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domingo 17 de mayo de 2009

CONCEPTO DE AMÉRICA LATINA. Paul Estrade



Observaciones a don Manuel Alvar y demás académicos sobre el uso legítimo del concepto “América Latina”
En: revista Rábala N° 13, 1994 (79-82)


No me gustaría que se insinuase que crucé el Atlántico para recibir, agradecido, un galardón académico y declararme, ex-abrupto, academicida. Respecto a las Academias, comparto la postura intelectual de su compatriota Miguel Otero Silva, cuando declaró, al ingresar en la Academia venezolana de la lengua (6 de marzo de 1972) que “en el recinto de las Academias tanto lo verdadero como lo falso han hallado cabida y hogar”.
El benévolo académico hacía remontar “lo falso” a épocas pretéritas. Pero ocurre que “lo falso”, y no sólo lo tendencioso, puede seguir siendo contemporáneo hasta en las cuestiones nunca neutrales de definición y uso de los vocablos.
A prueba de ello, en mi profano modo de ver -como mero usuario del idioma español, que no es por cierto el mío-, la décima recomendación que acordaron los académicos de la lengua española reunidos en Salamanca (España) los días 26, 27 y 28 de octubre de 1992, a la sombra del declinante astro del Quinto Centenario. Decidieron, según reza el acápite 10 de sus conclusiones y recomendaciones: “Recomendar a las autoridades gubernamentales españolas, respetuosa y entusiastamente, la reinstalación en la nomenclatura oficial de los términos Hispanoamérica e hispanoamericano para referirse al mundo americano que habla, piensa y siente en español, o los de Iberoamérica e iberoamericanos, siempre
que se quiera aludir también a los hermanos brasileños. Recomendamos que para tales designaciones
se abandonen las voces ajenas y equívocas de Latinoamérica i latinoamericano”. El documento final adoptado por la sabia asamblea (unánime, se presume), muy atendible en sus demás once recomendaciones y muy positivo en su firme respaldo a los hispanohablantes de Puerto Rico, lleva la firma autógrafa de treinta académicos de la lengua. Encabeza la lista don Manuel Alvar, respetable director de la Real Academia Española. Y figuran en ella los nombres de los representantes de diecisiete países latinoamericanos -lo que no deja de sorprender si se considera la recomendación copiada-, y entre ellos, los de dos académicos venezolanos y un académico cubano -lo que no dejará de doler a muchos de ustedes y a mí hondo me duele-. No me extraña, en cambio, que hayan suscrito la referida recomendación, más lúcidos al parecer que sus colegas, los tres miembros de la delegación de la Academia norteamericana, la más numerosa del conclave.
Por suerte, dicha recomendación va dirigida sólo a las autoridades gubernamentales españolas.
Por cuanto quedan eximidos de tan “entusiasta” solicitud las demás autoridades, gubernamentales o académicas, y los particulares desde luego. Así podremos seguir hablando, libremente y con pleno derecho, tanto en Barquisimeto como en Caracas, tanto en México como en Montevideo, tanto en París como en Madrid, de Latinoamérica, de latinoamericanos, de historia latinoamericana o de estudios latinoamericanos.
No vengo aquí a dar una clase ni menos una lección. No vengo a zaherir a un huésped y a un amigo, que los hay, por desgracia, entre los firmantes. Pero sí creo deber manifestar una dolorosa sorpresa y mi disconformidad. La pretensión de la Academia me parece anacrónica; su argumentación no me convence, porque el asunto no es simplemente lingüístico y la clave de la disyuntiva no la brinda el recurso a la etimología.
Me atrevo a pensar, apelando a la Historia y remitiéndome a los trabajos de quienes han estudiado seriamente la “génesis de la idea y el nombre de América Latina” (desde Arturo Ardao, el pionero, hasta el más reciente y completo de los investigadores en la materia, Miguel Rojas - Mix), que las voces aludidas no son ni “ajenas” ni “equívocas”, como se afirmó en Salamanca, y que no traiciona a su país el que en España las emplea contra el vientecillo revisionista que soplaron los señores académicos.
Detrás de la aserción de que las voces de Latinoamérica y latinoamericano(a) son ajenas y equívocas, existirá la convicción de que el concepto mismo de América Latina, que las autoriza y nutre, es un invento foráneo, artificioso y perjudicable. En mi opinión, esta aserción no tiene fundamentos históricos. Está basada en la creencia errónea, a la que dio crédito un investigador norteamericano en 1968, de que el invento ha sido obra, en 1861, de unos ideólogos franceses, panlatinistas, vinculados con los sueños bonapartistas de imperio “latino” en América. Michel Chevalier sería el culpable principal del enredo.
Parece oportuno recordar que los hechos no son éstos. Hasta donde está averiguado, la expresión “América Latina” se inventó en 1856 para ser lanzada en son de reivindicación identitaria y de manifiesto político. Surgió con motivo de la invasión de Nicaragua por los mercenarios de William Walker, y como protesta contra la misma y también contra la potencia que, bajo ese disfraz, trataba de llevar a cabo su gran designio expansionista a expensas del Sur, después de haberlo logrado hacia el Oeste a expensas de México. En París fue -eso sí, y no es casual- donde brotó el término de “América Latina” del cerebro de unos latinoamericanos conscientes del peligro del Norte, conscientes de la urgencia de la unión del Sur, conscientes de la necesidad de un concepto definidor y unificador después de decenios de indecisión en la América, antes española y aún sin nombre genuino. El 22 de junio de 1856, en París, delante de más de treinta ciudadanos de casi todas las repúblicas del Sur, en un acto de repudio a la agresión a Nicaragua, el chileno Francisco Bilbao calificó de “latina” a la América que defendía y promovía y evocó “la raza latino-americana”, oponiéndolas clara y únicamente a los Estados Unidos de América y al “yankee”. Fechado en 26 de septiembre de 1856 y motivado por la misma y prolongada agresión, el poema “Las Dos Américas” del colombiano, exiliado también en París, José María Torres Caicedo, las enfrenta del todo:
“La raza de la América latina
Al frente tiene la sajona raza.-
Enemiga mortal que ya amenaza
Su libertad destruir y su pendón”.
Por aquellas fechas, nadie en el mundo usaba tal denominación, ni siquiera en Francia entre los adeptos de la “latinidad” incipiente. ¿Habrá algún conocedor de la vida y obra de Bilbao y Torres Caicedo que pueda alegar que aquellos hombres eran “ajenos”, por su procedencia y trayectoria, a la que bautizan “América latina”, objeto constante de su desvelo?
Y aquellos que iban a recoger y difundir el concepto por todo el continente en los años posteriores, los que iban a pelear para imponerlo, ¿no fueron en la línea bolivariana auténticos latinoamericanos? ¿No fueron en su época, entre el 60 y el 90, los actores más notables de la toma de conciencia latinoamericana, aquellos literatos y pensadores políticos que se llamaron Carlos Calvo (argentino), Juan Montalvo (ecuatoriano), Cecilio Acosta (venezolano), Ramón Betances y Eugenio María de Hostos (puertorriqueños), José Martí (cubano), etc., etc.?
Ahora, ¿en qué se equivocaron estos hombres al valerse de aquel nuevo sustantivo compuesto para designar las tierras, una cultura y un destino amenazados por el “coloso juvenil” (Fco. Bilbao)? ¿En ceñirse al adjetivo “latino”? Sólo podría sostenerlo el que le confiriese a “latino” un significado preciso y exclusivo que no tuvo en su origen ni tiene hoy tampoco: un significado único o lingüístico. Tan absurdo es en 1993 como lo era en 1856 dar a entender que la población cuadricontinental, plurirracial y plurilingüe de América Latina desciende de los latinos del Lacio o de los pueblos europeos colonizados por Roma cuyo idioma heredaron, desarrollaron y propagaron allende el océano. El concepto tiene fundamentalmente un valor político y cultural. Sus promotores lo escogieron por eso: permitía delinear la frontera entre las dos Américas (es su postulado de base: no hay una sino dos Américas) y resistir al empuje de la América de Polk, Pierce y Buchanan; permitía acelerar la toma de conciencia de la existencia al Sur del Río Bravo de valores comunes distintos de los valores imperantes al Norte del Río Grande. Mientras siga viva la contradicción de intereses y de miras entre ese Norte y ese Sur de América, el concepto de América Latina seguirá válido. Ahí están, dramáticamente presentes, los casos de Granada, Cuba y Panamá, los problemas de la droga, el comercio y la deuda, para atestiguar que no pasó esa era conflictiva y que no erraron los fundadores visionarios de las generaciones de Bilbao y de Martí.
En su mente, la América latina no se oponía, de manera antinómica ni antónima, a una América india o a una América negra: las incluía. Las incluía abiertamente en unos casos, tácitamente en otros más frecuentes, y cabe señalarlo en pro de la verdad, en algunos casos las incluía negándolas de acuerdo con los criterios racistas, “civilizadores” decían, de la oligarquía criolla.
Es innegable que la presencia en Francia de Bilbao, Torres Caicedo o Calvo contribuyó a que adoptaran el nombre de América Latina, en un ambiente de revalorización de “lo latino” y en un contexto no exento de ambigüedades. Pero no es menos cierto que ninguno de ellos le sirvió de caballo de Troya al expansionismo francés en América. Condenaron la invasión de México en 1861- 62, cuando el gobierno español la amparaba aún.
La denominación de “latina” aplicada a América será, lo concedo, una inexactitud en sí, en particular si se escribe con una “l” minúscula, pero no es más ni menos “equívoca” que la de “ibérica” (¿qué es de Haití en ese conjunto?). La denominación de América Latina, o Latinoamérica, si se prefiere, no es más ni menos inadecuada que las denominaciones con las cuales estuvo compitiendo en la etapa de su nacimiento y arraigamiento: Hispanoamérica o América del Sur.
¿Cómo pudiera imponerse la de “Hispanoamérica” cuando la desprestigiada metrópoli colonial seguía oponiéndose con tesón, a lo largo de los años 60 del siglo pasado, a la emancipación política de las Antillas españolas (parte integrante de la América Latina) y a la emancipación de cientos de miles de esclavos en esas islas, cuando de Santo Domingo “reincorporado” a las costas bombardea das del Pacífico iba recuperando territorios, y cuando, por ejemplo, no reconocía aún la independencia de Colombia conseguida cuarenta años antes?
¿Cómo pudiera imponerse la de “América del Sur” como alternativa a “América Latina” -pese a la fuerza y tradición de su equivalente: la “América meridional”, así nombrada por Miranda y Bolívar-, cuando por un lado parecía dar por perdidos México, la América Central y las Antillas, o sea las tierras más codiciadas por el Norte, y cuando por otro lado los Estados confederados, al autoproclamarse la “América del Sur” frente a la “del Norte” durante la guerra de Secesión, descalificaban el nombre usurpado, haciéndolo sinónimo de esclavitud?
Justo Arosemena en 1856, José María Samper en 1861 y Eugenio María de Hostos un poco más tarde, entre otros latinoamericanos preocupados por la búsqueda de un nombre para su América, abogaron por “Colombia” pero sin éxito. En 1874, Hostos lo admitía y se conformaba con “América latina” -que empleaba también desde 1868-, explicando en una nota de pie de página a su estudio intitulado “La América latina”:
“No obstante los esfuerzos hechos por Samper, por algunos escritores latinoamericanos, y por el autor de este artículo, reforzados por la autoridad de la Sociedad Geográfica de Nueva York, no prevalece todavía el nombre colectivo de Colombia con que han querido distinguir de los Anglosajones de América a los latinos del Nuevo Continente. En tanto que se logra establecer definitivamente la diferencia, es bueno adoptar para el Continente del Sur y América Central, México y Antillas, el nombre colectivo que aquí le damos...”. La voz de Hostos era la voz de América. Es legítima la insatisfacción intelectual que sienta el lingüista, el etnólogo o el sociólogo al tener que usar el concepto de América Latina y al comprobar sobre el terreno que el concepto o abarca todas las realidades que él estudia; sin embargo es legítimo el concepto de América Latina que maneje y que manejamos casi todos en los encuentros internacionales, y no sólo por comodidad.
Es legítimo porque los que lo forjaron son latinoamericanos.
Lo es porque ellos le dieron ante todo un sentido político que no se puede ignorar ni se debe desvirtuar: se enarboló como lema de identidad (cuando no lo había), de reconocimiento, de unión y de combate de los “Estados Desunidos” (Bilbao) contra los Estados Unidos de América.
Lo es porque hoy día los latinoamericanos son quienes lo usan corrientemente, desde las esferas gubernamentales y las élites culturales hasta las capas populares, cualquiera que sea su nacionalidad, religión u origen.
El respeto a la independencia y soberanía de los pueblos empieza por la aceptación por la comunidad internacional del nombre con que se designan colectivamente a sí mismos en el momento considerado. Es un principio que no debe sufrir tergiversación, a no ser que se siga pensando en categorías y términos neo-coloniales. Burkina-Faso se llama, y hay que llamarlo así, el país que bajo el coloniaje francés fue Haute-Volta. Vanuatu se llaman, y hay que llamarlas así, las islas que bajo el coloniaje británico fueron The New Hebrides. Bolivia se llama -¿y quién la llamaría de otra forma? la que fue, bajo el coloniaje español, el Alto Perú. Llamemos sin reserva América Latina” a la que fue, durante la época colonial, la América española, portuguesa y francesa, porque así la conocen y llaman mayoritariamente sus habitantes, y porque, como concluye la Encyclopedia Bri tanica- “Only in deference to popular usage and for lack of a better term, the area remains Latin America” (Artículo: Latin America).
Yo no hubiera dicho “only” por las poderosas razones históricas que acabo de exponer, pero apruebo el punto de vista respetuoso, pragmático, y cuerdo en suma, del redactor del artículo.
Para ese señor, como para mí, cesará tal legitimidad el día que se acabe el consenso observado y que la actual América Latina se identifique con otro nombre más idóneo o más a propósito. Admitir su carácter transitorio no le quita valor en el presente.
La “reinstalación” en la nomenclatura oficial de España de los términos de “Hispanoamérica” y sus derivados en lugar de “Latinoamérica” y sus derivados -como se sugiere en la malhadado recomendación de los académicos-, sería, amén de improcedente, una medida atentatoria a la Historia, la conciencia y la soberanía latinoamericanas. Deseo personalmente que no se cumpla ni siquiera se acate esa décima recomendación, para que quede demostrado que han cambiado los tiempos. Lo que no me impide apreciar- y saludar, respetuosa, entusiasta y sinceramente, la labor general de don Manuel Alvar y demás académicos, y que conste.

domingo 29 de marzo de 2009

Entre Latino y América

Entre Latino y América: las literaturas "latina/os" y las reformulaciones de las disciplinas académicas


Katherine Sugg



(JPG) En diciembre de 2002, el periódico estadounidense The New York Times publicó un estudio lingüístico que compara el uso de los pronombres de las comunidades puertorriqueñas, dominicanas, cubanas, y mexicanas en la ciudad de Nueva York. Este estudio versa sobre las consecuencias del choque de los dialectos del español en Nueva York fue dirigido por un interés fundamental en "la evolución de una identidad Latino en la ciudad y más allá." Si los lingüistas encuentran que los dialectos estaban convergiendo, se dice que esto indica una emergencia de un español "nuyorqueño" y quizás significa una convergencia de las identidades. El profesor Richard Otheguy explica, "se puede sugerir que los Latinos en Nueva York están pensando en sí mismos menos como miembros de grupos nacionales que lo fueron en el pasado y más como miembros de una comunidad más amplia." [1] Sinembargo, Otheguy también dice que "la posibilidad existe que al contacto con los otros hispánicos no genera un sentido de fraternidad hispánica sino el opuesto. Crea un sentido de no querer ser confundido con los mexicanos o los cubanos. ‘Yo soy ecuatoriano’" (Scott, B1).

Entre otras cosas, este estudio y su razonamiento sugiere un cambio en cómo la nación está configurada en las conversaciones actuales sobre la identidad en los Estados Unidos. Juntos, estos inmigrantes de todas las Américas (Puerto Rico, República Dominicana, Centroamérica, México, etc.) y los lingüistas que analizan sus dialectos demuestran la persistencia de la identificación nacional en las comunidades "Latinas" en los Estados Unidos. Pero el estudio lingüístico y sus preguntas principales también sugieren una convergencia percibida en estos grupos para formar una nueva identidad "Latino" y una comunidad en los Estados Unidos. En seguimiento al origen lingüístico de una latinidad estadounidense, estos escolares participan en una industria creciente que se encuentra en la intersección de los procesos de la migración diaspórica y las dinámicas de la formación de comunidades étnicas en los Estados Unidos. Estas empresas intelectuales florecen en parte a causa del crecimiento de interés de los medios publicitarios en el dicho "la explosión de la populación hispánica." Pero yo señalo que también se observan a los Latinos tan fijamente porque el ejemplo es que los Latinos en los Estados Unidos indican unos cambios grandes en los paradigmas establecidos de la comunidad, la nación, y la etnicidad en los dos los Estados Unidos y las Américas en general [2]

Román de la Campa sugiere el modelo del "estado partido" ("split state") como manera de conceptualizar estas comunidades latinas en los Estados Unidos quienes mantienen sus vínculos económicos, familiares, y culturales a las varias naciones de origen en América Latina y el Caribe de las que (y hasta las que) migran. [3] Numerosos investigadores trabajan en las disciplinas de los estudios étnicos estadounidenses y también se interesan en las historias transnacionales y las relaciones que definan las condiciones actuales de las comunidades de las minorías étnicas en los Estados Unidos y en otras partes. [4] Estos proyectos enfatizan los imaginarios nacionales múltiples (y la política del estado y económica) que constituyen las realidades culturales y demográficas en una "Américas" transnacional dominada por una Estados Unidos "multicultural" en este época de la globalización. Interesantemente, como está indicado por este tópico especial de la revista Aleph, la literatura "Latina/o" significa también una disciplina académica emergente en los dos, los Estados Unidos y América Latina. En realidad, es posible actualmente decir que se interesan en los contactos transnacionales y diásporicos tanto en los países de origen de una variedad de Latinos estadounidenses que en los Estados Unidos: están ligados, están reformando el entendimiento de los procesos y los hechos de la migración, la diáspora, y la identidad nacional a través de las Américas.

En el contexto de la literatura étnica de los Estados Unidos, las literaturas latinos y latinas han ocupado un sitio controversial. Josepeh Skerret, el editor long-time de una de las revistas más establecidas del estudio de la literatura étnica, MELUS: Multi-Ethnic Literature of the United States, se preocupó que la edición especial sobre "La literatura Latino" no podría actuar en conformidad con su idea anticuada del estudio de la literatura étnica, que enfatiza la necesidad de reflejar "la extensión y la profundidad" de la producción literaria de específicas comunidades étnicas de los Estados Unidos, cuando se han definido por los orígenes de la nación. Pues, Skerrett lamenta de la escasez del trabajo académico que incluso ha limitado a MELUS de hacer "una edición entera sobre la literatura Puertorriqueña-Americana or Cubana-Americana, o sea Brasileña-Americana" y en vez de estas ideas monográficas, se ha optado por la edición "Latino/a" en 1998 (1). El paradigma de la identidad étnica en los Estados Unidos planteado por Skerrett va a contracorriente de la mayoría de las discusiones de latinidad, y también el diseño implícito de los estudios lingüísticos que anticipan la emergencia, por ejemplo, de una identidad latina de Nueva York que refleja nuevas formaciones y metas políticas en vez de antiguos orígenes e historias de la nación-estado. Estas esperanzas señala mucha de las teorías sobre preguntas culturales y políticas de las identidades étnicas en los Estados Unidos, en las cuales surge una "política cultural" de las poblaciones diaspóricas y "pos-nacionales" que accede a las identidades fundadas en orígenes nacionales y territoriales, es decir, la política "oppositional" del paradigma de la inmigración, o sea el paradigma del exilio que define estos escritores como "Mexicano" o "Cubana," por ejemplo.

Sinembargo, la "construcción anticuada de la disciplina" de las literaturas étnicas de los Estados Unidos reconstituye las identidades nacionales de la madre patria como la tierra fundamental de todas literaturas étnicas, ignorando como menos riguroso o "profundo" la emergencia de un conocimiento transnacional de la etnicidad, como lo que se ha ejemplificado por latinidad. Es interesante que estas dos corrientes en el estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos corresponda a una análoga divergencia sobre las preguntas de las relaciones entre la política y la estética. Es decir, durante el enfoque que Skerret presenta sobre "la extensión y la profundidad" de las literaturas, las proponentes de la latinidad enfatizan el impacto político y cultural de las formaciones nuevas de las comunidades transnacionales en los Estados Unidos. En los Estados Unidos, los términos como "transnacional" y "globalización" reflejan una preocupación con las preguntas de la política internacional, la economía multinacional, y las historias mundiales. Y adentro de la disciplina de los estudios norteamericanos "American Studies", el "transnacionalismo" en sí mismo señala una ruptura que crece entre una perspectiva comparativa, normalmente transnacional, y el conocimiento más tradicional de los estudios estadounidenses. En varias revistas de la literatura y de los estudios culturales se caracterizan las perspectivas transnacionales como lo más comprometido políticamente y las perspectivas más tradicional y nacionalista como lo conservador, aún regresivo.

Un ensayo de John Carlos Rowe en la revista PMLA sobre "América: La idea. La literatura" (Enero 2003), por ejemplo, explora el transnacionalismo de la literatura del siglo XIX como manera de analizar el papel fundamental de "una herencia negativa de ejercicios coloniales o nacionales," especialmente en el conocimiento implantado en el excepcionalismo norteamericano (79). Contra el énfasis sobre la profundidad específica de literaturas étnicas, el proyecto de Rowe es abiertamente político en sus metas. Sus descripciones de las intersecciones entre los estudios norteamericanos, el discurso minoritario, y la política anti-imperialista compartieron lo que se llama una perspectiva "poscolonial o postnacional" en que los dos presumen que "los estudios críticos sobre el colonialismo y el nacionalismo tienen como meta una transformación política y también una transformación intelectual de un sistema inherentemente exclusivo y represivo" (2003, 79). Entonces, Rowe aboga por un conocimiento transnacional de la literatura norteamericana como manera de mantener una función deconstructiva de la producción cultural y su crítica-una función que se hace principalmente fundamental dirigiendo la escritura poscolonial y su crítica, a la vez que otras formas del discurso minoritario, como la escritura étnica de los Estados Unidos. [5]

Aquí, la importancia de los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo en las literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos participan en un fenómeno global ligado con el discurso minoritario y los procesos de la descolonización. Un ensayo de John Muthyala, "Reworlding América: La globalización de los estudios norteamericanos," muestra esta confluencia con una perspicacia impresionante: sobre todo enfatiza los enredos de los estudios norteamericanos con una concepción europeizante de la historia de "América" como los Estados Unidos. Muthyala explica por qué la manera en que los Estados Unidos se define coincide con "la misma idea de una historia literaria norteamericana," el cambio a un concepto plural y transnacional de "las literaturas de las Américas" rompe con las mitologías nacionales de las genealogías nacionales de los dos, los estudios norteamericanos y la literatura norteamericana. Y hasta las "literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos" es una categoría también implicada en una historia eurocéntrica y la contención nacional y territorial de "América" (como primeramente los Estados Unidos), su participación en el "reworlding" de América a través de una revisión de las fronteras de "América" y los estudios norteamericanos parecen una buena meta que tiene sentido. [6]

Los ensayos de Muthyala y Rowe participan de una crítica creciente en cuanto a las fundaciones nacionalistas de los estudios norteamericanos y la historia disciplinaria de la literatura norteamericana, especialmente cuando estas disciplinas han sido cómplices en borrar de la memoria pública las historias imperialistas de los Estados Unidos. [7] Como otros críticos anteriores, Muthyala arguye por una "revisión de las cartografías disciplinarias de los estudios norteamericanos y una reconceptualización de la historia norteamericana de una manera que incorpore, en vez de que marginalice, las tradiciones diversas de estética y literatura que emergen en varias partes de las Américas" (99). [8] Otras obras académicas que han mostrado este impacto incluyen el estudio de Kirsten Silva Greusz, Ambassadors of Culture: The Transamerican Origins of Latino Writing (Princeton University Press, 2002), en que sigue la producción literaria extensiva y diversa en español que florecía en los Estados Unidos durante el siglo diecinueve. Aquellas revisiones disciplinarias de "América" necesitan una atención persistente a "lo especifico" y "lo local" como forma de balance a los grands récits del modernismo europeo y sus universalismos.

Otro ejemplo llave de las controversias que rodean estos esfuerzos se puedan encontrar en el crecimiento precipitante de "la teoría de las fronteras" en los estudios literarios y culturales en los Estados Unidos, empezando con la publicación de Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987) por Gloria Anzaldúa. Esta obra cardinal de una feminista Chicana de Tejas se convirtió en un catalizador para la empresa académica "la teoría de las fronteras". Aunque, como en la obra de Anzaldúa, esta teoría de las fronteras originó en trabajo académico y escritura que enfocaba sobre la frontera de los Estados Unidos y México, y desarrollaba su extensión hasta las Américas y más allá, afectando un alcance de teorías de las identidades emergentes, las culturas mundiales actuales, el poscolonialismo, y la globalización. Como dice su corolario, las zonas en contacto, la centralidad de la teoría de las fronteras refleja una dirección general en los estudios culturales y las literaturas minoritarias en que "la frontera" se pone como una tropa importante en la comprensión amplia de la globalización en/y los Estados Unidos. Como Muthyala, la mayoría de estos abogados enfatiza un concepto deterritorializado de la frontera que admite para una variedad de "vínculos transfrontera" y sitios y circulaciones culturales (Muthyala 113).

Sinembargo, estas desterritorializaciones se han encontrado con dos fenómenos: el escepticismo y la celebración a la intersección de los estudios étnicos y poscoloniales en que los estudios de las fronteras han tenido peculiar éxito académico. En su introducción al libro, La Teoría poscolonial en los Estados Unidos (University of Mississipi Press, 2002), Amritjit Singh y Peter Schmidt notan que la frontera pone en "un paradigma cultural el estudio de la raza y la etnicidad en los estudios de los Estados Unidos que sigue siendo de amplia significación (y tan ferozmente confrontado) como la "tesis fronteriza" de Frederick Jackson Turner que proviene del siglo anterior." (11). Al subrayar la afiliación entre "la escuela de las fronteras" de los estudios étnicos de los Estados Unidos y los estudios poscoloniales, Singh y Schmidt ofrecen un mapa para un crecimiento de comprensión de lo que está en juego en la reforma transnacional de "las literaturas étnicas de los Estados Unidos" y por supuesto las literaturas Latina/os al interior de las discusiones de "las literaturas de las Américas," además de un estudio literario específico latinoamericano o norteamericano.

El abrazo de la latinidad y otros paradigmas transnacionales en los estudios literarios y culturales norteamericanos atestiguan el sentimiento de la urgente necesidad de dar razón al momento contemporáneo, un momento "globalizado" digamos, y también analizar su dirección política.

La popularidad de los paradigmas transnacionales como latinidad y lo fronterizo ofrece una alternativa a las identificaciones nacionalistas fundada en una interpretación nostálgica y anacrónica de la identidad cultural y las historias nacionales y también responde a las narrativas lineales de la inmigración y la asimilación que dominaban la mayoría de las discusiones del siglo veinte: la etnicidad y "American-ness" en los Estados Unidos. Sin embargo, y como Singh y Schmidt advierten, los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo también se llevan un peligro que estas nuevamente sean comprendidas fronteras puesto que ubican "el sitio donde la etnicidad definida por la descendencia está -en las palabras de Turner-, ‘liberado y fundido’ en una hibridez nueva" (12). Pues, la esperanza que las comunidades emergiendo de múltiples y varios estados divididos (split state) e imaginarios (Puertorriqueñas, Cubanas, Dominicanas, Mexicanas, etc.) experimentarán una "convergencia" del idioma, la cultura, la identidad en los Estados Unidos empiezan a parecer sospechosas como el grand récit bien conocido de los discursos de la asimilación.

Como indiqué Muthyala, Singh, y Schmidt, con cuidado observan la posibilidad de la reificación del hibridez y nomadismo en las narrativas de la fusión cultural y asimilación y si se puede evitar se puede mantener un sentido de lo específico y lo local, hasta que "ni el término poscolonial ni las palabras diáspora, migrante, o transnacional . . . se usan de una manera tan amplia que se pierde la variedad de constituyentes y comunidades de personas verdaderas" (Singh y Schmidt 39, con las itálicas en lo original). Pero si en atención a las tradiciones literarias definidas por la nacionalidad empiezan a parecer menos anacrónicas o regresivas y más semejantes a una distinción rigorosa entre los sitios de las culturas multi-étnicas de las Américas, ¿Qué va a pasar con las identificaciones transnacionales que están emergiendo en esta época, como la de la latinidad? ¿Representan las amalgamaciones y las asimilaciones las características que aún más borran las comunidades (y los idiomas e historias)? ¿O se puede decir que el cambio transnacional ejemplificado por "las literaturas de las Américas" sigue como una opción productiva para los discursos minoritarios y la política de oposición, en los dos, los Estados Unidos y las Américas? Estas preguntas nos regresan, tal vez un poco a la difícil cuestión de la identificación nacional y el nacionalismo.

Muchas discusiones en los estudios étnicos de los Estados Unidos se han enfocado sobre las historias negativas y los efectos del nacionalismo cultural que marcó la política del siglo veinte en sus últimas décadas, que muchas veces dependían sobre una lógica de la identidad colectiva y a su vez estaban fundadas en una idea de la descendencia nacional o la autenticidad cultural. Este énfasis sobre las nuevas hibrideces, las subjetividades fronterizas, y las conciencias diaspóricas se han aprovechado como alternativa a la rigidez de los absolutismos étnicos, y especialmente las narrativas masculinas y heterosexistas de la política de la cultura y de la identidad [9] Estas cuestiones de la formación de la comunidad y su política muestran las raíces profundas de los nuevos paradigmas como “la teoría de las fronteras” en una genealogía de los estudios étnicos de los Estados Unidos y sus historias del activismo político y formación académica. Por ejemplo, el tropo de la frontera como el desplegado por Anzaldúa se proponía un nacionalismo cultural que seguía como la herencia principal del Movimiento Chicano de la época de los Derechos Civiles en los Estados Unidos (1968- los 1970s).

Estas genealogías demuestran también los vínculos entre las teorías de las fronteras y la Latinidad, como paradigmas recientemente reformadas, y la teoría poscolonial. Tal vez por esta razón, la imbricación de una herencia de la política de la identidad étnica, las literaturas asociadas con esta herencia, y la teoría poscolonial han sido una ocasión para la reflexión crítica. Por ejemplo, una preocupación con la “confusión” del criterio estético y político inicia las críticas del libro de Peter Hallward, Absolutely Postcolonial (2002). Se puede sumar el argumento el de Hallward con una de sus aserciones más enfrentadas, como su insistencia que “contra la tendencia predominante de los estudios culturales en general, y la crítica poscolonial en particular, necesitamos hacer y mantener una ruptura conceptual afilada entre la cultura y la política. La idea de una “política cultural” genera una desastrosa confusión en las esferas del pensamiento y la acción. (xix, el énfasis es del autor).

Hallward propone esta ruptura para formar una filosofía política de la justicia social más efectiva que no depende sobre el discurso “singular” (es decir sin relación y que promueve un tipo de universalismo) que se encuentra en la teoría poscolonial, y especialmente en las teorías derivadas de la filosofía de Gilles Delueze y los conceptos de la hibridez, el nomadismo, y la totalidad despersonalizada. Enfatizando los fracasos de la teoría poscolonial en la vida política “de la realidad,” Hallward está especialmente inexorable y propone que “debemos abandonar todos intentos a predecir, al nivel de la teoría general, una meta política para el arte y la literatura. . . es el momento a reconocer que la valoración de la literatura está esencialmente indiferente a la política como tal.” (xx). Pues, en contradicción directa a las razones de los estudios norteamericanos trasnacionales, Hallward enfrenta la ascendencia de la hibridez, los cruces de las fronteras, y la diáspora a un valor político esencialmente progresivo. Pero, como el ejemplo del mestizaje muestra ampliamente, los tropos de la mezcla racial y cultural han sido fundacionales -a usar las palabras de Doris Sommer- para los imaginarios políticos, como culturales y literarios, de las Américas. En su estudio, Mestizaje (2006), el crítico chicano Rafael Pérez-Torres explica mejor la confluencia profunda de la raza y la identidad como implante en la historia colonial de las Américas. Los conceptos importantes de la cultura “transamericana” como la hibridez (García Canclini), el mestizaje (Vasconcelos, Anzaldúa) y la transculturación (Ortiz, Pratt) son también definitivos para la identidad cultural de los latinos, pues, revelan una larga y profunda historia en la política representante de los dos espacios: los Estados Unidos y América Latina.

Del mismo modo, parece claro que la “confusión” identificada por Hallward ha sido un elemento poderoso en los estudios literarios étnicos, como lo Latino/a, y las reformas recientes de los estudios norteamericanos, además del transnacionalismo y del estudio cultural y literario. Muthyala y Rowe, por ejemplo, están de acuerdo que la mejor razón para una cuenta histórica de “las literaturas de las Américas” es su capacidad a realinearse histórica y políticamente y proponer una disciplina de historiografía literaria que sea más anti-colonial y anti-imperialista. Del mismo modo, las fundaciones políticas del estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos y los estudios culturales han generado mucha controversia a los dos lados: muchos especialistas y activistas en los Estados Unidos siguen preocupados por la posibilidad de diluir las cuestiones específicamente étnicas al interior de un proyecto transnacional o poscolonial, y que entonces termine siendo demasiado generalizante. Este conflicto repite, y hace un tipo de palimpsesto para un debate relacionado sobre la diferencia estética de la “literatura” y la significación política, como cultural, de la “etnicidad.”

Estos asuntos ayudan a iluminar un cambio reciente y general a las cuestiones de la estética y la función de la literaria, por lo menos en la crítica norteamericana-pero también indica una frontera retirando en lo que se ha llamado, "las guerras culturales." Es decir, los críticos como Skerret y Hallward quienes preguntan por la propia ubicación de la literatura y la política en las formaciones disciplinarias de los estudios literarios y culturales parecen querer "regresar" a un paradigma modernista de los "Nuevos Críticos", además de otras prescripciones para una comunidad elitista de los lectores-críticos quienes aplican a su misma literatura.

Tal vez ayudaría a reconocer que la disciplina entera de las literaturas étnicas de los Estados Unidos, incluyendo la literatura "latina," emergen de un momento que abrazó y aún formuló cuales han sido las "confusiones" de la cultura y la política, especialmente como una manera a intervenir en política disciplinaria la formación del "canon" en los estudios literarios norteamericanos. Como una alternativa a la tradición "euro-centrado," masculino, y blanco de las literaturas norteamericanas, el estudio de las literaturas étnicas se ocupan de los paradigmas de los estudios sociales y políticas de la etnicidad (especialmente sus teorías de los procesos de la formación racial y las identidades comunitarias) y al mismo tiempo se interesan en la "profundidad y la extensión de las literaturas que vienen de estas comunidades. Estos debates reflejan una paradoja en el estudio y la crítica de las literaturas minoritarias: la misma existencia de un concepto de "la literatura latina" está fundada en una meta política. [10] Entonces, el crecimiento de la crítica literaria y cultural que participan en los dos paradigmas de los estudios étnicos y en las teorías poscoloniales de la hibridez, el mestizaje, y el transnacionalismo significa un momento particular en la reforma disciplinaria de los estudios norteamericanos (además que los estudios latinoamericanos, podemos decir) presenta una revivificación de los debates de los sitios propios de la estética y la política.

Los calificativos como "Latino" ponen de presente las literaturas "étnicas" en relación a las otras literaturas, presuntuosamente sin "etnicidad," revelando desigualmente historias culturales y políticas raciales en los Estados Unidos. Estas historias son precisamente lo que las literaturas étnicas apuesten y aún transforman. Sinembargo, es también la verdad que el adjetivo "étnico" toma el riesgo de hacerse en un campo de la producción cultural que al que se le atribuye una significación política específica, como la de la resistencia. La oposición, la resistencia, la diferencia, y la hibridez se han hecho en las palabras claves de la etnicidad en los Estados Unidos, haciendo un paradigma extensivo y a veces inexpugnable para el contenido cultural y político de todas las literaturas auténticamente o "realmente" étnicas.

Las formas en que se utiliza el término "la literatura étnica"-incluyendo la literatura latina-invitan a una revaluación en cuanto al criterio político y social seguido del estudio literario étnico de diversas maneras que desde un principio ha indicado el crítico Hallward. Pero los filos dobles de cualquier separación rigurosa de la estética y la política están ilustrados en un ensayo de Lori Ween sobre la publicación y el comercio de las literaturas étnicas. Ween se enfoca en la expansión de los empresas definidas por identidades étnicas y por "la literatura étnica" como un ejemplo de la participación académica y el mercado en los proyectos políticos y sociales que se imponen sobre estas identidades y los esfuerzos estéticos. Los editores suponen un público de lectores que van a sentirse atraídos a la visibilidad étnica de los libros, lo cual determina "como la industria editorial percibe los deseos del mercado y las imágenes que se venden en los Estados Unidos" (Ween 91). Dando a estos "para-textos" de las literaturas étnicas de los Estados Unidos -según Ween- la posibilidad de explorar la producción y la gerencia de la "autenticidad" de ciertos grupos étnicos, como un producto cultural para el consumo general. La "política cultural" opera en esta intersección de la producción literaria y el consumo del mercado con un asunto importante: la circulación de los discursos de la etnicidad pueden últimamente reedificar los puentes quebrados que separan una "América" no política de una identidad "étnica" politizada. La premisa preventiva de Ween con el comodín de lo "étnico" también muestra como lo "real" de la política funciona dentro de varias empresas de los estudios literarios y culturales en las Américas. Cuáles funciones indican precisamente el tipo de política cultural con la que los autores y los críticos de las literaturas latinas siguen apasionadamente ocupados y con lo cual tratan de articularse.

La mayoría de las personas seriamente ocupadas con las dos preguntas de la estética y la política que la literatura latina no niegan su impacto político ni el valor de muchos de sus textos importantes (se necesita solamente considerar la importancia de la obra de Gloria Anzaldúa en los Estados Unidos y más allá). Como dice Hallward, "la meta no es reducir la peculiaridad del itinerario del cada autor sino proveer una estructura comparativa bastante rigurosa y flexible para evaluar esta peculiaridad hasta donde sea posible” (6). Esta exactitud y su implantación en una empresa comparativa sugieren las posibilidades de apertura a las literaturas étnicas estadounidenses y especialmente la disciplina de los estudios latinos como una disciplina relevante a los dos: los Estados Unidos y América Latina. Con sus raíces simultáneas en las historias y las sociedades y las condiciones económicas y culturales que fomentan estas migraciones y diásporas transnacionales, “latina/o” es un término conceptual que puede efectivamente apuntarse a los dos de las narrativas tradicionales de su autodefinición de los Estados Unidos y América Latina.

Las literaturas “multiétnicas” y las identificaciones culturales y políticas como “Latina/o” funcionan como un desafío al lógico del eurocentrismo y las historias reprimidas del imperialismo que son fundacionales en las narrativas nacionales y oficiales. Sinembargo, se dice que la latinidad amenaza hacerse en un modelo cultural de inclusión total que borra los esfuerzos políticos de las comunidades específicas que el término incluye, como los Chicanos o los Puertorriqueños. Pues la latinidad marca un momento inminente de plegarse o colapsar en el marco “Americano” estadounidense y su intento universal de asimilación. Pero unos estudiosos importantes de los estudios puertorriqueños como Juan Flores sostienen que el término “Latino,” se añade al “pan-grupo” y es “demasiado facilista y frecuentemente confuso con el discurso oficial y demográfico” de la identidad étnica y la comunidad que está impuesta desde afuera, muchas veces por el estado (Flores 188). Pues, una clave para entender y analizar éticamente estas categorías se encuentran varias “inflexiones” que emergen de las articulaciones especificas: quien los utiliza y cómo y por qué. Lo pertinente es que las literaturas multiétnicas hacen una disciplina académica que abraza los conocimientos políticos de la historia y la cultura que están frecuentemente en contacto con los movimientos políticos y sociales en que se trabaja activamente y actualmente y éstas son las que contribuyen a la transformación de los Estados Unidos. [11]

Sugiero que los vínculos y las rupturas entre los estudios chicanos/puertorriqueños, la teoría de las fronteras, los estudios latinoamericanos, y la latinidad subrayan posibilidades y problemas presentados por la crítica de los estudios literarios y culturales de las minorías. Por una parte, hay mucha confusión por las generalizaciones difundidas y seguidas de las coincidencias de la política y la cultura en los estudios poscoloniales y transnacionales. Los conceptos de los estudios étnicos “posnacional” o las literaturas multiétnicas “transnacionales” invitan a plantear cuestionamientos al impulso de asimilación que ha sido justificablemente criticado por Hallward, Singh y Schmidt, entre otros. Por otra parte, y como Flores contesta, un método derivado de los estudios culturales para estudiar la cultura, la política, la historia, y la literatura Latina es principalmente “dirigido por la experiencia viva y la memoria histórica, los factores que se pretenden relegar como inaccesibles o insignificantes por los métodos dominantes” (187). Flores subraya las maneras en que los métodos de los estudios culturales, aun con sus confusiones desastrosas, han tratado de articular e indicar unas realidades camufladas y unas experiencias suprimidas. El blanco de esta literatura étnica de la protesta es frecuentemente una de las complejidades de las narrativas ideológicas que tienen efectos concretos y materiales sobre la capacidad de unos grupos de individuos a participar en el gobierno, la economía, y los mundos sociales de los Estados Unidos.

La influencia y la ubicuidad de las escritoras latinas y chicanas se nota en los programas de los cursos de la literatura americana estadounidense, como Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Julia Álvarez, y Cristina García, ofrece un ejemplo y una advertencia. Como dice el artista de “Performance” Guillermo Gómez-Peña, los porteros de la cultura dominante de los Estados Unidos “necesitan y quieren modelos espirituales y estéticos de la cultura latina sin tener que experimentar nuestra indignación política y nuestra contradicciones culturales” (51).

Entonces, la disciplina académica de las literaturas étnicas de los Estados Unidos crece de una historia específica de las relaciones entre los paradigmas dominantes del estudio literario y la historia social, como se muestra en los departamentos de la literatura norteamericana igual como en la época de los Derechos Civiles. Un problema para esta disciplina ha sido que el paisaje político se ha transformado en estos últimos 35 años en maneras que no siempre han reflejado los nuevos paradigmas ni las realidades políticas “reales” ni la política cultural imaginada en nuestros discursos. Sinembargo, esta historia específica y las redes amplias y complejas de las relaciones que vinculan universidades a escritores, editores, comunidades étnicas, y por consiguiente a los lectores, no se pueden ignorar ni desestimar. Y las reformas de los estudios literarios, dentro y fuera de los Estados Unidos puede ofrecer mejores razonamientos a las transformaciones culturales y a las relaciones con el poder político para que en definitiva se abracen, aun cuando seamos escépticos ante la singularización de las comunidades, los textos, y las escuelas críticas.

Bibliografía citada

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Beverly, John. "Writing in Reverse: On the Project of the Latin American Subaltern Studies Group." Subaltern Studies in the Aemricas, dispositio 19.46 (1994): 271-88.

De La Campa, Román. "Latin, Latino, American: Split States and Global Imaginaries." Comparative Literature 53.4 (Fall 2001): 373-88.

Flores, Juan. "The Latino Imaginary: Dimensions of Community and Identity" in Tropicalizations: Transcultural Representations of Latinidad. Aparicio and Chávez-Silverman 183-93.

Gilroy, Paul. The Black Atlantic: Modernity and Double Consciousness. Cambridge, MA: Harvard UP, 1993.

Glissant, Edouard. Caribbean Discourse: Selected Essays. Trans. and Ed. J. Michael Dash. Charlottesville, VA: UP of Virginia, 1989.

Gómez-Peña, Guillermo. Warrior for Gringostroika. St. Paul, MN: Greywolf P, 1993.

Hallward, Peter. Absolutely Postcolonial: Writing between the Singular and the Specific. Angelaki Humanities Series. Manchester, England: Manchester UP, 2001.

Kadir, Djelal, coordinator. America: The Idea, The Literature. Special Issue of PMLA 118.1 (2001): 9-113.

Kaplan, Amy. "Left Alone with America." Cultures of United States Imperialism. Ed. Amy Kaplan and Donald E. Pease. Durham, NC: Duke UP, 1993. 3-21.

Lee, Rachel. The Americas of Asian American Literature: Gendered Fictions of Nation and Transnation. Princeton, NJ: Princeton UP, 1999.

Mazumdar, Sucheta. "Asian American Studies and Asian Studies: Rethinking Roots." In Asian Americans: Comparative and Global Perspectives. Ed. Shirley Hune, Hyung-chan Kim, Stephen S. Fugita, and Amy Ling. Pullman, WA: Washington State UP, 1991. 29-44.

Muthyala, John. "Reworlding America: The Globalization of American Studies" Cultural Critique 47 (2001): 91-119.

Pérez-Firmat, Gustavo, Ed. Do The Americas Have a Common Literature? Durham, NC: Duke UP, 1990.

Porter, Carolyn. "What We Know that We Don’t Know: Remapping American Literary Studies." American Literary History 3 (1994): 467-526.

Román, David and Alberto Sandoval. "Caught in the Web: Latinidad, AIDS, and Allegory in Kiss of the Spider Woman, the Musical." American Literature 67.3 (1995): 553-585.

Rowe, John Carlos. "Nineteenth Century United States Literary Culture and Transnationality." Kadir 78-89.

Saldívar, José David. Border Matters: Remapping American Cultural Studies. Berkeley, CA: U of California P, 1997.

- . The Dialectics of Our America: Genealogy, Cultural Critique, Literary History. Durham, NC: Duke UP, 1991.

Saldívar, Ramón. Chicano Narrative: The Dialectics of Difference. Madison, WI: U of Wisconsin P, 1990.

Skerrett, Joseph. "Preliminaries." MELUS 23.1 (1998):1-2.

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Singh, Amritjit and Peter Schmidt, eds and introduction. "On the Borders Between U.S. Studies and Postcolonial Theory." Postcolonial Theory and the United States: Race, Ethnicity, and Literature. Jackson, MI: UP of Mississippi, 2000. 3-69.

Ween, Lori. "This Is Your Book: Marketing America to Itself." Kadir 90-102.


[1] Todas las traducciones al español son del autor del ensayo.

[2] Los críticos David Román y Alberto Sandoval contestan que "Latinidad emerge como un término que trata a disputar la concepción imperialista de una cultura hispánica" (588), pero también se puede referirse a "los grupos de imágenes y atributos que se sobreponen sobre los sujetos latinoamericanos y latinos estadouense" (Aparicio y Chávez-Silverman 15). El término entonces indica los dos, las prácticas anticoloniales en la cultura y la política y también las imágenes dominantes de una herencia colonial; este ensayo se enfoca más sobre el primer uso, lo más oposicional, del término.

[3] El concepto del "estado partido" [split state] combina una cuenta de las comunidades transnacionales que está específicamente bajo la nación con una estructura amplia que indica cómo los latinos muestran "la pluralidad ontológica que viene de derivar de una identidad de más que un imaginario americano" (de la Campa 377).

[4] Por ejemplo, Mazumdar dice que "Lo que se necesita es definir un paradigma que contextualizar la historia de los Americanos-Asiáticos dentro de la historia global del siglo veinte del imperialismo, del colonialismo, y del capitalismo. Aislar la historia de los Americanos-Asiáticos de su base internacional, extraerse del contexto global del capital y las migraciones de los obreros, es alterar esta historia" (41)

[5] El libro de Doris Sommer, Proceed with Caution [Procede con precaución] es una revisión excelente de los usos de la escritura minoritaria en un contexto inter-americano. Sommer subraya, la manera en que se falla en muchas de estas discusiones, las intersecciones de los significados que se agregan al término "minoritario" y a los resultados narrativos, éticos, y políticos.

[6] La esperanza para esta literatura americana "pos-nacional" es que su "modo de cruzar y recruzarse las fronteras, mientras desarrollando una conciencia histórica, también requeriría redibujando las fronteras" (Muthyala 97, el énfasis en el original). Estas fronteras nuevamente inestables promueven un proceso anti-colonial contra la hegemonía del lógico del estado euro-americano.

[7] Esta crítica disciplinaria ha estado en proceso durante dos décadas, por lo menos, y es conocido de muchos documentos en la academia estadouense: el ensayo de Carolyn Porter, "What We Know that We Don’t Know" [Que sabemos que no sabemos], la crítica de Gustavo Pérez-Firmat, Amy Kaplan, y José y Ramón Saldívar, y en la edición especial de PMLA de Djelal Kadir, entre muchos otros, han contribuido a la disciplina de "los estudios inter-americanos."

[8] El propósito de Muthyala está bajo tres genealogías de los estudios norteamericanos y transamericanos: el modelo dialéctico (José Saldívar), la revisión transamericana de la modernidad (Paul Gilroy, Edouard Glissant), y la teoría de las fronteras (Ramón Saldívar). Estos modelos cada uno lo llaman para unos cambios geoculturales en la perspectiva que revisaría y arreglaría los estudios norteamericanos en relación a nuevos centros geohistóricos, como Nueva Orleáns, La ciudad de México, la Revolución de Haití, y la Guerra contra México de 1848.

[9] Los comentarios extensivos de las Chicanas feministas sobre el movimiento Chicano, el nacionalismo cultural de los chicanos, y la figura de La Malinche es un ejemplo importante de estas exclusiones y las maneras en que la teoría de las fronteras y los estudios diaspóricos-especialmente cuando se unen a las intervenciones de la teoría "queer" y los estudios feministas-han disputado y transformado los paradigmas de la época de los Derechos Civiles y los críticos anti-coloniales de la coherencia y la autenticidad cultural.

[10] Se puede referir a los libros de Arlene Dávila, Latinos, Inc: The Marketing and Making of People (2001) y Barrio Dreams (2004) para unos estudios sociales que consideran críticamente la "emergencia" de los Latinos como una población y una categoría en los Estados Unidos.

[11] En Febrero de 2008, el Presidente de México Felipe Calderón se embarcó en un viaje a los Estados Unidos cuyo itinerario evitó las reuniones con el Presidente Bush u otros oficiales estadounidenses y en vez de esto, Calderón se enfocó en los grupos locales de las activistas inmigrantes mexicanos y mexicanos-americanos y los lideres de los obreros. Estas comunidades de los Mexicanos diaspóricos juegan un papel importante en la economía nacional de México y hacen una fuerza cada vez más importante en la política electoral y del gobierno de su estado. "Mexican Leader to Visit U.S., Outside the Beltway" [Los lideres mexicanos a visitar a los Estados Unidos, afuera del Washington, D.C] by James C. McKinley. The New York Times . February 9, 2008.


domingo 15 de marzo de 2009

“ACCESO DE LA MUJER A LA TOMA DE DECISIONES EN POLÍTICA”


Page 1
SEMINARIO-TALLER:
JUNTA CENTRAL ELECTORAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
“Acciones afirmativas para la participación política
de la mujer en Latinoamérica”
Cecilia Tapia Mayans
1
Contenido:
1. Igualdad formal e igualdad sustantiva en el ejercicio de la
ciudadanía democrática; 2. Sistemas electorales y acciones afirmativas
en materia de género; 3. Acciones afirmativas para la participación
política de la mujer desde una perspectiva integral; 4. De las cuotas
electorales a la paridad de la representación política.


1. Igualdad formal e igualdad sustantiva en el ejercicio de la ciudadanía
democrática.

A lo largo del siglo XX, la corriente ideológica del feminismo, la ola
democratizadora y la suscripción de instrumentos internacionales que
establecieron la necesidad de garantizar derechos de participación política a las
mujeres, lograron el reconocimiento de su derecho al sufragio activo y pasivo en
la gran mayoría de los ordenamientos constitucionales de países con aspiraciones
democráticas 2 , lo que conllevó a su vez, a la configuración de la igualdad formal
del varón y la mujer frente a la ley y al Estado.
Sin embargo, la igualdad formal de ciudadanía no ha generado por sí misma
igualdad sustantiva, encontrándose una disparidad entre el reconocimiento de la
igualdad frente a la ley y la igualdad real en el ejercicio de los derechos políticos y
1 Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación de México, Coordinadora Técnica Administrativa.
2
“Las mujeres, a lo largo del siglo XX, llevaron a cabo una revolución simbólica que les dio existencia social como sujeto sexuado y que abrió posibilidades hasta entonces no previstas. (…) Las mujeres del llamado mundo occidental vivieron importantes cambios en su condición y experiencia en la segunda mitad del siglo XX. El reconocimiento formal de todos sus derechos de ciudadanía, generalizados después de la II Guerra Mundial en los países democráticos occidentales, se tradujo en el derecho a votar y a ser elegidas en el sistema de representación política…”, GRAU BIOSCA, Elena, “Feminismo”, en Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, ANTÓN MELLÓN, Joan (Editor), Ed. Tecnos, 2ª. edición, Madrid, 2006, pp. 406 y
408.
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MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
2
en el acceso a la representación política, ya que en la práctica “las mujeres distan
de compartir el poder político con los hombres en igualdad de condiciones. Un
indicador muy evidente de ello – aunque no el único significativo, dado que
quienes ejercen altos cargos por designación también son en su abrumadora
mayoría hombres – es la escasez de legisladoras electas”
3
.
La igualdad en sentido formal implica la igualdad de todos los individuos frente a
la ley, (aplicándose la norma de manera universal, general y abstracta); aspecto
que es trascendental ya que evita el trato discriminador del Estado hacia los
particulares. Pese a lo anterior, es admisible exceptuar la generalidad y
abstracción de la norma, en aquellos casos en los que se requiera
justificadamente generar condiciones de igualdad entre los individuos, es decir,
aplicar la igualdad sustantiva o en sentido material, que consiste en el tratamiento
diferenciado con el objeto de disminuir las desigualdades
4
.
De tal manera que el principio de igualdad admite cierta desigualdad formal
5
,
siempre y cuando exista “razón suficiente” para ello, y es aquí, cuando estamos
en el ámbito de la igualdad sustantiva o en sentido material, que tiene por objeto
disminuir la desigualdad en el terreno de lo fáctico. En este contexto es viable
afirmar que los poderes públicos pueden otorgar un tratamiento desigual a las
situaciones fácticas diferentes, para beneficiar a sectores de la población que se
han encontrado histórica y materialmente excluidos, “aunque la constitucionalidad
3
MOLLER OKIN, Susan, “VI. La política y las desigualdades complejas de género”, en MILLER, David y
WALZER, Michel (Compiladores), Pluralismo, Justicia e Igualdad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,
1997, p. 163.
4
COELLO GARCÉS, Clicerio, “Derechos humanos y acciones afirmativas en el servicio profesional de
carrera”, Revista Servicio Profesional de Carrera, volumen IV, número 8, FMEPyA A.C., México, Segundo
Semestre de 2007.
5
“En todos los casos, la igualdad jurídica tanto formal como sustancial, puede ser definida como igualdad en los derechos fundamentales. Los derechos fundamentales son, en efecto, las técnicas mediante las cuales la igualdad resulta en ambos casos asegurada o perseguida y es la diversa naturaleza de los derechos sancionados en los dos casos lo que permite explicar su diverso modo de relación con las desigualdades”,
FERRAJOLI, Luigi, Derecho y razón, Ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 906.
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3
de tal medida requerirá también el cumplimiento de otros requisitos, como la
razonabilidad, la racionalidad o la proporcionalidad”
6
.
En este sentido, el ejercicio de la ciudadanía en igualdad de condiciones entre
mujeres y hombres, es el presupuesto indispensable que da eficacia a las
prescripciones normativas y al pleno disfrute de los derechos políticos. Sin
embargo, la búsqueda de la igualdad en el ejercicio de la ciudadanía requiere del
reconocimiento de mecanismos que incentiven la participación política de la mujer
y que generen oportunidades reales para que logren el acceso a los cargos de
representación pública.
El principal instrumento internacional legal de Derechos Humanos para la
promoción y defensa de los derechos humanos de las mujeres, lo encontramos en
la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra
la Mujer (CEDAW) de 1979, conocido también como la Convención de la Mujer.
La CEDAW está regida por tres principios básicos: 1) El principio de igualdad de
resultados, 2) El principio de no discriminación, y 3) El principio de responsabilidad
estatal. El artículo 1° de este instrumento constituye el corazón de la Convención,
ya que en él se define el concepto de discriminación y en los subsecuentes se
establecen las directrices que deberán aplicar los Estados parte para garantizar la
igualdad la inclusión de las mujeres entre otros en el ámbito público y en las
posiciones de poder.
No obstante el reconocimiento en el ámbito jurídico nacional e internacional de la
necesidad de implementar medidas que propicien la eliminación de la
discriminación contra la mujer fue hasta 1993 (en el marco de la Convención
Mundial de Viena) que los derechos de las mujeres fueron finalmente reconocidos
como derechos humanos, con lo que se puso aún más en evidencia la necesidad
de establecer condiciones que permitiesen el desarrollo de las mujeres a través de
6
DÍAZ REVORIO, Francisco Javier, Valores superiores e interpretación constitucional, Centro de Estudios
Políticos y Constitucionales, Madrid, 1997, p. 193.
Page 4
S
4
su incorporación a los asuntos públicos. En el mismo sentido, la Organización de
las Naciones Unidas en el año 2000 elaboró la agenda global de desarrollo
basada en los principales propósitos acordados en las diversas Conferencias
internacionales de la última década del siglo XX, de la que surgió la Declaración
de Objetivos de Desarrollo para el Milenio, estableciéndose el año 2015 como
compromiso para el cumplimiento de éstos, entre los cuales, se planteó como
tercer objetivo “el promover la igualdad de género y el empoderamiento de la
mujer”, que incluye como uno de sus indicadores, la ocupación de escaños en las
legislaturas nacionales
7
.
Dentro de los principales retos de los Estados contemporáneos de frente a las
primeras décadas del siglo XXI, está sin lugar a dudas el lograr la igualdad
sustantiva de la mujer en el ejercicio de la ciudadanía, con miras a contribuir a la
consolidación democrática de las naciones y a la configuración equitativa de la
representación política, que dicho sea de paso, generaría además tres ventajas
significativas, a saber: 1) La imagen de la mujer en el poder fomentará la
reivindicación de la misma en otros ámbitos y la eliminación de elementos
discriminadores; 2) La igualdad en la representación política contribuirá a la
igualdad en otras esferas de la realidad social
8
; y 3) La representación cuantitativa
de las mujeres coadyuvará a la toma de decisiones públicas desde una
perspectiva de equidad.
2. Sistemas electorales y acciones afirmativas en materia de género.
La búsqueda de la igualdad sustantiva, por consiguiente demanda la intervención
del Estado a través de las denominadas acciones afirmativas, que constituyen “un
conjunto de acciones y medidas que mediante un trato diferenciado buscan que
los miembros de un grupo específico insuficientemente representado, por lo
7
BUVINIC, Mayra y ROZA, Vivian, La mujer, la política y el futuro democrático de América Latina, Banco
Interamericano de Desarrollo, Washington DC, 2004, p. 11.
8
Con relación a las esferas de la desigualdad, véase WALZER, Michel, Las esferas de la justicia. Una
defensa del pluralismo y la igualdad, Fondo de Cultura Económica, México, 1993; y MOLLER OKIN, Susan,
“VI. La política y las desigualdades complejas de género”, op. cit., pp. 161-190.
Page 5

5
normal grupos que han sufrido discriminación, alcancen un nivel de participación
más alto”
9
.
Las acciones afirmativas deben estar plenamente justificadas y para su
implementación deben observarse tres criterios que generan certeza y garantizan
el cumplimiento de los fines para los cuales se instrumentan: 1) Temporalidad, las
acciones afirmativas están supeditadas al tiempo necesario para el cumplimiento
de su objeto, es decir, una vez reducida la desigualdad sustancial o de hecho que
le dio origen, ésta debe desvanecerse; 2) Proporcionalidad, debe realizarse un
balance de las consecuencias respecto a las restricciones que generan para otro
sector de la población, de tal manera que los beneficios de su implementación
sean mayores que sus probables perjuicios; y 3) Interés colectivo, su aplicación
debe tener lugar en los asuntos de relevante interés público
10
.
Para el caso que nos ocupa, las acciones afirmativas tienen como finalidad
principal el condicionar al sistema electoral para alcanzar una representación
política proporcional en razón al género, y con ello, disminuir la subrepresentación
de las mujeres.
En este sentido, la Recomendación General 23, adoptada por el Comité para la
Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, en el 16º período de sesiones de
1997, establece que para dar cumplimiento a los compromisos de la CEDAW los
Estados deben implementar acciones afirmativas para privilegiar la participación
política de las mujeres, así como para atender los factores que obstaculizan el
ejercicio del derecho a votar y a ser elegida, dentro de los cuales identifica a los
siguientes:
9
ROSENFELD, Michel, Affirmative action and justicie. A philosophical and constitucional inquiry, Yale
University, New Haven, 1991, p.42.
10
Respecto a los tres criterios para implementar acciones afirmativas, DE LA TORRE MARTÍNEZ, Carlos, El
derecho a la no discriminación en México, Ed. Porrúa, CNDH, México, 2006, p. 195.
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6
1) Las mujeres reciben menos información que los hombres sobre los candidatos y
candidatas, sobre los programas de los partidos políticos y los procedimientos del
voto. Información que los gobiernos y los partidos políticos no han sabido
proporcionar.
2) Otros factores que impiden el ejercicio del derecho a la mujer al voto de manera
plena y en condiciones de igualdad son el analfabetismo y el desconocimiento de
los sistemas políticos.
3) La doble carga de trabajo de la mujer y los apuros económicos limitan el tiempo
o la oportunidad que puede tener de seguir las campañas electorales y ejercer con
plena libertad el derecho al voto.
4) En muchas naciones, las tradiciones y los estereotipos sociales y culturales se
utilizan para disuadir a la mujer a ejercer su derecho al voto. Incluso muchos
hombres ejercen influencia y control sobre el voto de la mujer, ya sea por
persuasión o por acción directa.
5) En algunos países prevalecen actitudes negativas respecto a la participación
política de la mujer, o la falta de confianza del electorado en las candidatas.
Algunos países de Latinoamérica han incorporado en sus textos constitucionales
la disposición expresa de la implementación de medidas que beneficien la
igualdad sustancial de la mujer en el ámbito de la participación política, mismas
que tienen concreción práctica a través de las acciones afirmativas concretas que
se establecen para dar cumplimiento a la norma fundamental y que condicionan
por si mismas al sistema electoral en su conjunto, al determinar procedimientos
con perspectiva de género para la integración de los órganos representativos de la
nación. Los países latinoamericanos que reconocen constitucionalmente dichas
medidas son los siguientes:
Page 7
SEMINARIO-TALLER: “ACCESO DE LA MUJER A LA TOMA DE DECISIONES EN POLÍTICA”
JUNTA CENTRAL ELECTORAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
7
País
Precepto constitucional
Argentina
Art. 37. Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los
derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular
y de las leyes que se dicten en consecuencia. El sufragio es
universal, igual, secreto y obligatorio.
La igualdad real de oportunidades entre varones y mujeres para el
acceso a cargos electivos y partidarios se garantizará por
acciones positivas en la regulación de los partidos políticos y en el
régimen electoral.
Ecuador
Art. 102. El Estado promoverá y garantizará la participación
equitativa de mujeres y hombres como candidatos en los
procesos de elección popular, en las instancias de dirección y
decisión en el ámbito público, en la administración de justicia, en
los organismos de control y en los partidos políticos.
Nicaragua
Art. 48. Se establece la igualdad incondicional de todos los
nicaragüenses en el goce de sus derechos políticos, en el
ejercicio de los mismos y en el cumplimiento de sus deberes y
responsabilidades, existe igualdad absoluta entre el hombre y la
mujer. Es obligación del Estado eliminar los obstáculos que
impidan de hecho la igualdad entre los nicaragüenses y su
participación efectiva en la vida política, económica y social del
país.
Paraguay
Art. 117. DE LOS DERECHOS POLÍTICOS. Los ciudadanos, sin
distinción de sexo, tienen el derecho a participar en los asuntos
públicos, directamente o por medio de sus representantes, en la
forma que determine esta Constitución y las leyes.
Se promoverá el acceso de la mujer a las funciones públicas.
Cuba
Art. 44. La mujer y el hombre gozan de iguales derechos en lo
económico, político, cultural, social y familiar.
El Estado garantiza que se ofrezcan a la mujer las mismas
oportunidades y posibilidades que al hombre, a fin de lograr su
plena participación en el desarrollo del país.
La incorporación de acciones afirmativas en beneficio de la participación política
de la mujer, en particular, aquellas que privilegian a este sector de la población
para su incorporación a la representación política, determinan el estereotipo de
sistema electoral de cada Estado, ya que al establecerse reglas de discriminación
positiva para el acceso al poder, se condicionan los procedimientos específicos
Page 8

8
para la integración de los órganos representativos. Sin embargo, existen sistemas
electorales que son más compatibles con las acciones afirmativas en materia de
género, es el caso de los sistemas de representación proporcional con listas
cerradas, en virtud de que a través de este modelo de designación de
representantes puede garantizarse de manera más eficaz el acceso al poder de
las mujeres 11 , en comparación con los sistemas electorales de mayoría relativa,
en los que la elección de representantes queda supeditada a los resultados
electorales que cada candidato obtenga.

El Parlamento Europeo realizó en 1997 un estudio sobre el Impacto diferencial de
los sistemas electorales en la representación política femenina, mediante el cual
se establece que de un total de 162 países, los que tienen más del 25% de
representantes mujeres en sus Cámaras bajas, tienen sistemas electorales
proporcionales o combinados, en contraste con aquellos países que tienen menos
del 10% de representación de mujeres y que obedecen a sistemas mayoritarios
12
.
No obstante que los sistemas electorales de representación proporcional resultan
más amigables para la eficacia de las acciones afirmativas y el acceso al poder de
las mujeres, en algunos países, como es “el caso peruano, se ha demostrado que
el voto preferencial ha favorecido a las mujeres”
13
. Ante el agotamiento de los
modelos tradicionales de representación masculina y la creciente desconfianza a
los órganos del poder, las mujeres constituyen una alternativa cada vez más
viable para el electorado, tal y como se deduce de la encuesta realizada por
Gallup en el año 2000, en la que se establece que “la mayoría de la población en
la región (57%) apoya la idea de que se incremente el número de mujeres que
ocupan cargos públicos, en el entendido de que ello conduce a la formación de
11
“…diferentes investigadoras de la región comparten que las listas cerradas y bloqueadas con sistemas
proporcionales de distribución de escaños resultan más favorables para la representación femenina.”,
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, en NOHLEN, Dieter y otros, Tratado de derecho
electoral comparado de América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 2007, p. 688.
12
El estudio de referencia es citado por BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p.
692.
13
Ibidem, p. 688.
Page 9

9
mejores gobiernos, por cuanto las mujeres son más honestas que los hombres
(66%) y son mejores a la hora de tomar decisiones (85%)”
14
.
3. Acciones afirmativas para la participación política de la mujer desde
una perspectiva integral.

Las cuotas electorales, constituyen el denominador común implementado por la
mayoría de los países con aspiraciones democráticas para privilegiar el acceso a
las mujeres a la participación política, y ha contribuido significativamente al
aumento de la representación femenina en los órganos del poder público, sin
embargo, esta medida por si misma no ha logrado eliminar del todo la
subrepresentación de las mujeres, como ha quedado demostrado en diversos
análisis que se han realizado sobre su instrumentación en América Latina.
No obstante lo anterior, el objetivo de lograr el ejercicio de la ciudadanía plena de
las mujeres, amerita la puesta en marcha de acciones afirmativas
complementarias, orientadas a promover el empoderamiento de las mujeres, en la
búsqueda de gobiernos y sociedades equitativas.
De tal manera, que resulta indispensable complementar la igualdad de
oportunidades con igualdad de resultados 15 , desde una perspectiva de
implementación integral de acciones afirmativas en el ámbito de la participación
política, que abarquen por lo menos: el fortalecimiento de las cuotas electorales,
el financiamiento público especializado por razón de género, la participación
política en el ámbito local y la revalorización de la participación de la mujer
indígena.
14
PESCHARD, Jacqueline, “El sistema de cuotas en América Latina: panorama general”, en el Informe del
taller La aplicación de las cuotas: experiencias latinoamericanas, IDEA Internacional, Lima, 2003, pp. 22 y 23.
15
DAHLERUP, Drude, Estudios comparativos sobre las cuotas de género, en el Informe del taller La
aplicación de las cuotas: experiencias latinoamericanas, IDEA Internacional, Lima, 2003, pp. 15 y 16.
Page 10
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ESCUELA NACIONAL DE FORMACIÓN ELECTORAL Y DEL ESTADO CIVIL
DEL 8 AL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2008, REPÚBLICA DOMINICANA.
MÓDULO IV. “SISTEMAS ELECTORALES, VISIÓN COMPARADA DE LOS
MECANISMOS DE ACCIÓN AFIRMATIVA A FAVOR DE LA EQUIDAD DE GÉNERO”.
10
3.1. El fortalecimiento de las cuotas electorales.
Las cuotas electorales por razón de género son una especie dentro de las
acciones afirmativas, consistentes en el establecimiento de reservas porcentuales
por disposición de la ley y excepcionalmente de la Constitución, para garantizar el
acceso de las mujeres a la representación política y evitar que un sólo género
cuente con más de un determinado porcentaje de representantes en los órganos
legislativos
16
.
La justificación de peso de las cuotas electorales, se centra básicamente en dos
razones: “en cuanto al fin, las cuotas pretenden una sociedad más igualitaria en la
que la pertenencia de la categoría de los hombres o de las mujeres sea
irrelevante para el reparto de los papeles públicos (…); en cuanto al medio,
facilitar el acceso a puestos socialmente importantes puede ser un instrumento
eficaz para lograr ese fin, si no de manera directa y completa, sí al menos como
forma de la simbolización de la posibilidad de romper el techo de cristal que
obstruye a las mujeres formar parte de la inmensa mayoría de los centros de
decisión…”
17
.
El reconocimiento de las cuotas electorales puede otorgarse a nivel constitucional,
en la legislación secundaria o en la normativa interna de los partidos políticos, sin
embargo la relevancia de dicho reconocimiento, independientemente del orden
jerárquico de la norma, es su obligatoriedad, ya que ésta contribuye a su
aplicación irrestricta y desde luego a la eficacia de la acción afirmativa. La
obligatoriedad no sólo debe contener su carácter vinculatorio, sino que además
debe conllevar a la respectiva sanción por incumplimiento.
16
Con estas características define a las cuotas electorales, CARBONELL, Miguel, “Las cuotas electorales de
género y el principio de igualdad: concepto, problemas y aplicación en México”, en Memoria del IV Congreso
Internacional de Derecho Electoral, realizado en Morelia, Michoacán, en 2002, tomo 3, Género, indígenas y
elecciones, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, México, 2006, p. 305.
17
RUIZ MIGUEL, Alfonso, “Paridad electoral y cuotas femeninas”, en Claves de razón práctica, número 94,
Madrid, julio-agosto de 1999, p. 48.
Page 11

11
a. Una visión regional.
Latinoamérica ha sido pionera en el reconocimiento jurídico de las cuotas
electorales por razón de género, en la actualidad la mayoría de los sistemas
electorales de la región cuentan con mecanismos que procuran privilegiar el
acceso a la mujer a los órganos de representación política. Y aún cuando persiste
la subrepresentación de la mujer y queda mucho camino por recorrer, habría que
reconocer que en los últimos 30 años han habido avances significativos en la
materia, lográndose el primer objetivo consistente en la incorporación de las
mujeres en la toma de decisiones de los asuntos públicos.
Es importante señalar que la simple incorporación de cuotas electorales no ha
sido suficiente para garantizar la igualdad de hombres y mujeres, ya que además
del porcentaje mínimo de nominación de candidatas, resulta indispensable
generar condiciones para garantizar un porcentaje mínimo de parlamentarias, lo
que desde luego significa un replanteamiento de los sistemas electorales en
Latinoamérica.
Como se puede apreciar en la siguiente tabla, la situación de la representación
política de la mujer en América Latina no es uniforme, tal es el caso de Cuba
(43.20%), Argentina (40%) y Costa Rica (36.80%), que superan el 30% de la
ocupación de escaños por mujeres, encontrándose dentro de los diez países del
mundo con mayor participación política femenina. En contraste, muchos Estados
de la región no logran alcanzar el 20% y algunos países latinoamericanos ocupan
los últimos lugares del ranking mundial, como es el caso de Haití y Belice. Por lo
que, desde una visión regional, parece claro que el reto es revalorizar la
participación política de la mujer en Latinoamérica.
Page 12

12
Fuente: Unión Interparlamentaria, página de internet http://www.ipu.org/wmn-e/classif.htm.
Actualización al 31 de julio de 2008.
CÁMARA BAJA / REPRESENTANTES
CÁMARA DE SENADORES
Rango
mundial
País
Elección Escaños Mujeres
% M
Elección Escaños Mujeres
% M
3
Cuba
1 2008
614
265
43.20%
---
---
---
---
5
Argentina
10 2007
255
102
40.00%
28.10.2
72
28
38.90%
8
Costa Rica
2 2006
57
21
36.80%
---
---
---
---
22
Perú
4 2006
120
35
29.20%
---
---
---
---
29
Trinidad y Tobago
11 2007
41
11
26.80%
17.12.2
31
13
41.90%
"
Suriname
5 2005
51
13
25.50%
---
---
---
---
"
Ecuador
10 2006
100
25
25.00%
---
---
---
---
39
Honduras
11 2005
128
30
23.40%
---
---
---
---
41
México
7 2006
500
116
23.20%
02.07.2
128
23
18.00%
58
República Dominicana
5 2006
178
35
19.70%
16.05.2
32
1
3.10%
60
Dominica
5 2005
31
6
19.40%
---
---
---
---
62
Venezuela
12 2005
167
31
18.60%
---
---
---
---
63
Nicaragua
11 2006
92
17
18.50%
---
---
---
---
"
Saint Vincent and the
Grenadines
12 2005
22
4
18.20%
---
---
---
---
67
Mauritius
7 2005
70
12
17.10%
---
---
---
---
68
Bolivia
12 2005
130
22
16.90%
18.12.2
27
1
3.70%
70
El Salvador
3 2006
84
14
16.70%
---
---
---
---
"
Panamá
5 2004
78
13
16.70%
---
---
---
---
"
Chile
12 2005
120
18
15.00%
11.12.2
38
2
5.30%
84
Grenada
7 2008
15
2
13.30%
27.11.2
10
4
40.00%
"
Jamaica
9 2007
60
8
13.30%
27.09.2
21
3
14.30%
"
Paraguay
4 2008
80
10
12.50%
20.04.2
45
7
15.60%
89
Bahamas
5 2007
41
5
12.20%
23.05.2
15
9
60.00%
90
Uruguay
10 2004
99
12
12.10%
31.10.2
31
4
12.90%
91
Guatemala
9 2007
158
19
12.00%
---
---
---
---
"
Santa Lucia
12 2006
18
2
11.10%
09.01.2
11
3
27.30%
99
Antigua and Barbuda
3 2004
19
2
10.50%
23.03.2
17
4
23.50%
101
Barbados
1 2008
30
3
10.00%
12.02.2
21
4
19.00%
105
Brasil
10 2006
513
46
9.00%
01.10.2
81
10
12.30%
109
Colombia
3 2006
166
14
8.40%
12.03.2
102
12
11.80%
116
Saint Kitts and Nevis
10 2004
15
1
6.70%
---
---
---
---
123
Haití
2 2006
98
4
4.10%
07.02.2
18
2
11.10%
132
Belice
2 2008
32
0
0.00%
14.03.2
13
5
38.50%
Page 13
.
13
b. El caso México.
En México, en la reciente reforma al Código Federal de Instituciones y
Procedimientos Electorales, el legislador dispuso que los partidos políticos
“procurarán la paridad de género” en la vida política del país, a través de
postulaciones a cargos de elección popular en el Congreso de la Unión, tanto de
mayoría relativa como de representación proporcional. Así, establece que de la
totalidad de solicitudes de registro de candidaturas a diputados y senadores, los
partidos políticos o coaliciones deberán integrarlas con “al menos el cuarenta por
ciento de candidatos propietarios de un mismo género. Antes de esta reforma
electoral, se establecía un tope de 30% para los candidatos propietarios de un
mismo género
18
.
Con la reforma electoral también se modifica la integración de las candidaturas en
las listas de representación proporcional según el género, al ordenarse que estas
listas se integren por segmentos de cinco candidaturas (antes eran tres) y que por
cada uno de los segmentos de cada lista haya dos candidaturas de género
distinto, “de manera alternada”, con lo que se asegura que por cada cinco
candidaturas se presenten al menos dos de candidatas mujeres.
Esta medida de acción afirmativa ha dado buenos resultados en México, toda vez
que ha permitido el acceso de un mayor número de mujeres a cargos de elección
popular, como puede apreciarse a continuación:
CÁMARA DE DIPUTADOS
CÁMARA DE SENADORES
Elección
Escaños
Disponibles Mujeres
% Mujeres
Elección
Escaños
Disponibles Mujeres
% Mujeres
1952-55
161
1
0.6
1964-70
64
2
3.12
1955-58
162
4
2.4
1970-76
64
2
3.12
1961-64
178
8
4.4
1982-88
64
6
9.3
1970-73
178
13
7
1991-94
64
3
4.6
1982-85
400
45
11.2
1994-00
128
16
12.5
1991-94
500
42
8.8
2000-06
128
20
16
2000-03
500
80
16
2006-12
128
23
18
2003-06
500
113
22.6
2006-09
500
113
22.6
Fuente: Unión Interparlamentaria, página de internet www.ipu.org/wmn-e/world.htm.
18
Ibidem.
Page 14
.
14
3.2. Financiamiento público especializado por razón de género.
Las medidas que privilegien el acceso de las mujeres a cargos de representación
política, deben estar acompañadas de acciones afirmativas encaminadas a la
capacitación política de las mujeres, con el objeto de que a través de factores
como el mérito y la capacidad, se encuentren en mejores condiciones para ejercer
las funciones inherentes al cargo y para la toma de decisiones en los asuntos
públicos. Esto, sólo es posible desde un esquema de financiamiento específico,
para ser destinado exclusivamente a las tareas propias de la capacitación política
de las mujeres, con la participación de los partidos políticos, que constituyen el
vehículo que hace posible en el sistema electoral el acceso de las ciudadanas al
poder político.
El caso paradigmático en la materia, es el establecido en Costa Rica, que en su
Ley de Igualdad Real de 1990, dispone que el 30% del financiamiento otorgado a
los Partidos Políticos debe ser destinado a tareas de capacitación política de las
mujeres. “Este es un ejemplo de medida de acción positiva para promover la
participación política de mujeres, que no es de cuotas y que permite eliminar el
obstáculo de carencia de recursos económicos”
19
y de falta de aptitudes políticas
para que las mujeres accedan a la representación política y a la toma de
decisiones.
Las medidas que se establezcan para privilegiar el acceso de la mujer a la
representación política, deben incluir acciones tendentes a resolver los problemas
de fondo que limitan la participación en condiciones de igualdad, en el que el
aspecto presupuestal constituye la piedra angular de su eficacia, y con esto evitar
que las acciones afirmativas se reduzcan a ser “letra muerta”
20
.
19
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p. 690.
20
GONZÁLEZ OROPEZA, Manuel, “Equidad de género en el Derecho Electoral”, Revista Justicia Electoral,
tercera época, volumen 1, número 1, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, México, 2007, p.
36.
Page 15


15
3.3. La participación política de la mujer en el ámbito local.

Las mujeres en el desarrollo de sus actividades laborales o familiares tienen una
relación directa con el espacio local, lo que les permite conocer las problemáticas
reales de su entorno, y con ello constituyen un potencial de relevancia para la
toma de decisiones coadyuvantes a la solución de los problemas y de la
posibilidad de generar alternativas de desarrollo y bienestar social, aspectos que
podrán concretarse en la medida en la que se establezcan condiciones para la
participación política femenina desde el ámbito municipal.
En la experiencia latinoamericana hay un déficit de participación política femenina
en el ámbito municipal, ya que de “un universo de 15,612 municipios entre 15
países, encontramos solamente 835 mujeres que ocupan el cargo de alcaldesas
(llamadas también intendentas, presidentas municipales, prefectas), que
representan 5.3% de ese total de municipios”
21
.
La promoción de la participación política femenina en el espacio local
representaría una serie de ventajas, entre las cuales consideramos las siguientes:
a) La revalorización de la mujer en el ámbito local, contribuye a transformar los
estereotipos socioculturales desde las células de la organización social de un
Estado, integradas por los espacios comunitarios; b) Su participación en la toma
de decisiones sobre aspectos del orden local contribuye a generar condiciones de
igualdad sustantiva que fomenta la equidad en el ámbito familiar; c) Su
contribución a la solución de problemas comunitarios fortalece el rol de la mujer en
el espacio municipal, como parte esencial del desarrollo social y del mejoramiento
del nivel de vida; y d) La equidad de género en el espacio local contribuye a la
eficacia de las políticas de igualdad sustancial a nivel estatal o nacional.
21
BECERRA POZOS, Laura, “Participación Política de las Mujeres en Centroamérica y México”, Investigación
del punto focal de género, subregión CAMEXCA, septiembre de 2007, archivo electrónico, p. 18.
Page 16

16
4. De las cuotas electorales a la paridad de la representación política.
En la actualidad, el debate en América Latina para lograr un equilibrio entre
hombres y mujeres en la representación política, consiste por una parte en el
establecimiento de cuotas electorales que garanticen un porcentaje mínimo de
representación femenina, y por la otra, en la apuesta de la paridad de género que
trasciende a los factores establecidos para la representación como son: el
territorial y el partidista
22
, ya que además de estos presupuestos para la
distribución de escaños, habría que incluirle el factor del género, en la aspiración
de constituir órganos políticos equitativos y hacer posible la aspiración de la
igualdad real y efectiva entre los dos sexos, “es decir de las dos mitades de la
ciudadanía”
23
.
Con el reconocimiento del derecho al voto de la mujer, parece claro que hay
condiciones para la participación paritaria en el ejercicio del sufragio activo, pero
ante la exigencia de participación femenina – al constituir las mujeres una parte
significativa de los censos electorales –, debe operar la exigencia de paridad en la
representación, es decir, si se demanda igual participación, se requiere a su vez
de una representación igualitaria.
La vía para lograr la igualdad en el ejercicio de los derechos de ciudadanía, es
desde luego, la instrumentación de acciones afirmativas integrales en la materia,
de las que las cuotas electorales constituyen un mecanismo de relevancia, ya que
a través de éstas se ha transitado de una subrepresentación a una representación
de mínimos porcentuales; sin embargo, el reto en la actualidad es sin lugar a
dudas, superar las cuotas mínimas en aras de la paridad representativa e integrar
a los órganos del poder político bajo la premisa de la equidad de género, así como
la consolidación del sistema democrático en América Latina.
22
BAREIRO, Line, “Representación política de las mujeres”, op. cit., p. 692.
23
Ibidem.