura americana estadounidense, como Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Julia Álvarez, y Cristina García, ofrece un ejemplo y una advertencia. Como dice el artista de “Performance” Guillermo Gómez-Peña, los porteros de la cultura dominante de los Estados Unidos “necesitan y quieren modelos espirituales y estéticos de la cultura latina sin tener que experimentar nuestra indignación política y nuestra contradicciones culturales” (51).

Entonces, la disciplina académica de las literaturas étnicas de los Estados Unidos crece de una historia específica de las relaciones entre los paradigmas dominantes del estudio literario y la historia social, como se muestra en los departamentos de la literatura norteamericana igual como en la época de los Derechos Civiles. Un problema para esta disciplina ha sido que el paisaje político se ha transformado en estos últimos 35 años en maneras que no siempre han reflejado los nuevos paradigmas ni las realidades políticas “reales” ni la política cultural imaginada en nuestros discursos. Sinembargo, esta historia específica y las redes amplias y complejas de las relaciones que vinculan universidades a escritores, editores, comunidades étnicas, y por consiguiente a los lectores, no se pueden ignorar ni desestimar. Y las reformas de los estudios literarios, dentro y fuera de los Estados Unidos puede ofrecer mejores razonamientos a las transformaciones culturales y a las relaciones con el poder político para que en definitiva se abracen, aun cuando seamos escépticos ante la singularización de las comunidades, los textos, y las escuelas críticas.

Bibliografía citada

Aparicio, Frances R. and Susan Chávez-Silverman. Introductions and editors. Tropicalizations: Transcultural Representations of Latinidad. Hanover, NH: UP of New England, 1997.

Beverly, John. "Writing in Reverse: On the Project of the Latin American Subaltern Studies Group." Subaltern Studies in the Aemricas, dispositio 19.46 (1994): 271-88.

De La Campa, Román. "Latin, Latino, American: Split States and Global Imaginaries." Comparative Literature 53.4 (Fall 2001): 373-88.

Flores, Juan. "The Latino Imaginary: Dimensions of Community and Identity" in Tropicalizations: Transcultural Representations of Latinidad. Aparicio and Chávez-Silverman 183-93.

Gilroy, Paul. The Black Atlantic: Modernity and Double Consciousness. Cambridge, MA: Harvard UP, 1993.

Glissant, Edouard. Caribbean Discourse: Selected Essays. Trans. and Ed. J. Michael Dash. Charlottesville, VA: UP of Virginia, 1989.

Gómez-Peña, Guillermo. Warrior for Gringostroika. St. Paul, MN: Greywolf P, 1993.

Hallward, Peter. Absolutely Postcolonial: Writing between the Singular and the Specific. Angelaki Humanities Series. Manchester, England: Manchester UP, 2001.

Kadir, Djelal, coordinator. America: The Idea, The Literature. Special Issue of PMLA 118.1 (2001): 9-113.

Kaplan, Amy. "Left Alone with America." Cultures of United States Imperialism. Ed. Amy Kaplan and Donald E. Pease. Durham, NC: Duke UP, 1993. 3-21.

Lee, Rachel. The Americas of Asian American Literature: Gendered Fictions of Nation and Transnation. Princeton, NJ: Princeton UP, 1999.

Mazumdar, Sucheta. "Asian American Studies and Asian Studies: Rethinking Roots." In Asian Americans: Comparative and Global Perspectives. Ed. Shirley Hune, Hyung-chan Kim, Stephen S. Fugita, and Amy Ling. Pullman, WA: Washington State UP, 1991. 29-44.

Muthyala, John. "Reworlding America: The Globalization of American Studies" Cultural Critique 47 (2001): 91-119.

Pérez-Firmat, Gustavo, Ed. Do The Americas Have a Common Literature? Durham, NC: Duke UP, 1990.

Porter, Carolyn. "What We Know that We Don’t Know: Remapping American Literary Studies." American Literary History 3 (1994): 467-526.

Román, David and Alberto Sandoval. "Caught in the Web: Latinidad, AIDS, and Allegory in Kiss of the Spider Woman, the Musical." American Literature 67.3 (1995): 553-585.

Rowe, John Carlos. "Nineteenth Century United States Literary Culture and Transnationality." Kadir 78-89.

Saldívar, José David. Border Matters: Remapping American Cultural Studies. Berkeley, CA: U of California P, 1997.

- . The Dialectics of Our America: Genealogy, Cultural Critique, Literary History. Durham, NC: Duke UP, 1991.

Saldívar, Ramón. Chicano Narrative: The Dialectics of Difference. Madison, WI: U of Wisconsin P, 1990.

Skerrett, Joseph. "Preliminaries." MELUS 23.1 (1998):1-2.

Scott, Janny. "In Simple Pronouns, Clues to Shifting Latino Identity." The New York Times December 5, 2002. B1, B20.

Singh, Amritjit and Peter Schmidt, eds and introduction. "On the Borders Between U.S. Studies and Postcolonial Theory." Postcolonial Theory and the United States: Race, Ethnicity, and Literature. Jackson, MI: UP of Mississippi, 2000. 3-69.

Ween, Lori. "This Is Your Book: Marketing America to Itself." Kadir 90-102.


[1] Todas las traducciones al español son del autor del ensayo.

[2] Los críticos David Román y Alberto Sandoval contestan que "Latinidad emerge como un término que trata a disputar la concepción imperialista de una cultura hispánica" (588), pero también se puede referirse a "los grupos de imágenes y atributos que se sobreponen sobre los sujetos latinoamericanos y latinos estadouense" (Aparicio y Chávez-Silverman 15). El término entonces indica los dos, las prácticas anticoloniales en la cultura y la política y también las imágenes dominantes de una herencia colonial; este ensayo se enfoca más sobre el primer uso, lo más oposicional, del término.

[3] El concepto del "estado partido" [split state] combina una cuenta de las comunidades transnacionales que está específicamente bajo la nación con una estructura amplia que indica cómo los latinos muestran "la pluralidad ontológica que viene de derivar de una identidad de más que un imaginario americano" (de la Campa 377).

[4] Por ejemplo, Mazumdar dice que "Lo que se necesita es definir un paradigma que contextualizar la historia de los Americanos-Asiáticos dentro de la historia global del siglo veinte del imperialismo, del colonialismo, y del capitalismo. Aislar la historia de los Americanos-Asiáticos de su base internacional, extraerse del contexto global del capital y las migraciones de los obreros, es alterar esta historia" (41)

[5] El libro de Doris Sommer, Proceed with Caution [Procede con precaución] es una revisión excelente de los usos de la escritura minoritaria en un contexto inter-americano. Sommer subraya, la manera en que se falla en muchas de estas discusiones, las intersecciones de los significados que se agregan al término "minoritario" y a los resultados narrativos, éticos, y políticos.

[6] La esperanza para esta literatura americana "pos-nacional" es que su "modo de cruzar y recruzarse las fronteras, mientras desarrollando una conciencia histórica, también requeriría redibujando las fronteras" (Muthyala 97, el énfasis en el original). Estas fronteras nuevamente inestables promueven un proceso anti-colonial contra la hegemonía del lógico del estado euro-americano.

[7] Esta crítica disciplinaria ha estado en proceso durante dos décadas, por lo menos, y es conocido de muchos documentos en la academia estadouense: el ensayo de Carolyn Porter, "What We Know that We Don’t Know" [Que sabemos que no sabemos], la crítica de Gustavo Pérez-Firmat, Amy Kaplan, y José y Ramón Saldívar, y en la edición especial de PMLA de Djelal Kadir, entre muchos otros, han contribuido a la disciplina de "los estudios inter-americanos."

[8] El propósito de Muthyala está bajo tres genealogías de los estudios norteamericanos y transamericanos: el modelo dialéctico (José Saldívar), la revisión transamericana de la modernidad (Paul Gilroy, Edouard Glissant), y la teoría de las fronteras (Ramón Saldívar). Estos modelos cada uno lo llaman para unos cambios geoculturales en la perspectiva que revisaría y arreglaría los estudios norteamericanos en relación a nuevos centros geohistóricos, como Nueva Orleáns, La ciudad de México, la Revolución de Haití, y la Guerra contra México de 1848.

[9] Los comentarios extensivos de las Chicanas feministas sobre el movimiento Chicano, el nacionalismo cultural de los chicanos, y la figura de La Malinche es un ejemplo importante de estas exclusiones y las maneras en que la teoría de las fronteras y los estudios diaspóricos-especialmente cuando se unen a las intervenciones de la teoría "queer" y los estudios feministas-han disputado y transformado los paradigmas de la época de los Derechos Civiles y los críticos anti-coloniales de la coherencia y la autenticidad cultural.

[10] Se puede referir a los libros de Arlene Dávila, Latinos, Inc: The Marketing and Making of People (2001) y Barrio Dreams (2004) para unos estudios sociales que consideran críticamente la "emergencia" de los Latinos como una población y una categoría en los Estados Unidos.

[11] En Febrero de 2008, el Presidente de México Felipe Calderón se embarcó en un viaje a los Estados Unidos cuyo itinerario evitó las reuniones con el Presidente Bush u otros oficiales estadounidenses y en vez de esto, Calderón se enfocó en los grupos locales de las activistas inmigrantes mexicanos y mexicanos-americanos y los lideres de los obreros. Estas comunidades de los Mexicanos diaspóricos juegan un papel importante en la economía nacional de México y hacen una fuerza cada vez más importante en la política electoral y del gobierno de su estado. "Mexican Leader to Visit U.S., Outside the Beltway" [Los lideres mexicanos a visitar a los Estados Unidos, afuera del Washington, D.C] by James C. McKinley. The New York Times . February 9, 2008.


domingo 15 de marzo de 2009

“ACCESO DE LA MUJER A LA TOMA DE DECISIONES EN POLÍTICA”


Page 1
SEMINARIO-TALLER:
JUNTA CENTRAL ELECTORAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
“Acciones afirmativas para la participación política
de la mujer en Latinoamérica”
Cecilia Tapia Mayans
1
Contenido:
1. Igualdad formal e igualdad sustantiva en el ejercicio de la
ciudadanía democrática; 2. Sistemas electorales y acciones afirmativas
en materia de género; 3. Acciones afirmativas para la participación
política de la mujer desde una perspectiva integral; 4. De las cuotas
electorales a la paridad de la representación política.


1. Igualdad formal e igualdad sustantiva en el ejercicio de la ciudadanía
democrática.

A lo largo del siglo XX, la corriente ideológica del feminismo, la ola
democratizadora y la suscripción de instrumentos internacionales que
establecieron la necesidad de garantizar derechos de participación política a las
mujeres, lograron el reconocimiento de su derecho al sufragio activo y pasivo en
la gran mayoría de los ordenamientos constitucionales de países con aspiraciones
democráticas 2 , lo que conllevó a su vez, a la configuración de la igualdad formal
del varón y la mujer frente a la ley y al Estado.
Sin embargo, la igualdad formal de ciudadanía no ha generado por sí misma
igualdad sustantiva, encontrándose una disparidad entre el reconocimiento de la
igualdad frente a la ley y la igualdad real en el ejercicio de los derechos políticos y
1 Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación de México, Coordinadora Técnica Administrativa.
2
“Las mujeres, a lo largo del siglo XX, llevaron a cabo una revolución simbólica que les dio existencia social como sujeto sexuado y que abrió posibilidades hasta entonces no previstas. (…) Las mujeres del llamado mundo occidental vivieron importantes cambios en su condición y experiencia en la segunda mitad del siglo XX. El reconocimiento formal de todos sus derechos de ciudadanía, generalizados después de la II Guerra Mundial en los países democráticos occidentales, se tradujo en el derecho a votar y a ser elegidas en el sistema de representación política…”, GRAU BIOSCA, Elena, “Feminismo”, en Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, ANTÓN MELLÓN, Joan (Editor), Ed. Tecnos, 2ª. edición, Madrid, 2006, pp. 406 y
408.
Page 2

MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
2
en el acceso a la representación política, ya que en la práctica “las mujeres distan
de compartir el poder político con los hombres en igualdad de condiciones. Un
indicador muy evidente de ello – aunque no el único significativo, dado que
quienes ejercen altos cargos por designación también son en su abrumadora
mayoría hombres – es la escasez de legisladoras electas”
3
.
La igualdad en sentido formal implica la igualdad de todos los individuos frente a
la ley, (aplicándose la norma de manera universal, general y abstracta); aspecto
que es trascendental ya que evita el trato discriminador del Estado hacia los
particulares. Pese a lo anterior, es admisible exceptuar la generalidad y
abstracción de la norma, en aquellos casos en los que se requiera
justificadamente generar condiciones de igualdad entre los individuos, es decir,
aplicar la igualdad sustantiva o en sentido material, que consiste en el tratamiento
diferenciado con el objeto de disminuir las desigualdades
4
.
De tal manera que el principio de igualdad admite cierta desigualdad formal
5
,
siempre y cuando exista “razón suficiente” para ello, y es aquí, cuando estamos
en el ámbito de la igualdad sustantiva o en sentido material, que tiene por objeto
disminuir la desigualdad en el terreno de lo fáctico. En este contexto es viable
afirmar que los poderes públicos pueden otorgar un tratamiento desigual a las
situaciones fácticas diferentes, para beneficiar a sectores de la población que se
han encontrado histórica y materialmente excluidos, “aunque la constitucionalidad
3
MOLLER OKIN, Susan, “VI. La política y las desigualdades complejas de género”, en MILLER, David y
WALZER, Michel (Compiladores), Pluralismo, Justicia e Igualdad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,
1997, p. 163.
4
COELLO GARCÉS, Clicerio, “Derechos humanos y acciones afirmativas en el servicio profesional de
carrera”, Revista Servicio Profesional de Carrera, volumen IV, número 8, FMEPyA A.C., México, Segundo
Semestre de 2007.
5
“En todos los casos, la igualdad jurídica tanto formal como sustancial, puede ser definida como igualdad en los derechos fundamentales. Los derechos fundamentales son, en efecto, las técnicas mediante las cuales la igualdad resulta en ambos casos asegurada o perseguida y es la diversa naturaleza de los derechos sancionados en los dos casos lo que permite explicar su diverso modo de relación con las desigualdades”,
FERRAJOLI, Luigi, Derecho y razón, Ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 906.
Page 3

3
de tal medida requerirá también el cumplimiento de otros requisitos, como la
razonabilidad, la racionalidad o la proporcionalidad”
6
.
En este sentido, el ejercicio de la ciudadanía en igualdad de condiciones entre
mujeres y hombres, es el presupuesto indispensable que da eficacia a las
prescripciones normativas y al pleno disfrute de los derechos políticos. Sin
embargo, la búsqueda de la igualdad en el ejercicio de la ciudadanía requiere del
reconocimiento de mecanismos que incentiven la participación política de la mujer
y que generen oportunidades reales para que logren el acceso a los cargos de
representación pública.
El principal instrumento internacional legal de Derechos Humanos para la
promoción y defensa de los derechos humanos de las mujeres, lo encontramos en
la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra
la Mujer (CEDAW) de 1979, conocido también como la Convención de la Mujer.
La CEDAW está regida por tres principios básicos: 1) El principio de igualdad de
resultados, 2) El principio de no discriminación, y 3) El principio de responsabilidad
estatal. El artículo 1° de este instrumento constituye el corazón de la Convención,
ya que en él se define el concepto de discriminación y en los subsecuentes se
establecen las directrices que deberán aplicar los Estados parte para garantizar la
igualdad la inclusión de las mujeres entre otros en el ámbito público y en las
posiciones de poder.
No obstante el reconocimiento en el ámbito jurídico nacional e internacional de la
necesidad de implementar medidas que propicien la eliminación de la
discriminación contra la mujer fue hasta 1993 (en el marco de la Convención
Mundial de Viena) que los derechos de las mujeres fueron finalmente reconocidos
como derechos humanos, con lo que se puso aún más en evidencia la necesidad
de establecer condiciones que permitiesen el desarrollo de las mujeres a través de
6
DÍAZ REVORIO, Francisco Javier, Valores superiores e interpretación constitucional, Centro de Estudios
Políticos y Constitucionales, Madrid, 1997, p. 193.
Page 4
S
4
su incorporación a los asuntos públicos. En el mismo sentido, la Organización de
las Naciones Unidas en el año 2000 elaboró la agenda global de desarrollo
basada en los principales propósitos acordados en las diversas Conferencias
internacionales de la última década del siglo XX, de la que surgió la Declaración
de Objetivos de Desarrollo para el Milenio, estableciéndose el año 2015 como
compromiso para el cumplimiento de éstos, entre los cuales, se planteó como
tercer objetivo “el promover la igualdad de género y el empoderamiento de la
mujer”, que incluye como uno de sus indicadores, la ocupación de escaños en las
legislaturas nacionales
7
.
Dentro de los principales retos de los Estados contemporáneos de frente a las
primeras décadas del siglo XXI, está sin lugar a dudas el lograr la igualdad
sustantiva de la mujer en el ejercicio de la ciudadanía, con miras a contribuir a la
consolidación democrática de las naciones y a la configuración equitativa de la
representación política, que dicho sea de paso, generaría además tres ventajas
significativas, a saber: 1) La imagen de la mujer en el poder fomentará la
reivindicación de la misma en otros ámbitos y la eliminación de elementos
discriminadores; 2) La igualdad en la representación política contribuirá a la
igualdad en otras esferas de la realidad social
8
; y 3) La representación cuantitativa
de las mujeres coadyuvará a la toma de decisiones públicas desde una
perspectiva de equidad.
2. Sistemas electorales y acciones afirmativas en materia de género.
La búsqueda de la igualdad sustantiva, por consiguiente demanda la intervención
del Estado a través de las denominadas acciones afirmativas, que constituyen “un
conjunto de acciones y medidas que mediante un trato diferenciado buscan que
los miembros de un grupo específico insuficientemente representado, por lo
7
BUVINIC, Mayra y ROZA, Vivian, La mujer, la política y el futuro democrático de América Latina, Banco
Interamericano de Desarrollo, Washington DC, 2004, p. 11.
8
Con relación a las esferas de la desigualdad, véase WALZER, Michel, Las esferas de la justicia. Una
defensa del pluralismo y la igualdad, Fondo de Cultura Económica, México, 1993; y MOLLER OKIN, Susan,
“VI. La política y las desigualdades complejas de género”, op. cit., pp. 161-190.
Page 5

5
normal grupos que han sufrido discriminación, alcancen un nivel de participación
más alto”
9
.
Las acciones afirmativas deben estar plenamente justificadas y para su
implementación deben observarse tres criterios que generan certeza y garantizan
el cumplimiento de los fines para los cuales se instrumentan: 1) Temporalidad, las
acciones afirmativas están supeditadas al tiempo necesario para el cumplimiento
de su objeto, es decir, una vez reducida la desigualdad sustancial o de hecho que
le dio origen, ésta debe desvanecerse; 2) Proporcionalidad, debe realizarse un
balance de las consecuencias respecto a las restricciones que generan para otro
sector de la población, de tal manera que los beneficios de su implementación
sean mayores que sus probables perjuicios; y 3) Interés colectivo, su aplicación
debe tener lugar en los asuntos de relevante interés público
10
.
Para el caso que nos ocupa, las acciones afirmativas tienen como finalidad
principal el condicionar al sistema electoral para alcanzar una representación
política proporcional en razón al género, y con ello, disminuir la subrepresentación
de las mujeres.
En este sentido, la Recomendación General 23, adoptada por el Comité para la
Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, en el 16º período de sesiones de
1997, establece que para dar cumplimiento a los compromisos de la CEDAW los
Estados deben implementar acciones afirmativas para privilegiar la participación
política de las mujeres, así como para atender los factores que obstaculizan el
ejercicio del derecho a votar y a ser elegida, dentro de los cuales identifica a los
siguientes:
9
ROSENFELD, Michel, Affirmative action and justicie. A philosophical and constitucional inquiry, Yale
University, New Haven, 1991, p.42.
10
Respecto a los tres criterios para implementar acciones afirmativas, DE LA TORRE MARTÍNEZ, Carlos, El
derecho a la no discriminación en México, Ed. Porrúa, CNDH, México, 2006, p. 195.
Page 6

6
1) Las mujeres reciben menos información que los hombres sobre los candidatos y
candidatas, sobre los programas de los partidos políticos y los procedimientos del
voto. Información que los gobiernos y los partidos políticos no han sabido
proporcionar.
2) Otros factores que impiden el ejercicio del derecho a la mujer al voto de manera
plena y en condiciones de igualdad son el analfabetismo y el desconocimiento de
los sistemas políticos.
3) La doble carga de trabajo de la mujer y los apuros económicos limitan el tiempo
o la oportunidad que puede tener de seguir las campañas electorales y ejercer con
plena libertad el derecho al voto.
4) En muchas naciones, las tradiciones y los estereotipos sociales y culturales se
utilizan para disuadir a la mujer a ejercer su derecho al voto. Incluso muchos
hombres ejercen influencia y control sobre el voto de la mujer, ya sea por
persuasión o por acción directa.
5) En algunos países prevalecen actitudes negativas respecto a la participación
política de la mujer, o la falta de confianza del electorado en las candidatas.
Algunos países de Latinoamérica han incorporado en sus textos constitucionales
la disposición expresa de la implementación de medidas que beneficien la
igualdad sustancial de la mujer en el ámbito de la participación política, mismas
que tienen concreción práctica a través de las acciones afirmativas concretas que
se establecen para dar cumplimiento a la norma fundamental y que condicionan
por si mismas al sistema electoral en su conjunto, al determinar procedimientos
con perspectiva de género para la integración de los órganos representativos de la
nación. Los países latinoamericanos que reconocen constitucionalmente dichas
medidas son los siguientes:
Page 7
SEMINARIO-TALLER: “ACCESO DE LA MUJER A LA TOMA DE DECISIONES EN POLÍTICA”
JUNTA CENTRAL ELECTORAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
7
País
Precepto constitucional
Argentina
Art. 37. Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los
derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular
y de las leyes que se dicten en consecuencia. El sufragio es
universal, igual, secreto y obligatorio.
La igualdad real de oportunidades entre varones y mujeres para el
acceso a cargos electivos y partidarios se garantizará por
acciones positivas en la regulación de los partidos políticos y en el
régimen electoral.
Ecuador
Art. 102. El Estado promoverá y garantizará la participación
equitativa de mujeres y hombres como candidatos en los
procesos de elección popular, en las instancias de dirección y
decisión en el ámbito público, en la administración de justicia, en
los organismos de control y en los partidos políticos.
Nicaragua
Art. 48. Se establece la igualdad incondicional de todos los
nicaragüenses en el goce de sus derechos políticos, en el
ejercicio de los mismos y en el cumplimiento de sus deberes y
responsabilidades, existe igualdad absoluta entre el hombre y la
mujer. Es obligación del Estado eliminar los obstáculos que
impidan de hecho la igualdad entre los nicaragüenses y su
participación efectiva en la vida política, económica y social del
país.
Paraguay
Art. 117. DE LOS DERECHOS POLÍTICOS. Los ciudadanos, sin
distinción de sexo, tienen el derecho a participar en los asuntos
públicos, directamente o por medio de sus representantes, en la
forma que determine esta Constitución y las leyes.
Se promoverá el acceso de la mujer a las funciones públicas.
Cuba
Art. 44. La mujer y el hombre gozan de iguales derechos en lo
económico, político, cultural, social y familiar.
El Estado garantiza que se ofrezcan a la mujer las mismas
oportunidades y posibilidades que al hombre, a fin de lograr su
plena participación en el desarrollo del país.
La incorporación de acciones afirmativas en beneficio de la participación política
de la mujer, en particular, aquellas que privilegian a este sector de la población
para su incorporación a la representación política, determinan el estereotipo de
sistema electoral de cada Estado, ya que al establecerse reglas de discriminación
positiva para el acceso al poder, se condicionan los procedimientos específicos
Page 8

8
para la integración de los órganos representativos. Sin embargo, existen sistemas
electorales que son más compatibles con las acciones afirmativas en materia de
género, es el caso de los sistemas de representación proporcional con listas
cerradas, en virtud de que a través de este modelo de designación de
representantes puede garantizarse de manera más eficaz el acceso al poder de
las mujeres 11 , en comparación con los sistemas electorales de mayoría relativa,
en los que la elección de representantes queda supeditada a los resultados
electorales que cada candidato obtenga.

El Parlamento Europeo realizó en 1997 un estudio sobre el Impacto diferencial de
los sistemas electorales en la representación política femenina, mediante el cual
se establece que de un total de 162 países, los que tienen más del 25% de
representantes mujeres en sus Cámaras bajas, tienen sistemas electorales
proporcionales o combinados, en contraste con aquellos países que tienen menos
del 10% de representación de mujeres y que obedecen a sistemas mayoritarios
12
.
No obstante que los sistemas electorales de representación proporcional resultan
más amigables para la eficacia de las acciones afirmativas y el acceso al poder de
las mujeres, en algunos países, como es “el caso peruano, se ha demostrado que
el voto preferencial ha favorecido a las mujeres”
13
. Ante el agotamiento de los
modelos tradicionales de representación masculina y la creciente desconfianza a
los órganos del poder, las mujeres constituyen una alternativa cada vez más
viable para el electorado, tal y como se deduce de la encuesta realizada por
Gallup en el año 2000, en la que se establece que “la mayoría de la población en
la región (57%) apoya la idea de que se incremente el número de mujeres que
ocupan cargos públicos, en el entendido de que ello conduce a la formación de
11
“…diferentes investigadoras de la región comparten que las listas cerradas y bloqueadas con sistemas
proporcionales de distribución de escaños resultan más favorables para la representación femenina.”,
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, en NOHLEN, Dieter y otros, Tratado de derecho
electoral comparado de América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 2007, p. 688.
12
El estudio de referencia es citado por BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p.
692.
13
Ibidem, p. 688.
Page 9

9
mejores gobiernos, por cuanto las mujeres son más honestas que los hombres
(66%) y son mejores a la hora de tomar decisiones (85%)”
14
.
3. Acciones afirmativas para la participación política de la mujer desde
una perspectiva integral.

Las cuotas electorales, constituyen el denominador común implementado por la
mayoría de los países con aspiraciones democráticas para privilegiar el acceso a
las mujeres a la participación política, y ha contribuido significativamente al
aumento de la representación femenina en los órganos del poder público, sin
embargo, esta medida por si misma no ha logrado eliminar del todo la
subrepresentación de las mujeres, como ha quedado demostrado en diversos
análisis que se han realizado sobre su instrumentación en América Latina.
No obstante lo anterior, el objetivo de lograr el ejercicio de la ciudadanía plena de
las mujeres, amerita la puesta en marcha de acciones afirmativas
complementarias, orientadas a promover el empoderamiento de las mujeres, en la
búsqueda de gobiernos y sociedades equitativas.
De tal manera, que resulta indispensable complementar la igualdad de
oportunidades con igualdad de resultados 15 , desde una perspectiva de
implementación integral de acciones afirmativas en el ámbito de la participación
política, que abarquen por lo menos: el fortalecimiento de las cuotas electorales,
el financiamiento público especializado por razón de género, la participación
política en el ámbito local y la revalorización de la participación de la mujer
indígena.
14
PESCHARD, Jacqueline, “El sistema de cuotas en América Latina: panorama general”, en el Informe del
taller La aplicación de las cuotas: experiencias latinoamericanas, IDEA Internacional, Lima, 2003, pp. 22 y 23.
15
DAHLERUP, Drude, Estudios comparativos sobre las cuotas de género, en el Informe del taller La
aplicación de las cuotas: experiencias latinoamericanas, IDEA Internacional, Lima, 2003, pp. 15 y 16.
Page 10
SEMINARIO-TALLER: “ACCESO DE LA MUJER A LA TOMA DE DECISIONES EN POLÍTICA”
JUNTA CENTRAL ELECTORAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
10
3.1. El fortalecimiento de las cuotas electorales.
Las cuotas electorales por razón de género son una especie dentro de las
acciones afirmativas, consistentes en el establecimiento de reservas porcentuales
por disposición de la ley y excepcionalmente de la Constitución, para garantizar el
acceso de las mujeres a la representación política y evitar que un sólo género
cuente con más de un determinado porcentaje de representantes en los órganos
legislativos
16
.
La justificación de peso de las cuotas electorales, se centra básicamente en dos
razones: “en cuanto al fin, las cuotas pretenden una sociedad más igualitaria en la
que la pertenencia de la categoría de los hombres o de las mujeres sea
irrelevante para el reparto de los papeles públicos (…); en cuanto al medio,
facilitar el acceso a puestos socialmente importantes puede ser un instrumento
eficaz para lograr ese fin, si no de manera directa y completa, sí al menos como
forma de la simbolización de la posibilidad de romper el techo de cristal que
obstruye a las mujeres formar parte de la inmensa mayoría de los centros de
decisión…”
17
.
El reconocimiento de las cuotas electorales puede otorgarse a nivel constitucional,
en la legislación secundaria o en la normativa interna de los partidos políticos, sin
embargo la relevancia de dicho reconocimiento, independientemente del orden
jerárquico de la norma, es su obligatoriedad, ya que ésta contribuye a su
aplicación irrestricta y desde luego a la eficacia de la acción afirmativa. La
obligatoriedad no sólo debe contener su carácter vinculatorio, sino que además
debe conllevar a la respectiva sanción por incumplimiento.
16
Con estas características define a las cuotas electorales, CARBONELL, Miguel, “Las cuotas electorales de
género y el principio de igualdad: concepto, problemas y aplicación en México”, en Memoria del IV Congreso
Internacional de Derecho Electoral, realizado en Morelia, Michoacán, en 2002, tomo 3, Género, indígenas y
elecciones, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, México, 2006, p. 305.
17
RUIZ MIGUEL, Alfonso, “Paridad electoral y cuotas femeninas”, en Claves de razón práctica, número 94,
Madrid, julio-agosto de 1999, p. 48.
Page 11

11
a. Una visión regional.
Latinoamérica ha sido pionera en el reconocimiento jurídico de las cuotas
electorales por razón de género, en la actualidad la mayoría de los sistemas
electorales de la región cuentan con mecanismos que procuran privilegiar el
acceso a la mujer a los órganos de representación política. Y aún cuando persiste
la subrepresentación de la mujer y queda mucho camino por recorrer, habría que
reconocer que en los últimos 30 años han habido avances significativos en la
materia, lográndose el primer objetivo consistente en la incorporación de las
mujeres en la toma de decisiones de los asuntos públicos.
Es importante señalar que la simple incorporación de cuotas electorales no ha
sido suficiente para garantizar la igualdad de hombres y mujeres, ya que además
del porcentaje mínimo de nominación de candidatas, resulta indispensable
generar condiciones para garantizar un porcentaje mínimo de parlamentarias, lo
que desde luego significa un replanteamiento de los sistemas electorales en
Latinoamérica.
Como se puede apreciar en la siguiente tabla, la situación de la representación
política de la mujer en América Latina no es uniforme, tal es el caso de Cuba
(43.20%), Argentina (40%) y Costa Rica (36.80%), que superan el 30% de la
ocupación de escaños por mujeres, encontrándose dentro de los diez países del
mundo con mayor participación política femenina. En contraste, muchos Estados
de la región no logran alcanzar el 20% y algunos países latinoamericanos ocupan
los últimos lugares del ranking mundial, como es el caso de Haití y Belice. Por lo
que, desde una visión regional, parece claro que el reto es revalorizar la
participación política de la mujer en Latinoamérica.
Page 12

12
Fuente: Unión Interparlamentaria, página de internet http://www.ipu.org/wmn-e/classif.htm.
Actualización al 31 de julio de 2008.
CÁMARA BAJA / REPRESENTANTES
CÁMARA DE SENADORES
Rango
mundial
País
Elección Escaños Mujeres
% M
Elección Escaños Mujeres
% M
3
Cuba
1 2008
614
265
43.20%
---
---
---
---
5
Argentina
10 2007
255
102
40.00%
28.10.2
72
28
38.90%
8
Costa Rica
2 2006
57
21
36.80%
---
---
---
---
22
Perú
4 2006
120
35
29.20%
---
---
---
---
29
Trinidad y Tobago
11 2007
41
11
26.80%
17.12.2
31
13
41.90%
"
Suriname
5 2005
51
13
25.50%
---
---
---
---
"
Ecuador
10 2006
100
25
25.00%
---
---
---
---
39
Honduras
11 2005
128
30
23.40%
---
---
---
---
41
México
7 2006
500
116
23.20%
02.07.2
128
23
18.00%
58
República Dominicana
5 2006
178
35
19.70%
16.05.2
32
1
3.10%
60
Dominica
5 2005
31
6
19.40%
---
---
---
---
62
Venezuela
12 2005
167
31
18.60%
---
---
---
---
63
Nicaragua
11 2006
92
17
18.50%
---
---
---
---
"
Saint Vincent and the
Grenadines
12 2005
22
4
18.20%
---
---
---
---
67
Mauritius
7 2005
70
12
17.10%
---
---
---
---
68
Bolivia
12 2005
130
22
16.90%
18.12.2
27
1
3.70%
70
El Salvador
3 2006
84
14
16.70%
---
---
---
---
"
Panamá
5 2004
78
13
16.70%
---
---
---
---
"
Chile
12 2005
120
18
15.00%
11.12.2
38
2
5.30%
84
Grenada
7 2008
15
2
13.30%
27.11.2
10
4
40.00%
"
Jamaica
9 2007
60
8
13.30%
27.09.2
21
3
14.30%
"
Paraguay
4 2008
80
10
12.50%
20.04.2
45
7
15.60%
89
Bahamas
5 2007
41
5
12.20%
23.05.2
15
9
60.00%
90
Uruguay
10 2004
99
12
12.10%
31.10.2
31
4
12.90%
91
Guatemala
9 2007
158
19
12.00%
---
---
---
---
"
Santa Lucia
12 2006
18
2
11.10%
09.01.2
11
3
27.30%
99
Antigua and Barbuda
3 2004
19
2
10.50%
23.03.2
17
4
23.50%
101
Barbados
1 2008
30
3
10.00%
12.02.2
21
4
19.00%
105
Brasil
10 2006
513
46
9.00%
01.10.2
81
10
12.30%
109
Colombia
3 2006
166
14
8.40%
12.03.2
102
12
11.80%
116
Saint Kitts and Nevis
10 2004
15
1
6.70%
---
---
---
---
123
Haití
2 2006
98
4
4.10%
07.02.2
18
2
11.10%
132
Belice
2 2008
32
0
0.00%
14.03.2
13
5
38.50%
Page 13
.
13
b. El caso México.
En México, en la reciente reforma al Código Federal de Instituciones y
Procedimientos Electorales, el legislador dispuso que los partidos políticos
“procurarán la paridad de género” en la vida política del país, a través de
postulaciones a cargos de elección popular en el Congreso de la Unión, tanto de
mayoría relativa como de representación proporcional. Así, establece que de la
totalidad de solicitudes de registro de candidaturas a diputados y senadores, los
partidos políticos o coaliciones deberán integrarlas con “al menos el cuarenta por
ciento de candidatos propietarios de un mismo género. Antes de esta reforma
electoral, se establecía un tope de 30% para los candidatos propietarios de un
mismo género
18
.
Con la reforma electoral también se modifica la integración de las candidaturas en
las listas de representación proporcional según el género, al ordenarse que estas
listas se integren por segmentos de cinco candidaturas (antes eran tres) y que por
cada uno de los segmentos de cada lista haya dos candidaturas de género
distinto, “de manera alternada”, con lo que se asegura que por cada cinco
candidaturas se presenten al menos dos de candidatas mujeres.
Esta medida de acción afirmativa ha dado buenos resultados en México, toda vez
que ha permitido el acceso de un mayor número de mujeres a cargos de elección
popular, como puede apreciarse a continuación:
CÁMARA DE DIPUTADOS
CÁMARA DE SENADORES
Elección
Escaños
Disponibles Mujeres
% Mujeres
Elección
Escaños
Disponibles Mujeres
% Mujeres
1952-55
161
1
0.6
1964-70
64
2
3.12
1955-58
162
4
2.4
1970-76
64
2
3.12
1961-64
178
8
4.4
1982-88
64
6
9.3
1970-73
178
13
7
1991-94
64
3
4.6
1982-85
400
45
11.2
1994-00
128
16
12.5
1991-94
500
42
8.8
2000-06
128
20
16
2000-03
500
80
16
2006-12
128
23
18
2003-06
500
113
22.6
2006-09
500
113
22.6
Fuente: Unión Interparlamentaria, página de internet www.ipu.org/wmn-e/world.htm.
18
Ibidem.
Page 14
.
14
3.2. Financiamiento público especializado por razón de género.
Las medidas que privilegien el acceso de las mujeres a cargos de representación
política, deben estar acompañadas de acciones afirmativas encaminadas a la
capacitación política de las mujeres, con el objeto de que a través de factores
como el mérito y la capacidad, se encuentren en mejores condiciones para ejercer
las funciones inherentes al cargo y para la toma de decisiones en los asuntos
públicos. Esto, sólo es posible desde un esquema de financiamiento específico,
para ser destinado exclusivamente a las tareas propias de la capacitación política
de las mujeres, con la participación de los partidos políticos, que constituyen el
vehículo que hace posible en el sistema electoral el acceso de las ciudadanas al
poder político.
El caso paradigmático en la materia, es el establecido en Costa Rica, que en su
Ley de Igualdad Real de 1990, dispone que el 30% del financiamiento otorgado a
los Partidos Políticos debe ser destinado a tareas de capacitación política de las
mujeres. “Este es un ejemplo de medida de acción positiva para promover la
participación política de mujeres, que no es de cuotas y que permite eliminar el
obstáculo de carencia de recursos económicos”
19
y de falta de aptitudes políticas
para que las mujeres accedan a la representación política y a la toma de
decisiones.
Las medidas que se establezcan para privilegiar el acceso de la mujer a la
representación política, deben incluir acciones tendentes a resolver los problemas
de fondo que limitan la participación en condiciones de igualdad, en el que el
aspecto presupuestal constituye la piedra angular de su eficacia, y con esto evitar
que las acciones afirmativas se reduzcan a ser “letra muerta”
20
.
19
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p. 690.
20
GONZÁLEZ OROPEZA, Manuel, “Equidad de género en el Derecho Electoral”, Revista Justicia Electoral,
tercera época, volumen 1, número 1, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, México, 2007, p.
36.
Page 15


15
3.3. La participación política de la mujer en el ámbito local.

Las mujeres en el desarrollo de sus actividades laborales o familiares tienen una
relación directa con el espacio local, lo que les permite conocer las problemáticas
reales de su entorno, y con ello constituyen un potencial de relevancia para la
toma de decisiones coadyuvantes a la solución de los problemas y de la
posibilidad de generar alternativas de desarrollo y bienestar social, aspectos que
podrán concretarse en la medida en la que se establezcan condiciones para la
participación política femenina desde el ámbito municipal.
En la experiencia latinoamericana hay un déficit de participación política femenina
en el ámbito municipal, ya que de “un universo de 15,612 municipios entre 15
países, encontramos solamente 835 mujeres que ocupan el cargo de alcaldesas
(llamadas también intendentas, presidentas municipales, prefectas), que
representan 5.3% de ese total de municipios”
21
.
La promoción de la participación política femenina en el espacio local
representaría una serie de ventajas, entre las cuales consideramos las siguientes:
a) La revalorización de la mujer en el ámbito local, contribuye a transformar los
estereotipos socioculturales desde las células de la organización social de un
Estado, integradas por los espacios comunitarios; b) Su participación en la toma
de decisiones sobre aspectos del orden local contribuye a generar condiciones de
igualdad sustantiva que fomenta la equidad en el ámbito familiar; c) Su
contribución a la solución de problemas comunitarios fortalece el rol de la mujer en
el espacio municipal, como parte esencial del desarrollo social y del mejoramiento
del nivel de vida; y d) La equidad de género en el espacio local contribuye a la
eficacia de las políticas de igualdad sustancial a nivel estatal o nacional.
21
BECERRA POZOS, Laura, “Participación Política de las Mujeres en Centroamérica y México”, Investigación
del punto focal de género, subregión CAMEXCA, septiembre de 2007, archivo electrónico, p. 18.
Page 16

16
4. De las cuotas electorales a la paridad de la representación política.
En la actualidad, el debate en América Latina para lograr un equilibrio entre
hombres y mujeres en la representación política, consiste por una parte en el
establecimiento de cuotas electorales que garanticen un porcentaje mínimo de
representación femenina, y por la otra, en la apuesta de la paridad de género que
trasciende a los factores establecidos para la representación como son: el
territorial y el partidista
22
, ya que además de estos presupuestos para la
distribución de escaños, habría que incluirle el factor del género, en la aspiración
de constituir órganos políticos equitativos y hacer posible la aspiración de la
igualdad real y efectiva entre los dos sexos, “es decir de las dos mitades de la
ciudadanía”
23
.
Con el reconocimiento del derecho al voto de la mujer, parece claro que hay
condiciones para la participación paritaria en el ejercicio del sufragio activo, pero
ante la exigencia de participación femenina – al constituir las mujeres una parte
significativa de los censos electorales –, debe operar la exigencia de paridad en la
representación, es decir, si se demanda igual participación, se requiere a su vez
de una representación igualitaria.
La vía para lograr la igualdad en el ejercicio de los derechos de ciudadanía, es
desde luego, la instrumentación de acciones afirmativas integrales en la materia,
de las que las cuotas electorales constituyen un mecanismo de relevancia, ya que
a través de éstas se ha transitado de una subrepresentación a una representación
de mínimos porcentuales; sin embargo, el reto en la actualidad es sin lugar a
dudas, superar las cuotas mínimas en aras de la paridad representativa e integrar
a los órganos del poder político bajo la premisa de la equidad de género, así como
la consolidación del sistema democrático en América Latina.
22
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p. 692.
23
Ibidem.

viernes 30 de enero de 2009

América Latina en el Siglo XXI -Won-Ho Kim

Por Won-Ho Kim:
Profesor de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros, director gerente del Consejo Coreano para América Latina y el Caribe y pre-sidente del Consejo de Estudios Latinoamericanos de Asia y Oceanía.

América Latina en el siglo XXI

Reflexiones críticas desde Asia del Este

Durante los 60 y 70, América Latina era considerada en Asia como una región de la cual se podía aprender. En los últimos años, sin embargo, los países de Asia del Este han logrado aventajar a los latinoamericanos en casi todas las áreas.Las razones hay que buscarlas en el modelo de desarrollo impulsado en Asia,que cambió a tiempo del crecimiento centrado en el mercado interno al crecimiento orientado a las exportaciones,pero también en la inversión en recursoshumanos y en una estrategia internacionalque priorizó la integración funcional sobre la retórica. El reciente incrementodel precio de las materias primas y los altos índices de crecimiento registradosen América Latina han creado una nuevaoportunidad para la región, que tal vezsea la última en mucho tiempo.Durante los 60 y 70, América Latina todavía era considerada en Asia co-mo una región de la cual se podía aprender. Sus abundantes recursos na-turales, su tradición occidental e incluso sus relaciones con Estados Unido seran envidiadas por las nuevas repúblicas asiáticas, que acababan de salir delrégimen colonial y que aún hoy padecen una crisis interna respecto de suidentidad. Para Asia, que necesitaba con urgencia establecer vínculos con los países políticamente más influyentes y con las economías más grandes delmundo, el hemisferio occidental estaba lleno de promesas y posibilidades. Sin embargo, a comienzos del siglo XXI el eje de los asuntos mundiales se está desplazando hacia Asia, cuyos logros gozan de reconocimiento global, co-mo parte de una transición de la era del Atlántico a la era del Pacífico y, últi-mamente, a la era asiática. Los factores claves para explicar este cambio sonel fin de la Guerra Fría, en el campo político, y el proceso de globalización, enel económico. En este nuevo contexto, los capitales internacionales llegaron alos mercados asiáticos como inversiones productivas y también como inver-siones de cartera, lo cual generó consecuencias económicas importantes: eldescenso de los precios de muchos productos debido a la competencia deAsia afectó los negocios en otras partes del mundo subdesarrollado y con-tribuyó fatalmente al aumento de los desequilibrios globales1. Luego, la creciente demanda asiática de recursos naturales produjo la suba de algunosprecios, lo que afectó positivamente a los países ricos en materia de recur-sos naturales y negativamente a los que carecen de ellos. En los últimos años, la economía mundial parece acercarse al riesgo de estanflación (rece-sión con inflación) debido a los ajustes macroeconómicos de China, la actualsuba de los precios de los commodities y la depreciación del dólar2. Pero es-to no debería preocuparnos. Si China pierde su lugar como la gran fábricadel mundo, siempre habrá otras Chinas provenientes de Asia, como la India,Vietnam o Indonesia. Y América Latina, ¿cuál es su lugar en este siglo globalizado? ¿Qué camino debería seguir?
Estas preguntas se relacionan con otras, muy frecuentes en los ámbitos académicos y también entre el común de la gente: ¿dónde se encontraba América Latina en la segunda mitad del siglo XX? ¿Por qué Asia logró superarla en términos de desarrollo económico y social, pese a la abundancia de recursos que existe en América Latina, su situación de paz e incluso su proximidad geográfica al mayor mercado del mundo?
En un intento por proponer una estrategia para América Latina, este artículo examinará, en primer lugar, los diferentes caminos seguidos por cada región durante el siglo XX. Más tarde se analizará la estrategia promovida por Asia en la actual etapa de globalización. A continuación, se formulará una crítica
Nota:1. Para un debate sobre los desequilibrios globales, v. Joost Teunissen y Age Akkerman (eds.): Glo-bal Imbalances and the USDebt Problem: Should Developing Countries Support the USDollar?, Fondad,La Haya, 2006.2. «Costs Rising, China to Export Inflation» en International Herald Tribune, 1/2/2008.
al modelo de desarrollo latinoamericano desde una perspectiva comparativa,junto con algunas sugerencias acerca de la estrategia que podría seguir la re-gión. Aunque en muchos casos es injusto hacer generalizaciones, la idea esconcentrarse en las tendencias generales y asumir que las sugerencias quese incluyen aquí constituyen una perspectiva crítica formulada desde Asia del Este.
El camino asiático
Asia del Este es la región del mundo que más se ha beneficiado del crecimiento del comercio y la extensión de la globalización. Esto tiene varias explicaciones. En primer lugar, el esarrollo asiático fue de naturaleza cooperativa.Japón recuperó las bases (fundamentales) de su economía al poco tiempo de concluida la Segunda Guerra Mundial,principalmente gracias a la asistencia estratégica de EEUU durante la Guerrade Corea (1950-1953). Más tarde, enlos 60, los cuatro tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur y HongKong) adoptaron una estrategia de industrialización por sustitución de importaciones, similar a la seguida por América Latina, con la diferencia de que en los 70 se combinó con una estrategia de industrialización orientada hacia las exportaciones, con lo cual los países asiáticos lograron ciertaautonomía respecto de los grupos de presión internos. El éxito de Japón y los cuatro tigres se vinculó luego, por medio del flujo de capitales, a las nuevas regiones asiáticas emergentes: el sudeste de Asia y China. Así, el concepto de Asia del Este, que incluye el noroeste y el sudeste asiáticos, es resultado de una noción de integración regional surgida a comienzos delsiglo XXI. En otras palabras, la integración regional llegó después del desarrollo de cada país y de la división regional del trabajo verificada en la práctica, no antes.En segundo lugar, el modelo de Asia del Este parte en buena medida del reconocimiento de la existencia de una crisis, en combinación con un fuerte sentimiento nacional y un firme liderazgo político. Las rivalidades históricas, la Guerra Fría y las tensiones regionales motivaron a los países asiáticos a competir y superarse entre sí. En general, el Estado estaba en manos de funcionarios profesionales reclutados mediante métodos competitivos,que lograron que la administración pública funcionara con eficacia y cierta
Asia del Este es la región del mundo que más se ha beneficiado del crecimiento del comercio y la extensión de la globalización. Aunque el modelo asiático promovió el desarrollo desde el Estado, a diferencia del modelo latinoamericano impulsó la expansión del sector privado como un segundo pilar para lograr el crecimiento.En tercer lugar, el sector privado se atrevió a correr riesgos para desarrollar laindustria nacional. Pese a estar protegido por el Estado, nunca contó con unapoyo garantizado. Las empresas tuvieron que competir con otras, nacionalesaunque no nternacionales, desde una etapa muy temprana, y ninguna logró monopolizar el mercado, pues el Estado nunca lo permitió. Y en una segundaetapa, cuando el Estado promovió la industrialización orientada a las expor-taciones y brindó asistencia técnica a las empresas al tiempo que liberalizaba el mercado, el sector privado respondió con acciones agresivas de promociónde las exportaciones y riesgosas inversiones en el extranjero, condiciones necesarias para sobrevivir en un contexto de liberalización. En cuarto lugar, a diferencia de América Latina, que se apoyó en los recursos naturales, Asia del Este ha hecho de sus recursos humanos el factor clave de producción, gracias a una política incentivada en gran medida por la tradición confuciana de valorar la educación superior y la movilidad social ascendente, que impulsó a los padres a hacer todo lo posible para que sus hijos tuvieran una mejor educación en un contexto sumamente competitivo. Al mismo tiempo, se realizaron inversiones en investigación y desarrollo que permitieron introducir nuevas tecnologías, como resultado tanto de políticas estatales como de iniciativas de las empresas privadas, que implementaron programas de capacitación y recapacitación e invirtieron agresivamentepara mantener la competitividad. Pero este proceso de desarrollo económico y social no fue acompañado por un esarrollo político equivalente. El amiguismo y el favoritismo, junto con la reación de esta nueva clase empresarial, acompañaron las historias de éxitos fracasos empresariales. La crisis financiera de 1997-1998 reveló el lado oscuro del modelo asiático, pero no logró derribar las economías reales ni acabó con las bases del modelo económico.
Todavía hoy se mantienen el modelode desarrollo exógeno, el profesionalismo del Estado y el fuerte sentimiento.
Lo que Peter Evans llamó «autonomía enraizada» (embedded autonomy), en referencia a la participación exitosa del Estado en la transformación industrial. Ver P. Evans: Embedded Autonomy:States and Industrial Transformation, Princeton University Press, Princeton, 1995.4. El Financial Times, en su artículo «Wrong Lessons from Asia’s Crisis: The Events of a Decade Ago Lefta Troubling Legacy», del 2/7/2007, interpreta erróneamente la consistencia de la política de las nacio-nes asiáticas en su estrategia de desarrollo orientado a las exportaciones luego de la crisis financiera. Las iniciativas del sector privado siguen siendo agresivas y los recursos humanos y la competitividad nacional siguen siendo importantes. Pero además los países de Asia aprendieron de la crisis y reconocieron que una democracia sólida y una sociedad civil activa, junto con una buena administración de las corporaciones empresarias y la desregulación, son elementos tan valiosos como la macroeconomía para que el modelo funcione.
La estrategia de Asia en el siglo XXI
El mundo globalizado, producto de los grandes cambios políticos y económicos de la última década del siglo XX, conlleva muchos riesgos desestabilizadores. En el orden económico, se profundizan los desequilibrios entre las economías de exportación y las de importación. La competencia mundial entrepaíses con diferentes dotaciones de recursos, sin que existan reglas justas para todos, acentúa las diferencias entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado, entre ricos y pobres, entre trabajadores calificados y no calificados. La carrera para asegurarse recursos naturales desestabiliza el sistema económico internacional. En el orden político, el actual sistema, multipolar o unipolar, de corta vida, quizá sea reemplazado por un mundo apolar5. Según una antigua creencia asiática, los peligros y las oportunidades consti-tuyen dos caras de la misma moneda, y la globalización no debería ser unaexcepción. Por eso, la estrategia asiática para el siglo XXI debería aprender de las experiencias de la última mitad del siglo pasado, de modo de conservarlas virtudes y evitar los efectos negativos. Y en este contexto, si se introduce algo nuevo, será la integración regional. Las economías asiáticas han desarrollado silenciosamente su interdependencia o integración regional. En un primer momento, la división regional del trabajo otorgó a China el rol de proveedor de tierra y mano de obra; Japón, Corea y Taiwán se encargaban del capital y la fabricación de partes sofisticadas, el resto de la región proveía otras partes y componentes, y el proceso final de producción se llevaba a cabo enChina. Hoy, la tierra y la mano de obra se concentran en el Sudeste asiático, en países como Vietnam e Indonesia, y en el sur de Asia, sobre todo en la India. China se ha actualizado tecnológicamente, por lo que puede fabricarpiezas más sofisticadas, y también funciona como proveedora de capital.Por eso, aunque la integración política y económica de Asia está muy lejosde los niveles de institucionalización alcanzados por los países europeos y latinoamericanos, la integración funcional sí ha madurado. Es cuestión de tiempo para que se formalicen los acuerdos que ya existen de facto. En cuanto a la integración con las economías y los bloques extrarregionales,se trata de un desafío que en Asia es percibido como paralelo a los avances en laintegración intrarregional, sin prioridad para ninguno de los dos procesos. Lasnegociaciones individuales de tratados de libre comercio (TLC) por parte de diferentes países asiáticos con EEUU, la Unión Europea y algunas naciones de América Latina son un buen ejemplo de los vínculos construidos fuera de la región, como así también las iniciativas de integración interregional, como la Coo-peración Económica Asia-Pacífico (APEC), que articula a 21 países, o el EncuentroAsia-Europa (ASEM). Aunque estos proyectos aún tienen mucho camino por re-correr, el compromiso de construir una integración amplia se mantiene firme. Sin embargo, pese a estos esfuerzos de integración regional, la mayoría de lospaíses asiáticos no está de acuerdo con la idea de formar su propio bloque.Pero muchos sí apoyan la idea de que en el futuro existirán tres grandes bloques económicos: el europeo, el americano y el asiático6. En ese sentido, no es casual el movimiento hacia una profundización del regionalismo en Asia delEste, representado por la reciente Cumbre de Asia del Este, en la cual participan los 10 miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático(Asean)7, junto con China, Japón y Corea. Esta iniciativa parecería seguir elrumbo del abandonado Grupo Económico de Asia del Este (EAEG), propuestoen 1990 por el entonces primer ministro de Malasia, Mahathir bin Mohamad.Sin embargo, más allá de esos intentos, aún no se ha logrado un consenso nise han establecido los compromisos necesarios entre una cantidad suficientede países como para formar un bloque asiático único.
■América Latina y Asia: caminos diferentes
En contraste con Asia, durante la segunda mitad del siglo XX América Latina ha perdido peso económico y comercial y ha visto también debilitarse su influencia política. La crisis de la deuda de los 80 y el cambio de modelo de de-sarrollo produjeron gobiernos desintegrados y sociedades divididas. En general, los países fueron demasiado cautos y no se comprometieron con unatransformación real a pesar de algunas iniciativas reformistas audaces, por lo6. Entre otros, v. Fred Bergsten: «Towards a Tripartite World» en The Economist, 13/7/2000. Allí semenciona el advenimiento de un regionalismo asiático como el cambio más drástico del sistemacomercial mundial para este siglo. 7. Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Tailandia, Brunei, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya que la región no logró explotar lo suficiente su potencial de crecimiento ni explorar seriamente las ventajas cooperativas que brinda la integración. América Latina podría haber crecido a una tasa dos o tres veces más alta si hubieraconstruido una economía de escala por medio de la liberalización y la integración. Y aunque hubo muchas excusas, sociales, políticas, históricas, económicas e internacionales, la explicación radica en una actitud negligente que derivó en un fracaso evidente. El enfoque comparativo ayuda a aclarar los motivos de esta situación. En primer lugar, los líderes latinoamericanos no fueron capaces de integrar a la sociedad y unirla detrás de una nueva visión de nación.
En lugar de una nación unificada por una fuerza sólida, solo hubo facciones y fragmentación. Al mismo tiempo, no se hicieron esfuerzos serios por superar el dualismo social. En cambio, muchos políticos e intelectuales se concentraron en la falacia del capitalismo e intentaron construir un Estado de Bienestar al estilo europeo, cuando en realidad sus países todavía no habían alcanzado el nivel de desarrollo suficiente para hacer posible ese deseo. En otras palabras, no reconocieron la importante función y la responsabilidad del Estado en la creación de la infraestructura esencial para lograr el desarrollo.En segundo lugar, se hicieron pocos esfuerzos para educar a la población.La educación básica es la mejor infraestructura social para lograr el desarrollo sostenible y la integración de una nación, pero las estadísticas muestran que muchos países de América Latina invierten más en educación superior que en educación inicial. Esto implica que, en la mayoría de los casos, las políticas educativas no apuntan a generar una movilidad social ascendente, lo cual profundiza el dualismo de la sociedad y el sentimiento de desconfianza entre las diferentes clases sociales. Sea cual fuere la causa (la dotación de factores8o las tradiciones sociales), lo cierto es que la falta de inversión en educación básica limita el potencial de desarrollo de América Latina.
8. Thorvaldur Gylfason sostiene que los gobiernos de los países con abundantes recursos natura-les tienden a confiarse e ignoran la necesidad de mejorar la educación. Se concentran en exportar recursos que solo requieren mano de obra de baja calificación y luego se concentran en industrias basadas en esos recursos. Así, el círculo vicioso continúa. T. Gylfason: «Natural Resources, Educa-tion and Economic Development» en European Economic Review vol. 45 No4-6, 2001, pp. 847-859.
La educación básica es la mejor infraestructura social para lograr el desarrollo sostenible y la integración de una nación, pero muchos países de América Latina invierten más en educación superior que en educación inicial.
En tercer lugar, el sector privado ha enfrentado el reto de la globalización conuna actitud pasiva, sin correr grandes riesgos. Aunque existen algunas compañías transnacionales latinoamericanas (las multilatinas), en general las empresas de la región tienden a protegerse y se limitan a conservar sus mer-cados actuales. La idea de invertir para competir con un rival y vencerlo yla lucha por entrar en nuevos mercados son extrañas para la mayoría de ellas. Aunque hay múltiples causas, la naturaleza subdesarrollada del mundo empresarial latinoamericano se remonta al legado del proteccionismo imperante durante la prolongada época de industrialización por sustituciónde importaciones y, más atrás en el tiempo, a la tradición mercantilista feudal de los antiguos imperios de España y Portugal9.
Finalmente, respecto de la integración regional, se ha priorizado la retórica sobre la integración funcional. Se enfatizó excesivamente la importancia de laafinidad histórica y cultural entre los países latinoamericanos, sin siquiera tener un plan establecido para la división regional del trabajo. En este contexto, la integración regional se abordó como un objetivo político y no como unarealidad económica. Por eso, pese a que las iniciativas de integración tienen una larga historia en América Latina, su alcance real es limitado. La reciente creación del Banco del Sur es buen ejemplo, pues es resultado de un plan definido en términos aislacionistas e ideológicos10.
En Asia, en cambio, luego dela crisis financiera de 1997-1998 se propuso crear un Fondo Monetario Asiático, pero como una institución complementaria, no independiente, del FondoMonetario Internacional (FMI). La integración regional debería facilitar unamejor inserción en la globalización, no intentar sustituirla.
■Una última oportunidad para América Latina
En los últimos años, gracias al aumento de la demanda internacional y el incremento de los precios de los commodities, la mayoría de las economías deAmérica Latina experimentó un crecimiento sin precedentes. Los signos positivos incluyen el actual –y creciente– superávit de cuenta corriente y el incremento de las reservas internacionales, el crecimiento económico constante, junto con tasas de inflación estables y la reducción del peso de la deuda como proporción del PIB. Pero el crecimiento no es eterno. Más allá de la prosperidad actual, América Latina debería tener en cuenta la posibilidad de que se produzcan crisis en el futuro, pues la historia enseña que en cualquier mo-mento los equilibrios globales pueden dar paso a nuevos balances, imponiendo nuevos desafíos en el frente financiero y comercial. Esta puede ser la última oportunidad para los países de América Latina, porlo que es necesario que la aprovechen para las próximas décadas.
La globalización exige una «acción política creativa»11 y, en ese sentido, ninguna nación puede desconocer el sistema de mercado, ni ignorar las corrientes globales de cambio, el nacimiento de nuevas culturas y sistemas de valores. La estrategia política de cada país debería tener en cuenta las dinámicas de la globalización, pues el costo de no hacerlo es enorme. La ventaja es que el actual crecimiento genera más posibilidades que nunca para implementar programas, por más costosos que sean, para garantizar el desarrollo sostenible. Pero para ello los líderes políticos deberían invertir mirando al futuro y ser capaces de movilizar a la nación sobre la base de una visión común de desarrollo, destinar más recursos a la educación básica y la investigación, implementar políticas de competitividad, tanto en el ámbito estatal como en el privado, realizar inversiones en infraestructura y en infraestructura social y desarrollar la sociedad civil como un segundo agente de la gobernabilidad. La integración regional no es suficiente para la prosperidad de los países de América Latina. Debe ser un espacio para que cada participante explote al máximo sus posibilidades, pero para ello la integración funcional debería preceder a la retórica, y esto solo puede lograrse a través de la mejora de la infraestructura regional y los programas de vinculación empresarial. Por otro lado, la idea de que es necesario consolidar la integración regional primero para recién después avanzar en la extrarregional quizás no responda a los intereses reales de todos los países de América Latina. Algunos de ellos sostienen que es necesario fortalecer el bloque regional para ganar poder de negociación internacional. Muchos otros, en cambio, ya han firmadoacuerdos con naciones ubicadas fuera de la región.
En cualquier caso, América Latina no debe dejar pasar la oportunidad de participar en la integración extrarregional, para lo cual es necesario acelerar el proceso de creación de un área de libre comercio de las Américas. Cada vez más, las economías de Asia y Oceanía consiguen un mejor acceso al mercadoestadounidense que las economías de América Latina, pero esto podría cambiar. Como la mitad de las economías latinoamericanas ya ha firmado acuerdos bilaterales de libre comercio con EEUU, no parecen quedar muchas razones para demorar este proceso. Las exportaciones de América Latina hacia EEUU ascienden a 50% del total, mientras que las exportaciones latinoamericanas que se dirigen al interior de la región apenas llegan a 16%. Con estos datos a la vista, parece injustificado demorar la integración con EEUU.
¿Por qué contemplar esta posibilidad a la que todo el mundo le teme?
En América Latina todavía se ve a EEUU como un país imperialista, pero habría que subrayar la erosión que en los últimos años ha comenzado a experimentar su poder e intentar comprender la naturaleza de la interdependenciae conómica del mundo globalizado, donde el bienestar de una nación depende del bienestar de otras. América Latina necesita a EEUU, no como líder, sino como mercado para sus productos que debe ser conquistado antes de que lo hagan otros. Si los subsidios para la agricultura de los países desarrollados son el obstáculo real para una mayor integración comercial, y si es imposible llegar a un acuerdo, las negociaciones de América Latina con el resto delmundo, por ejemplo con Asia, deberían apuntar a diversificar sus estructuras comerciales y explorar nuevos mercados, para luego encarar estratégicamente las negociaciones estancadas con los países desarrollados, como ya lo han hecho individualmente algunos países sabios de la región.
12. El deterioro del poder estadounidense es tema recurrente de debate en el Foro de Davos. V.t.«American Power: Who’s Hiding Under Our Umbrella» en International Herald Tribune, 31/1/2008.

domingo 20 de julio de 2008

América Latina: ¿mito o realidad?



"IDENTIDAD SOCIAL Y NACIONAL (América Latina: ¿mito o realidad?)"

Dr. Angel Rodriguez Kauth (*)



1-INTRODUCCION:

Para escribir sobre la identidad social y nacional de América Latina, es preciso tener en cuenta que dicho subcontinente no es otra cosa que un recorte del mundo más amplio donde aquel está inscripto y del cual forma parte.

América Latina no es el mundo, es solamente un trozo de él, un espacio y un tiempo inserto en el mundo que gira dentro de las reglas astronómicas que regulan el movimiento de las galaxias. A los pueblos de América Latina y del Caribe les (nos) ha tocado en suerte ser uno de los espacios más desfavorecidos -al igual que el continente africano- en cuanto hace a la distribución de la miseria, con todo lo que ésta conllleva de peyorativo.

Humildemente entiendo que tanto el Mundo -como nuestro subcontinente- solamente podrá ser reconstruido, o se construirá de una manera diferente, o, en definitiva, se destruirá (1); no por las veleidades que pudiera tener un investigador social o de cualquier otra índole; sino que aquello sucederá -fundamentalmente- en relación directa con el protagonismo de sus pueblos (2), los que merced a su libre decisión -y a una sensible y talentosa conducción política (3)- determinarán sus destinos más allá de lo que se pueda definir desde éste paper.

Repitiendo al maestro M. Weber puedo decir que "El destino de una época de cultura que ha comido del árbol de la ciencia, consiste en tener que saber que podemos hallar el sentido del acaecer del mundo, no a partir del resultado de una investigación, por acabada que sea, sino siendo capaces de crearlo; que las cosmovisiones jamas pueden ser producto de un avance en el saber empírico, y que, por lo tanto los ideales supremos que nos mueven con la máxima fuerza se abren camino, en todas las épocas, solo en la lucha con otros ideales, los cuales son tan sagrados para otras personas como para nosotros los nuestros" (Weber, 1973, pág. 46).

Por ello, es conveniente tener presentes las palabras de A. Hirschman (1971) acerca de que las teorías del efecto perverso, que son las que sostienen que es necesario renunciar a cualquier proyecto de cambio social, dado que los intentos de mejorar la suerte de la sociedad producirán siempre, inevitablemente, algunos desenlaces contrarios a los deseados. Digo que es preciso tenerlas presentes para no renunciar a la lucha por mejorar la realidad, aunque esto sea hecho desde una visión particularísima, por temor a que aparezcan efectos no deseados. Y en este momento se renueva la lucha por conquistar la historia... aquellos serán combatidos, oportunamente, con los antídotos que para ese particular momento se crean convenientes y necesarios.

Si bien es cierto la palabra globalización hoy está convertida en un vocablo de moda dentro del espacio de los países del llamado Primer Mundo (4); es preciso tener presente que al término globalización suele considerárselo, más veces de las necesarias y prudentes, como que viene asociado a otro, pero al que se lo mantiene en secreto: se trata del concepto de fragmentación. Y acá vale la pena de distraer algunos renglones tratando de determinar que significa la palabra fragmento. Desde el punto de vista aritmético -del álgebra para ser más preciso- cuando se habla de fracción se lo está haciendo para referirse a un número racional no entero y, si se lo quiere leer desde la perspectiva de la metalurgia, se está haciendo referencia al objeto -físico- que ha sido sometido a un esfuerzo superior al correspondiente para su coeficiente de resistencia a la fractura. De todo lo cual se puede leer que a `nuestra' América (5), en los intentos globalizadores que se han pergeñado en otros contextos -con la complicidad de los gobiernos gendarmes de los intereses de aquéllos que han dibujado tal garabato- se la está haciendo perder su entereza debido a que se le está exigiendo una tensión mayor a las posibilidades de soportar las mismas de que están dotados sus habitantes.

Para abonar lo anteriormente dicho, solamente recurriré a unos datos de las estadísticas (6) sobre la situación económica en nuestra América. Durante 1997 la inversión extranjera en América Latina alcanzó la cifra récord de 45 mil millones de dólares, algo más de 10 mil millones de lo que fuera invertido el año anterior. Asimismo el Producto Bruto Interno subió 1.8 puntos con respecto a 1996, es decir, pasó del 3.3% al 5.1% del PBI, tomando como bloque al subcontinente latinoamericano. Pero también en los números macroeconómicos hay que señalar que la desocupación -o paro- creció desde el inicio de la década en un 3.3%, alcanzando niveles promedio del 8% para la región y picos del 18%, como es para el caso argentino durante el año 1996 y hasta principios de 1998. Asimismo, en el período que va desde el inicio de la década de los '90, ha aumentado en 30 millones el número de personas que viven bajo la línea de la pobreza extrema, sumando en la actualidad algo más de 220 millones de habitantes que sobreviven en las peores condiciones imaginables. Se podría seguir con infinidad de cifras más acerca de indicadores económicos y financieros, pero se volverían redundantes y hasta escamoteadores de la realidad, como siempre ha ocurrido cuando se los ha utilizado con propósitos espurios, como es el del diletantismo expositivo.

2-ACERCA DEL IMAGINARIO QUE TRANSITA LA IDENTIDAD SOCIAL Y CULTURAL:

El imaginario de la identidad nacional, o de la identidad social-política, es una parte constitutiva de toda sociedad y de toda cultura. Si no se tiene en consideración la aprehensión del imaginario que transita los caminos de cualquiera sea la identidad que se aborde (nacional, social, política, étnica, lingüística, etc.), esta quedará -de alguna manera- mutilada, ya que la dimensión de lo imaginario conduce al conocimiento de la subjetividad y de lo inconsciente. W. Hegel (1984) hace una bella descripción -lindante con lo poético- de lo que es el imaginario (pág. 154) y desde ésa lectura es posible entenderlo como el conjunto de representaciones y referentes a partir de los cuales una sociedad o una cultura alcanza a percibirse, a pensarse, a sentirse e, incluso, a soñarse. De esta manera dicha sociedad o cultura es capaz de construir una imagen de si misma a partir de lo cual dicha imagen podrá ser coherente o incoherente y, cualquiera sea la posibilidad que adopte, tendrá posibilidades de funcionar. Para esto el estudio de los mitos y las leyendas populares puede ser un útil ayudante para el investigador que le interese recorrer tales senderos.

Sería posible pensar que en "nuestra" América es más difícil alcanzar una identidad nacional a partir de la ausencia de mitos arcaicos -tanto de contenidos religiosos, como no religiosos- acerca de las epopeyas de fundación. En Europa cada pueblo tiene hasta una mitología particular. En América Latina dichas mitologías fueron apagadas o borradas con la sangre de los nativos. Freud (1939) sostiene que es absolutamente normal y necesario que los pueblos tengan estos orígenes de creencias comunes para dar lugar al sentimiento de nacionalidad.

La identidad social, o la nacional, puede ser descripta por cualquier colectivo de personas a partir de la respuesta que se ofrezca a los interrogantes de ¿Quiénes somos? y ¿Qué deseamos?. La primera pregunta pareciera tener una respuesta obvia, mientras que la segunda puede aparecer como tomada de los pelos. Pero no es tan así. La respuesta a qué es lo que se desea como colectivo, sociedad o cultura, será un indicador válido para conocer los propósitos de futuro y de presente de aquellas. En el deseo está impresa la falta y lo que se siente como perdido es lo que se pretende alcanzar. Pero en este tema -nuevamente- entra a poner su incordio el viejo K. Marx con el argumento de la falsa conciencia. Si el inconsciente marca como faltante aquello que no se corresponde con la realidad objetiva de los protagonistas, entonces se estará ante la presencia de una falsa conciencia de clase -como expresión inconsciente- en cuanto a identidad social y política.

Sin embargo, es preciso -al hablar de identidad nacional o social- comprender que este no es un concepto estático, que se presenta como en estado de congelamiento, sino que -por el contrario- es un concepto altamente dinámico y cambiante. Para quienes prefieren ubicarse en una posición estática, esto puede ser descripto algo así como que la identidad nacional de un pueblo se testimonia de una manera, siempre fue de ese modo y está condenada a tener el mismo dibujo de identidad para sus pobladores. Normalmente, desde posiciones pretendidamente nacionalistas, chauvinistas y folklóricas, no se tiene en consideración que el concepto va adoptando y adaptando perfiles diferentes, según sea el momento histórico que le toca transcurrir por el imaginario social de los pueblos que lo portan. En todo caso, la identidad nacional de los pueblos iberoamericanos, desde el período en que Iberoamérica estaba habitada por aborígenes hasta la actualidad, solamente tiene como constante una continuidad geográfica, la que vio la luz durante el Siglo XIX. A partir de que se puso en marcha la gran corriente inmigratoria, proveniente de Europa hacia nuestras costas, hecho que ocurrió desde finales de aquél siglo y hasta aproximadamente 1930, la identidad de nuestros pueblos fue modificándose. Ese movimiento migratorio fue cambiando la identidad -nacional, social y cultural- de cada uno de los pueblos integrados en una Nación/Estado; de tal suerte fue aquel fenómeno, que se ha ido constituyendo una identidad nacional diferente a la existente en la época precolombina y, en estos momentos en que los aluviones inmigratorios se producen dentro del espacio geográfico de toda América -en especial entre países limítrofes-, entonces es posible hablar de una suerte de "latinoamericanización" de nuestros pueblos. Cosa esta que fundamentalmente está afectando -por ejemplo- a los Estados Unidos de Norteamérica, merced a la "invasión" de hispanohablantes que llegan del resto del continente.

En este lugar no puede dejar de recordarse que América Latina no es un mosaico de culturas ibéricas e indígenas, también en ella han participado activamente las culturas africanas -Brasil, Cuba, Haití, etc.- las europeas centrales y orientales y, en la actualidad, las corrientes inmigraciones asiáticas que están dejando marcada su impronta.

Obvio es que todos estos episodios de características migratorias-inmigratorias conllevan en su seno la modificación de las pautas de cualquier metodología con que se pretenda estudiar la identidad de tales pueblos.

Por todo esto es que resulta un ex-abrupto pretender hablar de una identidad argentina, o colombiana, o lo que fuese. No existe una conjunción clara que tipifique a los habitantes de un país, en todo caso se podrán encontrar distribuciones estadísticas y alguna idiosincrasia particular hacia determinados temas o valores muy puntuales para su análisis. Todo esto se ve avalado tanto desde la físico-química -por la teoría de la falta de certidumbres o del caos (Prigogine, 1997)-, como desde la propia filosofía (Balandier -entre otros muchos-, 1996) respectivamente.

Tanto Latinoamérica, como los países que la componen no son una estructura de color uniforme. "Nuestra" América está dividida, pero no en dos partes o en tres, está dividida en múltiples partes. Intentar unificar criterios de identidad nacional o social es un absurdo intelectual que no respeta en lo más mínimo a la realidad que transitamos. Nuestras culturas se encuentran fraccionadas por diferencias lingüísticas que no solamente hacen a los diferentes idiomas aborígenes que por ella se hablan, sino que también están referidas -y principalmente- al sentido connotativo que tienen las palabras, los referentes sociales, para los actores que transitan por los diversos espacios culturales en que nos movemos.

Pero la división no solamente es histórica, también es actual, de la política contemporánea. La mal llamada guerra sucia -que tuvo lugar durante la década de 1970 en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay y la mayor parte de los países centroamericanos y del Caribe- marcó un hito insoslayable para separar a los habitantes de nuestros pueblos. Por un lado una inmensa mayoría que clama por justicia ante los episodios genocidas que se vivieron, mientras que del otro lado hay una minoría que pretende ponerle punto final a los hechos calificados -por ellos mismos o por sus mandados- como de obediencia debida. El centenar de miles de muertos que recuerda la historia reciente de la represión, durante los años '70 y '80, en toda la América ibérica, están reclamando una respuesta. Y esa respuesta separa las aguas de los que pretenden una reivindicación histórica con el juicio y castigo a los culpables del genocidio y la tortura, frente a aquellos otros que quieren que los atropellos que cometieron sean considerados como actos heroicos y que se ignoren sus consecuencias catastróficas. El imaginario colectivo de América Latina está fracturado al menos -en este tema- en dos partes claramente diferenciadas.

También se encuentra fracturado en muchas más partes entre aquellos que disponen de la riqueza y aquellos otros que comen las sobras de la riqueza construida sobre la explotación de ellos mismos. Esto es insoslayable, no puede existir bajo tales condiciones de contradicciones insuperables -en las condiciones actuales de desmovilización de las clases obreras- una identidad nacional, social o cultural en "nuestra" América. Quizás existan episodios que unan a los habitantes de un mismo espacio territorial, como es cuando juegan dos equipos de fútbol que dicen representar a distintos lugares o países. Entonces es como que aflorara la necesidad de identificarse unos con otros a través de un grito de gol representado por una camiseta de fútbol pero que, como en el caso argentino, en 1978, vino acompañado de la consigna oficial de los argentinos somos derechos y humanos. La que paradójicamente se expresaba en momentos en que el país era bañado por la sangre de los mártires en la lucha contra los invasores del Poder, como por víctimas inocentes del genocidio impuesto desde un pretendido Estado de Derecho, el cual se instaló en el Poder por la razón de la fuerza y en desmedro de la fuerza de la razón, que es la que se corresponde con un quehacer político democrático.

Por último, en esto del imaginario social que transita la identidad nacional, no deben olvidarse los afanes egoístas con que algunos manejan tal conceptualización, para el caso de quienes se manejan en la alta economía y en las finanzas. Valga el ejemplo del propietario de una gran fábrica de caramelos argentina -Arcor- que cree que la identidad nacional se recuperará el día que se exporten más caramelos -obvio que de su marca- al exterior (Brea, 1998). Sin dudas que el imaginario de la nacionalidad pasa también por lo económico y financiero, pero no exportando caramelos ni armamentos, sino manteniendo y recuperando la independencia económica de nuestros pueblos, los cuales están viendo perder su patrimonio soberano sobre los recursos estratégicos que hacen a la defensa y soberanía nacional. Un ejemplo paradigmático al respecto, es el argentino, que en lo que va de la década de los '90 ha visto como el gobierno menemista ha entregado y malvendido -en operaciones muchas de ellas dolosas- el patrimonio que muchos años de esfuerzos le costó al pueblo hacer suyos. Valgan como ejemplos de lo que vengo señalando la denacionalización de la línea aérea de bandera, la telefonía, el petróleo, la distribución de gas y electricidad y hasta las plantas nucleares, entre otras muchas otras empresas que hoy son de propiedad extranjera. Y esto mismo se está repitiendo por todo el subcontinente.

3-UN SINTOMA LATINOAMERICANO: LA INDOLENCIA APRENDIDA:

Hasta hace unos años atrás, no más de veinte, era común oír decir -y aún se oye por estas tierras- que los pueblos hispanoamericanos vivían -y viven- bajo el síntoma de la indolencia (Martín-Baró, 1987), el cual no era otra cosa que una estrategia de penetración que se había dibujado desde las grandes metrópolis de entonces -siempre asociadas, de una u otra forma, a los intereses del viejo imperio Vaticano- para someter a nuestros pueblos; todo esto armado y sostenido bajo la creencia -inculcada por una penetración sutil y permanente de los instrumentos hegemónicos de los Estados títeres- de que nosotros mismos éramos indolentes. Tal calificativo permitía justificar plenamente nuestros índices de pobreza misérrima, rampantes con la indignidad, a la vez que facilitaba justificar la explotación de estos pueblos por parte de los sectores llamados "poderosos" -ya sean agrícolas, ganaderos, industriales o de servicios- que se habían puesto a las órdenes de los intereses foráneos, pero que gracias a dicha maniobra sacaban jugosas ganancias, merced al uso perverso de tal ardid engañoso (Galeano, 1975).

Vale repetir en este lugar un propósito que se testimonia en palabras... bellas palabras, pero que no son más que eso... solemnes palabras. Cuando finalizó la reunión cumbre sobre Seguridad Alimentaria, organizada por la FAO en Roma, en noviembre de 1996, se produjo el siguiente texto oficial de la misma: "Nosotros, jefes de Estado y de Gobierno, reunidos para la Cumbre mundial sobre alimentación, prometemos consagrar nuestras voluntades políticas y nuestras intenciones, comunes y nacionales, con el fin de obtener la seguridad alimentaria para todos y hacer un esfuerzo constante para eliminar el hambre en todos los países, con el objetivo inmediato de reducir a la mitad, para el 2015, la cantidad de personas actualmente subalimentadas". Si se analiza con un poco de atención y, con otro poco de suspicacia, se advertirá que dicho discurso está plagado de buenas intenciones... las mismas con que está alfombrado el camino del infierno. Pierdan cuidado Señores Jefes de Estado y de Gobierno, para el año 2015 ya estarán reducidas más de la mitad de las personas que hoy sufren hambre o subalimentación, pero no será gracias a vuestras buenas intenciones plasmadas en un papel, sino que simplemente será porque se habrán muerto... ¡de hambre!, lo que no es poco. Tampoco este problema se soluciona con discursos altisonantes, presentados con alta carga ideológica, como el expresado en dicha reunión por F. Castro cuando cargó las tintas sobre el capitalismo, el neoliberalismo, las leyes del mercado salvaje y la deuda externa, las que -según sus dichos- producen el fenómeno de la subalimentación, explícitamente no deseado en el discurso verborrágico alegre y fácil, aunque implícitamente poco se haga para solucionar el problema. Tampoco los contradiscursos ideológicos que se vertieron en dicha reunión sirven para mucho, son precisamente los que salieron de las bocas denunciadas por Castro y que -en buena manera- son las responsables de las calamidades por todos conocidas y reconocidas.

La solución no es sencilla, aunque tampoco es tan difícil como para no darse cuenta que pasa por el protagonismo de los pueblos en cuanto a elegir las formas de gobierno que mejor les convienen para solucionar de ésa manera el problema que los acucia: el hambre. Ya Bonalumi (1997) advirtió sobre las diferentes y diferenciadas lecturas que hay sobre el hecho en cuestión, cuando observa que las distintas posturas expresadas -en aquella reunión de la FAO- no llegaron a una confrontación ni a una síntesis, cada hablante dijo lo suyo y no escuchó a los demás (7), ya que se han expresado a través de la ética de la convicción y no por la ética de la responsabilidad (Weber, 1929); con lo cual las convicciones no se movilizan un ápice en función del discurso expresado por otro que se encuentre en una posición ideológica opuesta.

Más, en este punto se cae en un cuello de botella casi insalvable, cual es que son precisamente los responsables de los males sociales que nos agobian los que nos han arrastrado a esta situación, son los mismos que se ocuparon -con altísima eficacia- de restarnos tal protagonismo a través de lo que antes llamara el síntoma indolente.

El síntoma de la indolencia no se presenta aislado en las personas que lo padecen; según un estudio que realizamos hace menos de una década, el mismo es acompañado por los síntomas de la indefensión, el fatalismo, la impotencia, la obediencia/sumisión, el presentismo, la externalidad y la anomia; todos los que se asocian para provocar el llamado síndrome fatalista (Rodriguez Kauth, 1992, 1997), el cual aqueja psicológica y psicosocialmente a nuestros ciudadanos y habitantes de lo que se ha dado en llamar -de manera no muy precisa- la América Latina y que hoy se ha mezclado en ese contubernio conocido como mercados emergentes. Esto significa que somos económicamente pobres y, nada de lo que hagamos como individuos o colectivos podrá sacarnos de tal estado; hemos sido, somos y seguiremos siendo pobremente enfermos y los adelantos tecnológicos en medicina no son para nuestro pueblo (8); etc. En definitiva, estamos en las manos de poderes divinos que han dado patente de corso a quiénes dirigen nuestros destinos y, sobre los cuáles, ninguna influencia podemos ejercer, solamente nos queda nada más que obedecerlos ciegamente y a pies juntillas.

¿Qué tienen que ver estos síntomas y el síndrome fatalista con los Estados y la identidad nacional de las personas que habitan sus territorios?. Seguramente ya más de un lector se habrá hecho tal pregunta y a partir de ésta introducción intentaré responder a sus legítimos requerimientos.

4-IDENTIDAD NACIONAL, NACIONALISMOS Y DISCRIMINACION:

Al respecto -y para ir introduciéndonos al tema de la identidad nacional, desde una perspectiva política- debo advertir que algunos ideólogos del populismo ramplón pretenden hacer del uso -y abuso- del concepto de identidad nacional un instrumento de carácter abarcativo y totalizador. Es decir, se trataría de una identidad sola y única para todos los miembros de una comunidad nacional, hecho que los terminaría sumiendo -a todos- en el anonimato de la masificación.

En esta conceptualización de la identidad que vengo de resumir, se da por supuesta la necesidad de integrar un Estado jurídico legal con las bases del país real que lo habita, intento éste que aparece -en general- transitando por canales diferentes. Lo erróneo de todo esto es que -históricamente- no se conoce de la existencia de entidades nacionales (9) que hayan sido totalmente unitarias y unívocas en su concepción y tránsito por la pretendida "identidad nacional".

Las luchas de los intereses personales -poco atendidas por las ciencias humanas después que exitosamente lo hicieran J. Locke (1698), J. S. Mill (1963) y K. Marx (1852)- y las luchas de los intereses sectoriales de tipo económico -atendida por algunos analistas solamente desde el punto de vista de las luchas de clases- hacen que la identidad nacional que porten los distintos agentes sociales tenga -al menos- un objetivo diferente entre sí. Y esto se produce de este modo porque no se puede desconocer que la identidad nacional va de la mano acompañada por la identidad social, es decir, la identificación de clase -o de fracción de clase- de cada actor o sector social en particular dentro de un mismo espacio geográfico e histórico.

Al ser el objetivo diferente esto ocurre porque las bases ideológicas sobre las cuales se asientan han de tener que ser diferentes. Esto es obvio hasta para el menos conocedor del tema, los países fracturados -en al menos- dos sectores socioeconómicos contrapuestos, dónde aquellos que representan al 5% de la población absorben el 90% de la riqueza, no pueden caminar juntos la misma concepción de identidad nacional con la mayoría que solamente dispone del 10% de la riqueza. Necesariamente aquella identidad ha de ser opuesta y controvertida entre ambos sectores. No son las banderas nacionales las que identifican a los hombres (10), sino que son los intereses particulares y de clase los que lo hacen. Caso contrario véase a la evolucionada Europa en sus disputas intestinas por los acuerdos para llegar a integrar la tan ansiada (11) Comunidad Económica Europea.

El planteo que respecto al tema de la identidad hace el filósofo social argentino Carlos Cullen (1981) peca de ingenuidad -o de ideologismo ingenuo- al pretender la integración de los dos países que transitan paralelamente el mismo espacio territorial. Simplemente su propuesta es atender a determinados intereses ideológicos -los propuestos por él- para imponerles a los otros -los demás miembros del país jurídico- con lo cual, en definitiva, no hace mas que dar vuelta el mango de la sartén.

Para hablar de la identidad de un pueblo, de una Nación, de un Estado, o de cualquier configuración que represente a una multivariedad de individuos en un espacio real o imaginario, es preciso que primero los tratadistas se pongan de acuerdo acerca de a cual tipo de identidad van a estar haciendo referencia. Se puede tanto estar hablando de identidades nacionales (de naturaleza étnicas), religiosas, políticas, sociales (clasistas), deportivas, etc. Cualquiera de ellas tiene en la actualidad suficiente peso específico como para llegar a matar a otro individuo -del bando contrario o del propio bando- en su nombre (12), lo que se expresa en la actualidad bajo el título de fundamentalismo.

Los conflictos actuales -que se presentan a lo ancho y a lo largo del planeta- de tipo racial o interracial, no son otra cosa que conflictos políticos o clasistas; aunque pretenda escondérselos bajo la mascarada racista. Vale recordar que el racismo del Tercer Reich era una excusa sobre la que volaban los intereses de clase de sectores obreros que no habían sido satisfechos en sus demandas por los partidos de izquierda (Reich, 1933), como así también los intereses de los grandes grupos industriales y financieros alemanes de entonces. Lo mismo ocurre para con los conflictos de tipo religioso, como son los de los fundamentalismos islámicos en la actualidad. Para aceptar la certeza de estas afirmaciones véase, por ejemplo, el entrecruzamiento que se produce entre la actualidad de los países árabes, su relación con la riqueza petrolera y la consecuencia del estar presente el fundamentalismo no solamente como expresión religiosa, sino fundamentalmente como forma de vida. Los jóvenes árabes no tienen mayormente oportunidades de vida dentro de su sistema social acotado por la vergüenza de la miseria, la única oportunidad que encuentran es la de reivindicar una creencia religiosa que ha sido capaz de convencerlos de que con ella recuperarán la dignidad perdida merced a llevar adelante la matanza de infieles.

La identidad social y/o nacional es un fenómeno cultural que permite, a los individuos miembros de una sociedad o cultura, diferenciarse de los ajenos e identificarse con los propios, llevando de esta manera a la formación de una conciencia individual y social. Dicho esto del modo en que está expresado, es posible llegar a confundir el concepto de identidad con el tan temido de la discriminación y, en este temor, hay algo de razón en su expresión. Para producirse el proceso de identificación es preciso discriminar a los otros (Rodriguez Kauth, 1998) sin necesidad de transitar los peligrosos caminos en que peyorativamente se habla de discriminación como forma patológica de relacionarse -o, mejor dicho, no relacionarse- con los otros y hasta a agredirlos por las diferencias coyunturales que los separan. En este punto nada mejor que recordar la metáfora anarquista del Archipiélago, que dice: que al mismo no debe definírselo como un conjunto de islas separadas por el agua, sino que en todo caso son un conjunto de islas unidas por el líquido elemento (Rodriguez Kauth, 1997,b).

Hablar de identidades nacionales o culturales corre el riesgo de estar bastante cercano a la concepción autoritaria de los nacionalismos xenófobos. "El nacionalismo es la creencia en la primacía de una nación particular, real o construida" (Hall, 1993). En tanto que Camilo José Cela -Premio Nobel de Literatura en 1989- solía decir que "El nacionalismo es creer que el lugar donde uno ha nacido es el mejor del mundo"; mientras que "el patriotismo es creer que el lugar donde se ha nacido merece que le demos nuestro amor". Como se desprende de estas breves y azarosas definiciones, el peligro que enunciaba al principio del párrafo es certero. En nombre de la identidad nacional -próxima a ser agredida por algún grupo extranjero-, en la historia de la humanidad se han cometido las más bárbaras atrocidades. El Siglo XX, que parecía inaugurarse bajo la prédica del internacionalismo proletario, ha sido protagonista y testigo de lo que vengo afirmando. La exacerbación del sentimiento de identidad con una nacionalidad -o cultura- ha sido el instrumento que han utilizado los déspotas de derecha como de izquierda y hasta de los pretendidos centrismos. En la medida en que se depositan las lealtades individuales y grupales en una nacionalidad o cultura, se comienzan a percibir como enemigas de la misma a las otras naciones o culturas. Se trata de un proceso maniqueo donde todo lo mío es blanco y lo de los otros es negro, no existe lugar para el resto del espectro lumínico. De ahí a la discriminación por las diferencias entre los nacionales y los no nacionales existe un pequeño y sutil paso que no resulta difícil atravesar cuando los pueblos encuentran en tales discursos "nacionalistas" un lugar de donde tomarse para encontrar la ilusión de una identidad perdida y, en cuyo nombre, hay que empuñar las armas para su rescate.

A diferencia de otros episodios políticos y sociales o económicos, el nacionalismo surge como un capricho que se repite una y mil veces de una misma forma sin aprender de la experiencia de otros episodios similares.

5-IDENTIDAD NACIONAL Y CIUDADANIA:

Un tema que me preocupa particularmente -en lo que se refiere a la identidad social y nacional de la población- es el que hace a la ciudadanía. Existe una suerte de hipocresía institucional (Rodriguez Kauth, 1993) del ser ciudadano. El término ciudadano es un referente con un alto nivel de abstracción social y de intemporalidad. La noción de ciudadanía conlleva mezclar en una misma fuente a las diferencias de género, étnicas, religiosas, idiomáticas y, fundamentalmente, de clase social.

Téngase presente que el referente lingüístico ciudadano suele ser equívocamente utilizado, ya que jurídicamente hace referencia al individuo al que le asisten los derechos y obligaciones de aquél que es miembro de un Estado/Nación. Sin embargo, a poco de andar se puede observar que tal espacio político está -salvo en El Vaticano- compuesto tanto por ámbitos geográficos urbanísticos como rurales y, la palabra ciudadano etimológicamente hace lugar al "natural o habitante de una ciudad", aunque -por extensión errónea- se le adjudican las características legales de la ciudadanía (Ossorio, 1992). Cualquiera puede ser habitante de una ciudad sin necesidad de tener los atributos del "ciudadano" del país, como por ejemplo, los extranjeros que, en muchos Estados, tienen prohibido el voto o la posibilidad de ser presidentes de la Nación; derecho del que gozan aquellos que hayan nacido en tal Estado, aunque estén residiendo en otro.

Asimismo, no se puede dejar de observar que la tan esquiva ciudadanía se puede obtener de diferente formas: a) por nacimiento en el país de que se trate (13); b) por adopción o naturalización, la pueden obtener los extranjeros que llevan un determinado tiempo de residencia, aunque siempre le han de quedar vedados los accesos a determinadas actividades; c) por opción, es decir, la que efectúan los hijos de nativos nacidos en el extranjero; d) por matrimonio, cosa común en el derecho anglosajón, donde el cónyuge adquiere la nacionalidad del nativo del lugar de residencia; y e) la moderna doble ciudadanía o nacionalidad, que permite tener semejantes derechos en dos o más Estados soberanos, hecho que está ocurriendo al amparo de la Comunidad Europea, aunque todavía se mantenga restringido el derecho electoral y el de acceso a determinadas magistraturas locales.

Teóricamente -desde una perspectiva legal- se es ciudadano cuando se asumen obligaciones y se tienen derechos; esto no es más que una creencia (errónea) de que se tienen los derechos expresados en altisonantes proclamas constitucionales. El concepto de ciudadano es ambiguo y confuso, por no decir difuso. Para ilustrar tal afirmación recurriré a meros ejemplos que cualquiera puede reconocer en su historia personal o en la de algún vecino: a) El empleado de una oficina que se supone que tiene -como buen ciudadano- "el derecho a la libre expresión", pero que oculta o disimula sus convicciones políticas (raciales, musicales, deportivas o lo que a Ud. se le ocurra) frente al patrón, porque las suyas son contrarias a las de éste y -en consecuencia- teme represalias; b) El ciudadano que sabe de sus derechos a la propiedad privada, pero que sin embargo no se toma la molestia de denunciar un pequeño asalto o robo de que fue víctima, ya que conoce de la inutilidad de la policía para resolver esos menesteres; c) El ciudadano que queda despedido de su empleo, sabe que goza de derechos, pero no hay legislación que se las haga cumplir y que en caso de que la haya, deberá litigar con estudios jurídicos que lo destrozarán del mismo modo que perros de presa y, en consecuencia, prefiere rumiar en voz baja su desazón, pero no litigar; d) La muchacha que es violada pero que evita denunciarlo a la policía porque van a terminar violándola a ella nuevamente, o se la va a acusar de haber provocado al violador con su presencia femenina; e) También está el ciudadano que tiene que disfrazar sus impulsos sexuales no aceptados -homosexualidad- por la convención social para evitar ser discriminado; f) Las ciudadanas que tienen el derecho de hacer de su vida lo que les plazca, pero que tienen que aguantarse llevar en su vientre un hijo producto de una violación aberrante porque la moral marcada por la vigencia pacata de lo curialesco así la obliga; g) Y la que viven en la actualidad los jubilados argentinos -y que alcanza a los no ciudadanos- que también aportaron a las cajas de previsión social durante decenas de años, a sabiendas de que tenían derecho a cobrar una jubilación en consonancia con sus aportes, pero que hoy son bastardeados en sus derechos, aunque tienen que cumplir con las obligaciones que les marcó el Estado (14).

Todos estos -y muchos más- pueden ser considerados como casos de ambigüedad, a la hora de tener que definir la ciudadanía en términos de la identidad que porten aquellos que se consideren a sí mismos como ciudadanos o que se los pretenda definir como tales. El solo hecho de pertenecer a una ciudadanía legalmente estructurada no es razón suficiente como para operar en condición de facilitador de una identidad nacional y/o social.

6-IDENTIDAD, INMIGRACION Y AUTONOMIAS:

Al hablar de identidad nacional -en el marco de "nuestra" América- es imposible dejar de pensar que es lo que ocurrió durante los procesos de mezcla de nacionalidades entre los hijos de inmigrantes, los cuáles se casaban con miembros de otras comunidades nacionales y, simultáneamente, el lugar en el cual se deposita de identidad individual con alguno de los progenitores, por parte de la progenie. Posiblemente, el análisis del entrecruzamiento de estos ejemplos pueda ofrecer una matriz válida de las combinaciones infinitas que participan para la elaboración de una identidad nacional.

Quizás, la vertiente más auténtica de elaboración de la identidad nacional sea aquella que construye el propio actor del proceso, es decir, la que más arriba hemos definido como la ciudadanía por adopción. Es que en tal operatoria se pierden los matices de autoridad -lindante con lo autoritario- de portar una identidad nacional por el mero hecho de haber nacido en un territorio determinado. La identidad por adopción supone que quien ha hecho tal elección ha sido por convicción o por conveniencia. Si se trata del primer caso, se está frente a una "adopción" de identidad nacional genuina, es decir, que responde a lo que el lenguaje poético del escritor uruguayo Eduardo Galeano llamara sentipensamientos. Estos no son otra cosa que la síntesis dialéctica entre lo que la psicología clásica ha separado -de modo arbitrario-como "áreas" cognitivas y emocionales. Quien haya obrado de la manera expuesta inmediatamente más arriba, eligió una identidad nacional para tenerla como referente de su condición humana. En cambio, si se trata del caso de la adopción por conveniencia, entonces nos hallamos frente a lo que oportunamente definiera y ejemplificara como hipocresía (Rodriguez Kauth, 1993). En esta situación la pretendida identidad nacional sirve para satisfacer intereses -materiales o espirituales- que van más allá del interés por pertenecer a tal o cual comunidad nacional en tanto ésta es capaz de contener los afectos, pensamientos y acciones del actor social. Sobre esta forma oportunista de haber ingresado muchos inmigrantes a la América Latina, el autor de esta comunicación puede dar un ejemplo de su historia familiar que es más que elocuente. Mi abuela materna, que llegó a la Argentina al término de la primera Guerra Mundial, crió a sus hijos dentro del ámbito de la religión católica, apostólica y romana. Sin embargo, tuve la oportunidad de conocer su registro de inmigración al país y me encontré con la sorpresa de que figuraba como de religión "protestante". Sin dudas que la pobre mujer observó que en un lugar católico como la Argentina, era preferible dejar de lado su convicción -e identidad- religiosa para poder sobrevivir en un espacio dónde ni siquiera conocía el idioma y debía mantener tres hijos ella sola. Esto último no pretende ser una disculpa para con mi abuela materna, simplemente tiene la pretensión de ser un relato vívido acerca de como se produjeron los episodios de acomodamiento a las nuevas circunstancias por parte de los inmigrantes que vinieron a poblar estas tierras.

Algo semejante ocurre con la identidad social. Se suele llamar -peyorativamente- "desclasados" a aquellos que se identifican, con lo que se conoce como una falsa conciencia de clase, y que hacen su identificación social con los sectores dominantes de la sociedad, cuando su propia raigambre histórica -personal y familiar- está al lado de los sectores populares -y hasta marginales- de la sociedad en que se desenvuelven. En cambio no se utiliza la misma adjetivación peyorativa para quienes optan o adoptan una identidad social diferente a la heredada "en menos", es decir, para quienes teniendo una historia familiar -por ejemplo de origen oligárquico- se identifican con los sectores populares y luchan por las reivindicaciones de aquellos. Casos paradigmáticos en esto nos lo ofrece la historia reciente con los casos de Bakunin en la Europa Oriental y el Che Guevara y Fidel Castro en América Latina, al que se le deben agregar el de miles de intelectuales que militan en el campo popular para apoyar las demandas reivindicatorias y revolucionarias de aquél. Para el caso de los "desclasados" se está frente a lo que hemos definido bajo el nombre de los oportunistas; en tanto que para los segundos se estaría ante aquellos que han tenido en cuenta el sentido de la oportunidad, aún a costas de perder beneficios materiales y sociales.

Tal es el caso de las confesiones públicas de errores -como es el caso de saltos hacia atrás no oportunistas- de los cuales se puede ejemplificar en este momento con dos figuras que son del patrimonio de la literatura universal. André Gide marchó en dirección al comunismo durante la década de los años '20 y huyó del mismo horrorizado por el stalinismo durante los años '30. Otro tanto ocurrió con J. P. Sartre, quién renuncia a una carrera política meritoria dentro del Partido Comunista Francés. También en "nuestra" América tuvimos algunos ejemplos al respecto, voy a citar el del argentino José Ingenieros, quien en su momento -1902- se aleja del esclerosado Partido Socialista para adherir -en 1918- a la Internacional Comunista que, en esos momentos, aparecía desde Moscú como la gran panacea universal de la liberación social y nacional. A este ejemplo, puede sumarse el del mexicano Felipe Carrillo Puerto, primer gobernador socialista de América, en el sureño Estado de Yucatán, el cual hace el mismo giro político de Ingenieros, aunque sus esfuerzos fueron vanos ya que fue asesinado -fusilado- por una sublevación militar en 1924. Otro caso destacable es el del guatemalteco Juan José Arévalo, quién desde su exilio en la Argentina -donde trabajó en la década del '40 en nuestra por entonces Universidad Nacional de Cuyo y dónde sembró su paso de enseñanzas independentistas- regresado a su país encabeza un gobierno que se opone a las pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos de Norteamérica, sobre todo en el mercado bananero, para terminar también siendo asesinado por los gendarmes locales del imperialismo, en 1951, bajo las balas del futuro dictador Carlos Castillo Armas.

En los casos de Gide y Sartre, el compromiso contraído consigo mismo -con su propio Yo- y que para ellos significaban la Verdad, hicieron que ambos protagonistas renunciaran al compromiso público que habían asumido con el Partido Comunista. En ninguno de estos casos, así como también está plagada la historia de otros muchos, aunque menos resonantes que los que he traído para ejemplificar, se trata de una confesión egoísta acerca de los errores cometidos en el pasado. Mas bien, y siguiendo la tipología de Durkheim (1948) podemos considerarlas confesiones altruistas, se abjura de un pasado en función de que este no cumple con las pretensiones de Verdad por las que transita el protagonista. De estos casos se pueden extraer variados ejemplos de la historia del pasado, de la historia en que aún estaban vigentes las ideologías y en que todavía no se había sancionado el fin de las utopías. Evidentemente que tratar de traer algún ejemplo concreto de nuestra realidad actual resultaría muy difícil, tan difícil -creo- que ni siquiera me tomaré el trabajo de intentarlo. Pueden ocurrir en personajes anónimos, pero no en aquellos que están en la marquesina de la publicidad y la propaganda sirviendo a la parafernalia del consumo y del Nuevo Orden Internacional. En estos el fin justifica los medios como única premisa de orden moral y como axioma de vida. En definitiva, pueden identificarse social -y hasta nacionalmente- con cualquiera, con cualquiera que le ofrezca buenos dividendos económicos o políticos a sus pretensiones siempre ambiciosas y nunca totalmente satisfechas para sus pretensiones.

Mucho del revival nacionalista que está viviendo el fin del siglo, bajo la forma de regionalismos o procesos pretendidamente independentistas de autonomías regionales, tienen este último color que acabo de pintar.

P. Waldmann (1993) al inicio de su artículo señala que los procesos regionalistas e independentistas aparecen en Europa (y el resto del mundo) después de 15 años de finalizada la Guerra, es decir, cuando se lavó la sangre derramada en los campos de batalla. Incluso estos movimientos toman el lenguaje de los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Asimismo señala que "... llamó la atención que los movimientos regionalistas estuvieran en conexión temporal con un impulso de industrialización y modernización. Para algunos (vascos, por ejemplo, esto venía del siglo pasado), pero para las zonas periféricas europeas sólo fueron incorporadas al término de la Segunda Gran Guerra. Sus consecuencias fueron la disolución de vínculos sociales tradicionales, una elevada movilidad horizontal, una progresiva urbanización de la región, creciente secularización y la modificación del estilo de vida de la población".

Lo que no debe confundirse es a los movimientos separatistas actuales, que representan una suerte de balcanización de los Estados soberanos, con los movimientos de liberación nacional y popular que transitaron victoriosos por la América hispánica, Africa y Asia durante los años '60 y '70 y que lograron -en algunos casos- la independencia de sus patrones colonizadores.

Es de sospechar que una de las causas de estos intentos independentistas pueda encontrarse en el discurso anarcocapitalista que postula de manera tremendista la desaparición del Estado. Antiguamente se tenía menos conciencia de la dependencia del Estado Central y éste no era presentado como un enemigo por el solo hecho de ser Estado. Hoy aparece el Estado como un enemigo en la medida en que sus límites están lejos del alcance de sentido para el pueblo. Por eso, los que luchan por las autonomías, creen que hay que atomizar y fraccionar al Estado en mil pedazos, porque de ésa manera alguna de las partes va a estar tan cercana a los protagonistas, que prácticamente va a terminar siendo igual a ellos. Lo cual es un disparate político, al Estado hay que limitarlo en sus potestades, hay que retirarle el poderío que mantiene con los aparatos hegemónicos e ideológicos con que amansa y domina a los pueblos. Porque la verdadera y única identidad que puede existir como forma "sana" de expresarse, es la que se ofrece bajo la forma de la identidad en la lucha por alcanzar los anhelados objetivos de la clase social de pertenencia.

BIBLIOGRAFIA:

ARBESUN RODRIGUEZ, R. y MARTIN FERNANDEZ, C.: Psicología Política: Identidad y emigración. Ed. Graffiti, Montevideo, 1995.

BALANDIER, G.: (1988) El Desorden. Gedisa Editorial, Barcelona, 1996.

BONALUMI, G.: "Las paradojas del hambre en el mundo". Revista Archivos del Presente, (Bs. Aires), Año 2, N° 8, 1997.

BREA, L.: "Entrevista a Luis Pagani". Suplemento Económico de La Nación, Bs. Aires, 25/1/1998.

CONSTANTINO TOTO, M. C.: "Tensiones de fin de siglo: ciudadanía y multiculturalidad". Rev. Ecuador Debate (Quito), N° 42, 1997.

CULLEN, C.: La Crisis de la Cultura. Ed. Univ. Nac. de Santiago del Estero, 1981.

FREUD, S.: (1939) Moisés y la Religión Monoteísta. Ed. Amorrortu, Bs. Aires, 1989.

GALEANO, E.: Las venas abiertas de América Latina. Ed. Siglo XXI, México, 1975.

HALL, J. A.: "Nacionalismos: clasificación y explicación", Revista Debats, Barcelona, N° 46, 1993.

HIRSCHMAN, A. O.: Retóricas de la Intransigencia. Fondo de Cultura Económica, México 1991.

LOCKE, J.: (1698) Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. Alianza Editorial, Madrid, 1990.

MARTIN-BARO, I.: "El Latino Indolente". En M. Montero, 1987.

MARX, C.: (1852) La Lucha de Clases en Francia de 1848 a 1852. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1953.

MILL, J. S.: (1863) Utilitarismo. Grupo Editor Agostini, Bs. Aires, 1993.

MONTERO, M. y otros: Psicología Política Latinoamericana. Ed. Panapo, Caracas, 1987.

OSSORIO, M.: Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales. Ed. Heliasta, Bs. Aires, 1992.

PRIGOGINE, I.: El fin de las Certidumbres. Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1997.

REICH, W.: (1933) La Psicología de de masas del fascismo. Ed. Roca, México, 1973.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: Psicología Social, Psicología Política y Derechos Humanos. Coedición Ed. Topía (Bs. Aires) y Editorial Universitaria (San Luis), 1992.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: Psicología de la hipocresía. Ed. Almagesto, Buenos Aires, 1993.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: "Sobre los Discursos Entrecruzados de la Pobreza, la Riqueza y la Violencia (una relación dialéctica)". Revista Realidad Económica (Bs. Aires), N° 127, 1994.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: Lecturas Psicopolíticas de la Realidad Nacional desde la Izquierda. Centro Editor de América Latina, (Bs. Aires), 1994b

RODRIGUEZ KAUTH, A.: Lecturas y Estudios de Psicología Social Crítica. Espacio Editorial (Bs. Aires), 1997.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: De la Realidad en que Vivimos... y otras cosas. Red de Editoriales Universitarias, Univ. Nac. de San Luis, 1997b.

RODRIGUEZ KAUTH, A.: Temas y Lecturas de Psicología Política. Editores de América Latina, Bs. Aires, 1998.

WALDMANN, P.: "Etnoregionalismo: un desafío para el Estado Nacional", Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales, Bs. Aires, N° 20, 1993.

WEBER, M.: (1929) El Político y el Científico. Alianza Editorial, Madrid, 1967.

WEBER, M.: Ensayos sobre Metodología Sociológica. Amorrortu, Bs. Aires, 1973.

ZAITER MEJIA, A. J.: La Identidad Social y Nacional en Dominicana: un análisis Psico-Social. Ed. Taller, Santo Domingo, 1996.

El capital de América Latina - Carlos Fuentes

Carlos Fuentes asegura que la imaginación y el lenguaje de la Literatura contribuirán a 'una América Latina no postrada'


Afirma que es la reserva de "un metal" que "jamás se gasta" y forma parte del "enorme capital social" de América Latina

SANTILLANA DEL MAR, 11 (EUROPA PRESS)

El escritor mexicano Carlos Fuentes explicó hoy que la Literatura "mantiene viva la imaginación y el lenguaje", dos "realidades" sin las cuales las sociedades "perecen". Así, aseguró que esa será su "contribución" en "el siglo y milenio actuales a una América Latina no postrada, una América Latina de pie, en la que decir democracia signifique decir bienestar" y en la que se superen "las vastas desigualdades que hoy destruyen" la "convivencia" y "envenenan" las "acciones".

De este modo, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y Premio Cervantes, entre otras muchas distinciones, deseó que los latinoamericanos sepan "mantener la jurisdicción soberana de comunidades creadas desde la familia, la escuela, el municipio, el trabajo, la salud". "Desde el más grande capital que tenemos en América Latina, nuestro enorme capital humano y social, más importante que cualquier suma de capitales".

"La literatura es parte de ese vasto capital de América Latina, es la maravillosa reserva de un metal que al usarse jamás se gasta: el oro de la inteligencia, de palabra y de la cultura", aseguró Fuentes, en una intervención ante el público que asiste al encuentro 'Lecciones y Maestros' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) y la Fundación Santillana, también dedicado a sus colegas Juan Goytisolo y José Saramago, que protagonizarán, por este orden, las sesiones de mañana y pasado.

El escritor de 'La región más transparente' manifestó que la Literatura puede en Latinoamérica "colmar el vacío entre la riqueza cultural y la pobreza política", puesto que "una novela no se limita a enseñar el mundo", sino que "crea más realidad" de una manera "crítica".

Asimismo, explicó que "la literatura es pluralista" en lugares que a veces no lo son, "es atenta, obliga a prestar atención en un mundo distraído", aportando "imaginación y palabra" y alcanzando su mayor grado de importancia, precisamente, cuando es "perseguida", en regímenes totalitarios.

DISCIPLINADO Y PREMODERNO

Confesó ser un autor "disciplinado" y explicó que cada noche prepara "una hoja con los deberes del día siguiente", con un "rigor germano". Después, esa lista de obligaciones queda trastocada, al pasar la noche y sus sueños, en los que se dan cita sus familiares y sus amigos, de los que habló, por ser esta una "rara vez" en la que se presta a hablar de su "vida" y su "escritura".

Así, el autor de 'Terra Nostra' y 'La muerte de Artemio Cruz' aseguró que su vida es "un libro que se sostiene de pié gracias a dos pilares", su tío y su hijo, ambos llamados Carlos Fuentes, "tocayos de la vida", a los que no sabe si atribuirles lo que escribe.

"Ya no sé si lo que escribo me pertenece o me lo dictan ellos", dijo este escritor "premoderno, que no usa máquinas, sino pluma, tinta y papel", con los que puede escribir en cualquier parte.

EL ÉXITO

Carlos Fuentes ha sido galardonado con múltiples premios de prestigio, es una de las figuras centrales del 'boom' de la literatura latinoamericana y, con todo, aseguró que sospecha "del escritor que de entrada proclama que escribe para el pueblo" y que detesta "al escritor que conoce la recete prefabricada del éxito de ventas".

Desde su punto de vista aún hoy hay ciertas cuestiones que suponen para él "un misterio" y defendió que se debe "escribir una literatura que cree lectores no que cuente lectores", con el ánimo y la "revolucionaria apuesta" de "ser noticia y sobrevivir a la noticia".

"El lector sobrevivirá al autor", aseguró Fuentes, que indicó que "hay éxitos inmediatos y bienvenidos", hay "éxitos que el tiempo olvida" y otros que el mismo tiempo "rescata" y apostó por el "libro de significado profundo", ya sea "muy leído o muy ignorado".



Noticias de arte y cultura

viernes 20 de junio de 2008

La soledad de América Latina


[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]

Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

FIN